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Marco, Salomón y Daniel: una ausencia que acompaña

Marco, Salomón y Daniel: una ausencia que acompaña

Por Carlos Valencia, profesor del CAAV

Nombrarlos cada día es una manera de poder enfrentar la atroz realidad que nos rebasa. Sus rostros son ahora junto a los 43 compañeros de Ayotzinapa, los rostros de los sueños secuestrados y desaparecidos de más de 38 mil hermanas y hermanos en nuestro país.

Nos hacen falta, nuestras vidas jamás volverán a ser las mismas. Irónicamente su ausencia nos acompaña siempre y viven en nuestros trabajos, en cada fotograma que creamos, en cada historia que contamos. Nombrarlos duele profundamente, pero es lo único que nos ayuda a mantener viva la memoria con la esperanza de encontrarlos y que esto nunca vuelva a sucederle a nadie.

Y en este construir la memoria es que nos preguntamos:

¿Qué dirá la historia del tiempo que nos toca vivir?
¿Qué dirá de nosotras y nosotros?

¿Se escribirá con la sinceridad y transparencia necesarias?

Es la historia de un país que se devoro a sí mismo. Un país cuyos gobernantes creaban leyes a favor las cosas y no de las personas. Un régimen que convirtió los cuerpos en mercancía y el tiempo de vida en capital económico. La historia de un país que por hambre hizo un pacto con la muerte. Que en lugar de maíz y frijol comenzó a sembrar amapola y marihuana para saciar la sed de los extranjeros. Que vendió la dignidad por unos dólares. Un país que en lugar de rebelarse contra el sistema que lo oprime, por cobardía, eligió oprimir al hermano que comparte su condición. Un pueblo enajenado que se creyó la ilusión del poder y renuncio a toda hermandad con tal de obtenerlo. Un país que violenta y abusa de sus hijas e hijos con toda normalidad para convertirlos en los adultos que matan, violan, secuestran, desmiembran y desaparecen a sus hermanas y hermanos. Un país cuyo territorio es un rico paraíso que sirve de fachada para la barbarie. Un ojo por ojo que nos ha dejado ciegos para atestiguar nuestra propia tragedia convertida en el grito:

¡¿Dónde están?!

Ese es nuestro país, nuestro triste país. Y por más que duela a este pueblo pertenecemos.

¿Qué dirá la historia de nosotras y nosotros?

¿Qué haremos contra esta gran sombra que se posa sobre nuestro tiempo? 

¿Nos preguntamos hasta dónde puede llegar este dolor sin ahogarnos en él?

¿Cuándo nos cansaremos de derramar nuestra propia sangre para obtener nada, solo fantasmas?

Hay mucho que reflexionar y mucho que hacer para empezar a reconstruir el tejido que nos une como pueblo. Proponemos comenzar por imaginar otras formas de coexistir. En la escuela de artes nos enseñan que la imaginación tiene más fuerza que el poder, y para imaginar hay que voltear hacia adentro.

¡Queremos paz!
¡Si al arte, no a la violencia! ¡No son tres, somxs todxs!

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