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Un paso de contrastes. Radiografía del éxodo centroamericano por Jalisco

Un paso de contrastes. Radiografía del éxodo centroamericano por Jalisco

Wilfredo, Mynor, Yensi, Oscar, Misael, Daisy, José, Edwin, Carolina se cuentan en miles. Son las personas que han decidido huir de la bestia llamada Centroamérica que ha intentado devorarlos, dejarlos sin techo, sin oportunidades, sin una vida digna.

Han recorrido Jalisco al menos 6 mil 11 personas, que son quienes ingresaron al espacio del Auditorio Benito Juárez, habilitado para brindar atención humanitaria a la población, esto de acuerdo con el Informe Preliminar de la Unidad Estatal de Protección Civil y Bomberos.

Al llegar al estado, cientos de miembros de la sociedad civil los recibieron con los brazos abiertos, pero también un estado disfrazado de incógnitas, aparato que aparentaba extender sus manos pero terminó deshaciéndose de las personas centroamericanas en tránsito.

Jóvenes, infantes, bebés, adultos, ancianos, personas con discapacidad, mujeres embarazadas, personas enfermas, familias enteras que superan los diez integrantes. Sin importar la edad, ni la condición, tienen la meta de recorrer más de 3 mil 500 kilómetros, lo que equivale a transitar dentro de aproximadamente 83 maratones, con la diferencia de que ellas y ellos no son atletas, ni recibirán olivos ni medallas.

Ellas y ellos recorren el país a pesar de los pies que se adhieren al pavimento, del cansancio de caminar por más de 15 horas sin parar, del llanto de las familias separadas, del dolor de no poder ver crecer a los hijos, de cargar con “gripas que nomás no se curan” y los riesgos que implica el transitar por un país sumergido en la violencia. Esto se difumina, pasa a segundo plano, para ellas y ellos es más grande el objetivo de conseguir lo que ningún estado les otorga: seguridad, justicia y dignidad.

No todo es penuria, dentro de sus mochilas la esperanza se desborda, la solidaridad se hace protagonista en cada rincón y los sueños son más grandes que cualquier país. “Voy para allá para comprarme un terrenito y ya trabajar lo propio, porque está pesado trabajarle a alguien más”, “quiero que mis hijos ya no sufran, que no tengan la misma vida que yo”, “quiero abrir mi propia tortillería, para tener algo mío”.

Vienen de ciudades, pueblos, comunidades indígenas, aldeas. Las condiciones son las mismas: “se ganan 150 lempiras al día [lo que equivale a 127 pesos mexicanos], si compras azúcar, para lo demás ya no te alcanza”, “ya no podía vivir ahí, las maras iban a matarme a mí y a mi familia por no pagar el impuesto de guerra”, “intenté abrir mi negocio, pero el crimen me pedía más de lo que podía ganar, o me moría de hambre o me daban pija”.

Hay quienes han tenido la experiencia de haber migrado en otras ocasiones y encuentran una gran diferencia al viajar ahora con el contingente: “si vienes solo te arriesgas bastante, esta mejor con la caravana, así sos intocable”. Pero hay muchos más que decidieron integrarse al grupo y saber lo que es migrar en México por primera vez.

La migración centroamericana hacia territorio mexicano no comenzó hace un mes, que es el tiempo que este Éxodo lleva recorriendo el país. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) cada año 400 mil personas centroamericanas deciden salir de su país de origen para transitar o integrarse a México. Con la diferencia de que ahora, la bomba le ha explotado en las manos al gobierno mexicano gracias a la fuerte visibilidad que ha tenido este contingente.

Ahora les queda recorrer más de 2 mil kilómetros, para enfrentarse cara a cara con un país que se enclaustra detrás de muros, que recurre a su armada y moviliza el odio con la voz de un jerarca empecinado en legitimar y reproducir las diferencias. Ellas y ellos no se detendrán y hacen lo imposible para gritarle al mundo que ningún ser humano es ilegal.

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