La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Hubo una vez un Mundial que llegó a una ciudad que no debía recibirlo. Las autoridades, sabedoras de que la ciudad no estaba preparada, hicieron lo que se esperaba que hicieran: aceptaron ser sede de la competencia y luego dejaron pasar el tiempo. Después, con el tiempo encima, ejecutaron obras estratégicas: remozar la Minerva, una manita de gato al centro, una tuneadita al parque Rojo, que se veía muy mugrosito y lo importante era que salieran bien las fotos.
Pero eso no fue todo lo que se gastó: también le pagaron 300 millones de pesos —sí, léalo despacio y repítalo en voz alta si es necesario: trescientos millones de pesos— a una filial de Ocesa para que montara el Fan Fest y la gente jugara a aventar por los aires a otra gente. Dicen que el dinero ajeno se gasta mejor, así que no hubo empacho para abrir la cartera y pagar 34 millones de pesos para los conciertos de Maná y Alejandro Fernández, que en un previsible discurso demagógico fueron anunciados como conciertos “gratuitos”, pero ya se sabe: nada es gratis en esta vida. En total, se ha informado que la cifra que se invirtió para los gastos del Mundial fue de 450 millones de pesos, aunque algunos registros llevan la cifra mucho más allá.
Las autoridades jaliscienses asumieron su rol de anfitriones: sonrieron, pasearon, gritaron y cantaron. Se tomaron fotos, celebraron, dijeron por aquí y por allá que Guadalajara —y Zapopan, pero nadie más porque a los otros municipios del área metropolitana no los invitaron a la fiesta— había sido “la sede más mexicana”.
Sonrisa, flash, foto, post, pauta, sonrisa.
Mientras todo esto pasaba, los reportes por agua turbia comenzaron a volverse más frecuentes. Y aquí hay que decir que “más frecuentes” no significa “más novedosos”: los problemas de la ciudad con el abasto de agua y su calidad no empezaron hace un mes, ni siquiera este año. Pero sí fue a lo largo de 2026 que se volvió una crisis de la que el gobierno está muy lejos de salir y todavía mucho más lejos de solucionar.
El colmo para muchas personas llegó cuando el agua empezó a oler a caño. Y para la mala suerte de Pablo Lemus y la panda de inútiles que le acompañan, ya habían pasado un par de meses de que ya no había un siguiente partido del Mundial ni un concierto multitudinario para demostrar el orgullo de ser jalisciense.
A partir de ese momento, la administración de Pablo Lemus no ha hecho más que ir dando tumbos, cometiendo un error tras otro. Impedido para responsabilizar a su padrino político, no pudo jugar la carta de culpar a la administración anterior cuyo titular, Enrique Alfaro, había dicho que el abasto del agua estaba garantizado para medio siglo. No fue así. Luego, no supo contener la indignación popular y se ganó su pase directo al top de jornadas de represión de que se tenga memoria. Después intentó presentar un proyecto para construir un acueducto que incluía una privatización escondida. Y después quiso dárselas de tolerante permitiendo que la segunda marcha masiva para exigir agua limpia terminara en un festín de vándalos que la gente no dudó en señalar como enviados por el mismo gobierno. Y aquí la palabra gobierno incluye tranquilamente a los tres órdenes.
Como todo le sale mal, su proyecto de construcción del nuevo acueducto se vino abajo cuando fue anunciado que el gobierno federal se encargaría del proyecto. Al mismo tiempo, las quejas por la pésima ejecución de la estrategia de tandeos no han dejado de desbordar las redes sociales: hay colonias que tienen más de tres semanas sin recibir una gota de agua. Por si esto fuera poco, en las colonias donde si sale agua esta sigue llegando turbia o de plano, de colores: estos días fue noticia que ahora, en lugar de salir amarilla o de plano negra, el agua comenzó a salir azul.
Para colmo, lo hicieron ir a Ciudad de México. Tuvo que dejar a un lado su look de chavorruco despeinado, se puso un traje negro como si fuera a asistir al funeral de su dignidad y lo pasearon por la mañanera. Mientras Lemus hablaba de los imaginarios “depósitos de aguas negras que se desbordaron por las lluvias”, acá nos enteramos de la nueva atrocidad de su gobierno: mientras presume que se está limpiando la presa de Las Pintas, la gente de El Salto, Las Juntas y Tlajomulco ha denunciado que están dejando el lodo tóxico a cielo abierto, amén de dejar un rastro de residuos que se secan y luego, pulverizados, se elevan para ser respirados. Ahora, además de bañarse con agua sucia, las personas respiran aire más contaminado.
Y así van transcurriendo los días, en un estado cuyas crisis, lejos de solucionarse, se complican, se agravan y se profundizan:
¿Qué podría haberse hecho por el agua, o por las personas que buscan a sus familiares, o por las víctimas de la inseguridad, o por las personas usuarias del transporte público, por mencionar algunas, con esos 450 millones de pesos que se gastaron en cuatro partidos del Mundial?
Cuando Pablo Lemus despertó, Jalisco todavía estaba ahí, pero sin Mundial. Porque todo, todo le male sal.


