¿Qué es el amor para un Incel? El amor en tiempos de manosfera

Red de Masculinidades Críticas

Por Ismael Ocampo* / Vatos Trabajando / @vatos_trabajando (IG)

¿Qué es el amor para un Incel? ¿Buscan amor quienes siguen a los artistas del ligue? ¿A quién quieren amar quienes siguen a los coaches y gurús masculinistas? ¿Es muy distinta la idea de amor manosférica de la que tenemos el resto de hombres? ¿Hay posibilidad de amar dentro del imaginario manosférico? Al pensar en el momento actual, en el que hombres heterosexuales se congregan en espacios sociodigitales (y también presenciales) para despreciar la vida y experiencia de las mujeres; en los que hablan de hipergamia, de mujeres interesadas que buscan controlar a los hombres y que suponen un peligro para el desarrollo de nuestra masculinidad, me pregunto: ¿dónde queda el amor en estos hombres?

Amor, masculinidad y hombres son ideas por momentos inseparables y por momentos antagónicas. Son inseparables porque las creencias del amor romántico han sido principalmente edificadas por varones a lo largo de los siglos por medio de la literatura, la música y diferentes expresiones culturales. Pero también son antagónicas porque a los hombres se nos educa para tener miedo al amor, al ser algo en lo que no podemos sumergirnos de manera total por temor a quedar expuestos y vulnerables, y con ello poner en riesgo nuestra masculinidad.

Este vínculo adquiere mayor complejidad cuando advertimos las relaciones históricas y estructurales de desigualdad de género, que nos colocan muchas veces a los hombres en posiciones de poder o, por lo menos, en su constante búsqueda. Hace más de 50 años Kate Millett afirmaba que “mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban”, estableciendo que las ideas del amor romántico han operado como estrategia para mantener cautivas a las mujeres, mientras nosotros los hombres nos dedicábamos al ejercicio del poder a nivel interpersonal, pero también social. Sin embargo, yo tengo mis dudas acerca de dicha afirmación, y más allá de las relaciones de poder innegablemente existentes a lo largo de la historia en torno al amor romántico, no todo en los hombres es poder y control; nuestra experiencia es mucho más compleja que frases y eslóganes.

Desde mi perspectiva de hombre heterosexual que trabaja con hombres (mayoritariamente heterosexuales), creo que la experiencia del amor en los hombres es bastante más amplia que una simple dinámica vertical de poder utilitaria. Por el contrario, la observo (y vivo) como ambivalente e inabarcable: se puede amar y gobernar al mismo tiempo, se puede amar y controlar, se puede amar y ejercer violencia y, también, se puede amar y acompañar. Amar es una vivencia en la que los hombres pendulamos entre deseos, mandatos e imaginarios contradictorios con los que se nos ha enseñado a vivir nuestra masculinidad. Por ello, entiendo que el amor en nosotros, los hombres, es siempre una experiencia imperfecta, y en dicha imperfección se abre un amplio abanico de oportunidades.

Esta experiencia pendular hace que para los hombres el amor nos resulte algo paradójico: se evita y se busca insistentemente, se desprecia y se desea, se disfruta y se sufre, es irrelevante y al mismo tiempo omnipresente en nuestras vidas. Morimos (y matamos) por amor, y al mismo tiempo nos guiamos por frases como “a las mujeres, ni todo el amor ni todo el dinero”. Habitamos una experiencia en la que el amor es algo que vivimos intensamente, pero que muchas veces pareciera que tenemos que mirar con desconfianza; desconfianza hacia aquella persona que amamos porque se nos enseña que las mujeres son un riesgo para nuestra masculinidad.

El ecosistema manosférico se hace eco, con mucha lucidez, de esta situación ambivalente. En la mayoría de estos espacios las relaciones románticas, amorosas y sexuales con mujeres son parte central de su discurso, y las dificultades e imposibilidades de poder tener pareja son uno de los puntos que logran atraer y agrupar a los hombres a dicho ecosistema. Aquí recuperan el deseo y el anhelo de amar que tienen los hombres jóvenes, el cual se constituye en dicha pendulación antes mencionada. Las investigaciones en diferentes contextos del habla hispana nos dicen que hoy en día (dentro del espectro heterosexual) el amor es algo más importante para los hombres que para las mujeres: para nosotros es más relevante tener pareja que para ellas, y las creencias del amor romántico están más enraizadas en nuestras convicciones y propósitos que en los de ellas. A diferencia de las mujeres, a los hombres nos ha costado mucho más generar una deconstrucción de nuestras ideas del amor, las cuales en cierta medida siguen ancladas a los idearios románticos tradicionales que, como mencioné previamente, pendulan entre el anhelo y el desprecio del amor.

Me gusta pensar que en los chicos que se acercan a los Artistas del ligue, a las comunidades Incel o a los coaches masculinistas hay un profundo deseo de amar, inscrito, tal como menciona Mari Luz Esteban, en la omnipresencia del amor en nuestras sociedades, pero también en esa necesidad humana de sostenernos en el encuentro con el Otro y buscar entablar vínculos afectivos significativos, como el amor. En dicho anhelo encuentran las comunidades manosféricas su capacidad de atracción, al estar abiertas a orientar a los varones en sus incertidumbres y penurias, ofreciéndoles decálogos de comportamiento e indicándoles cómo entablar y sostener dichas relaciones.

Para el discurso manosférico, las mujeres funcionan como objetos utilitarios que otorgan el estatus de hombre completo y pleno, que permite adquirir sueños de éxito, respeto y validación por parte de las demás personas. Desde esta perspectiva, las mujeres son percibidas como un reto, las cuales representan un peligro que debe ser superado y conquistado. En este marco, puedo afirmar que la manosfera supone una sensibilidad que niega y desprecia totalmente al amor, provocando que la pendulación amorosa masculina se incline hacia lugares de odio. Asumo, al igual que bell hooks, que la esencia del amor es la confianza en el Otro; se encuentra en abrirnos frente a un Otro que es diferente a nosotros, pero con quien encontramos experiencias, ideas y afectos que nos conectan y nos invitan a querer transitar juntos una parte de la vida, sosteniéndonos mutuamente. La manosfera niega y desprecia rotundamente al Otro, y sin ese Otro no hay amor posible; al negarlo, refuerza el sentimiento de imposibilidad amorosa y transforma el amor en odio, asco y desprecio, otorgándole la razón a Kate Millett y su idea de que los hombres no amamos, sino que buscamos tener control y poder por medio del amor.

Quizás, frente al auge de la manosfera en la consolidación del sentido común masculino, lo que necesitemos es reencontrarnos con nuestro anhelo de amar, cuidarnos y acompañarnos junto a Otros, anhelo que es intrínseco a todo sujeto humano, entre ellos también a nosotros, los hombres. Necesitamos acercarnos a lugares ajenos al desprecio, la vergüenza y el utilitarismo con los que a muchos se nos ha socializado respecto al amor, y que la manosfera recupera y potencia en la actualidad.

Debemos recorrer y abrir caminos que transiten por aceptar y validar el hecho de que los hombres sí amamos y queremos amar, y de ahí deconstruir los imaginarios del amor con los que se nos ha educado. Para ello, es urgente que los hombres encontremos espacios donde podamos hablar del amor sin pena ni vergüenza, y donde se hable del amor como una posibilidad de encuentro con alguien imperfecto y diverso, tal como también lo somos cada uno de nosotros, y que en dicha imperfección se encuentra la posibilidad de acompañarnos y vivir la experiencia del amor.

Contra el desprecio y la deshumanización neoliberal de la manosfera, el amor como posibilidad de transformación y sostenimiento de la vida.

*Ismael Germán Ocampo Bernasconi, Sociólogo, Doctor en Estudios Interdisciplinares de Género, Red Latam Antipatriarcal, Colaborador en GENDES A.C, Civium A.C y Casa Tonalá.

 

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