En pie de Paz
Por Magdiel Gómez Muñiz / @magdielgmg / CEPAZ
A Santiago Méndez Olide:
estudiante del CuCiénega,
que pronto podamos tener noticias
de tu regreso
Debo señalar que la siguiente reflexión va sobre un tema muy sensible: las ausencias que no terminan de suceder. Personas que salen de casa y no regresan; familias que dejan de dormir tranquilamente; madres que convierten la búsqueda en una forma de resistencia y municipios que aprenden a convivir con una pregunta que por ningún motivo de normalizarse: ¿dónde están los que desaparecen? La desaparición de personas constituye una fractura profunda de nuestra convivencia, una total pérdida de la confianza colectiva, además de una difusa capacidad del Estado para garantizar la vida.
No olvidemos que detrás de cada persona desaparecida existe una historia interrumpida y una familia suspendida en la peor pesadilla. Obvio que, de alguna manera, la sociedad desaparece cuando decide a acostumbrarse a la toxicidad de la desaparición.
Pero poco nos ponemos a pensar en la existencia de los desaparecedores, ¿Quiénes son? ¿De dónde provienen? ¿De qué están hechos? Muchas preguntas más que no basta con identificar a quienes ejecutan materialmente estos aberrantes actos, es casi obligado comprender las redes de complicidad, las estructuras de poder, las graves omisiones institucionales y las condiciones de impunidad e ineptitud que permiten reproducir estos ecosistemas de violencia. Ojo aquí, no significa colocar a víctimas y victimarios en el mismo plano moral o jurídico. Obliga a reconocer que para comprender integralmente el fenómeno el estudio debe hacerse tanto a quienes padecen la violencia como a quienes la producen, la facilitan o permiten que permanezca.
La reflexión de Johan Galtung, estudioso de la violencia estructural, permite entender que la violencia no se agota en el acto físico. Existe una violencia cultural y estructural que es nebulosa y que justifica la crueldad y debilita los mecanismos de convivencia. Al final del día, todos (nadie se salva) experimentan (desde diferentes intensidades) de las estocadas cruentas de la violencia directa que se recibe a diario. La calle es -cada vez más- la selva de la hostilidad perpetua.
Muchos más somos los que extrañamos salir sin miedo, desarrollar proyectos, transitar por las calles y avenidas y regresar a casa. Pero no se puede en este momento. Que gran problema. Insisto en que la seguridad adquiere sentido cuando protege la dignidad humana y no cuando se limita a administrar los riesgos de una sociedad amenazada. Hago una pausa aquí para subrayar que no se trata de aumentar patrullas, armamentos u operativos que nos muestren la contención y legitimación de la violencia, hacemos el llamado a redoblar esfuerzos para erigir la cultura de paz. La paz no es un discurso de ocasión ni mucho menos una consigna gubernamental, la paz requiere instituciones confiables, procuración de justicia, educación, sumado a garantías efectivas de no repetición.
A ningún lado nos lleva la indiferencia, el silencio, la estigmatización de las víctimas y la normalización de la violencia; quizá nos lleve (si bien nos va) a tener más de cerca gente que sigue desapareciendo. Acompañar a las familias buscadoras, promover redes comunitarias de cuidado, educar para la resolución pacífica de conflictos son acciones que todos debemos tomar como propia. Desde el CEPAZ no negamos los conflictos, sino en impedir que se resuelvan a partir de la mediación. Pero eso sí, mientras haya una persona desaparecida, una familia buscando y una institución que no responda, todos tenemos una gran deuda colectiva. La paz comienza cuando ninguna ausencia se considera normal y cuando la vida del otro vuelva a importarnos.



