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Desmitificar la maternidad

Desmitificar la maternidad

Columna Polígrafa

Alma Varela / @Soulecito

Ilustraciones: Chiplanay

Los primeros días de este mes vivimos en un continuo recordatorio para felicitar oportunamente a nuestras madres; en general, hemos asimilado exitosamente el ritual de celebración de uno de los roles más valorados y a la vez opacos de la sociedad. La celebración funciona porque es indudable que muchos queremos a nuestras progenitoras; en 1922, cuando José Vasconcelos promovió el Día de las Madres dio lugar a un espacio para que agradeciéramos a las mujeres que nos parieron o criaron, y al mismo tiempo institucionalizó las bases de una representación de la maternidad, que inspirada desde la masculinidad y la religión, sería casi el único referente con el que la entenderíamos en los años venideros.

Actualmente, hay madres que levantan la voz para pedir que a modo de “celebración” se abran espacios para hablar de la maternidad que ocurre más allá del mito y la tradición. El ser madre pasa la mayor parte del tiempo como algo simple que solo se exalta una vez por año, sin que ello implique analizar o cuestionar los avatares de la maternidad.

Pensar en el rol materno va de la mano de la incipiente noción que tenemos del trabajo doméstico, el que damos por sentado que se hace por amor y sin condición. Alejandra Eme Vázquez en Su cuerpo dejarán (2019) al problematizar sobre el cuidado señala“…habría que añadir también lo que sucede a puerta cerrada en las casas, en los parentescos, en las dinámicas de las que no se habla porque nos han enseñado que lo que se hace en privado se hace por voluntad, por afecto y por costumbre”. En ese sentido, hablar sobre la maternidad supondría hacer público lo que sucede en las entrañas de la casa, sin embargo, en la conciencia colectiva, de entre todos los afectos que ejercemos, el materno es quizá el único realmente sagrado, así que hablar o hacerse preguntas sobre su funcionamiento se puede interpretar como una falta de amor a la madre o a lxs hijxs.

Estamos acostumbrados a ver que las madres existan y se definan en función de lxs hijxs, aprendemos con normalidad que lo que fueron antes del parto habrá de diluirse para ponerse al servicio del ser individual de alguien más. Enseñamos que esa renuncia a la identidad es deseable, un acto de amor divino y de perfección que debe abrazarse con entusiasmo y orgullo, mejor aún si es con resignación. Felicitar a esas mujeres por silenciar todo el espectro de su identidad, debería resultarnos cuando menos “raro”.

Hay quienes al entender las implicaciones de la maternidad decidímos que no queremos esa responsabilidad y tampoco un vínculo afectivo de tales dimensiones; dice Brenda Navarro en su novela Casa vacías (2018) que “… después de que nacen, la maternidad es para siempre”. Declarar que no quieres ser madre es una afirmación desafiante y polémica porque se interpreta como un rechazo de nuestra propia madre y de su amor; al reducir reducir a esa mujer a su identidad materna, olvidamos que fue y es alguien más allá de sus hijxs y que puede ser admirarla por otras razones que no se relacionen con la crianza. Cuando evocamos a la madre, la mayoría de las veces surge de la representación tradicional que legitima la anulación de sus deseos, sus miedos, su derecho a arrepentirse o fallar. Hay miles de mujeres viviendo a diario los mismos dolores, la misma desazón, la soledad, la desesperación, el enojo y el hartazgo; pero ante nuestros ojos esa es la maternidad y es hermosa.

Ante una condición que demanda entrega absoluta y santidad; la maternidad se acompaña irremediablemente de la culpa, porque lo cierto es que ser madre da lugar lo mismo al amor que al rechazo; pero como la madre buena es solo la que ama, cualquier sentimiento opuesto debe silenciarse. Nos cuesta trabajo considerar que las madres a veces aman pero también odian a sus hijxs y que esa experiencia ambivalente no necesariamente se traduce en malas o buenas madres. Si todos somos versiones diferentes de nosotros mismos a lo largo del tiempo ¿por qué exigimos que la madre solo tenga derecho a sentir amor?

En 1976 en medio de la Segunda Ola Feminista norteamericana, Jane Lazarre con su obra El nudo maternopuso sobre la mesa testimonios honestos sobre el tema, escribió acerca de la necesidad de desmantelar el mito materno para dar paso a la experiencia humana, esa que como cualquier otra, tiene matices que van desde el júbilo hasta los pensamientos destructivos. Si bien la naturaleza determina que es el cuerpo femenino el que facilita la gestación y alimentación de un nuevo ser; fuimos nosotros quienes dotamos a la maternidad de su carga social y dimos lugar a que la crianza se consolidara como una labor para la que solo estaba facultada la mujer. Además, insertamos en el imaginario colectivo que la supervivencia, el bienestar, las virtudes o la felicidad de lxs hijxs serían casi única y exclusivamente asunto, mérito o fracaso de las mujeres.

Desmitificar la maternidad, sugiere Lazarre, es empezar por hablar con los hombres de su responsabilidad y participación en el desarrollo de lxs hijxs. Es visibilizar las heridas físicas y emocionales que vienen con el embarazo, el parto y la propia crianza; aceptar que la mujer no nace con instinto materno sino que se le educa para normalizar esa exigencia. Reconocer que a lxs hijxs se les quiere, pero que igual hay días en que dan ganas de abandonarlos; que a veces ese sentir sucede como un resorte emocional porque la maternidad se vive a solas, en santidad, como servidora o cuidadora de las necesidades y los deseos de otros.

No se trata de dejar de reconocer que muchas mujeres transitan día con día en medio de las dificultades para alimentar, educar, sanar o cuidar a sus hijxs; sino de pensar en alternativas que involucren la compañía de sus pares. Quizá si las niñas y los niños aprenden de nosotros nuevas connotaciones de la maternidad y la paternidad, en algún momento la celebración se convertirá en una ocasión para conmemorar y reflexionar sobre la importancia de la crianza al interior de las familias. Lxs niñxs podrían aprender que ser madre es solo una opción entre muchas otras que existen para las mujeres como forma de habitar el mundo. También podríamos enseñar que la masculinidad no radica en el potencial para procrear; que a veces las familias pueden ser solo de dos o incluso no ser. Por otro lado, la procreación debe ser informada y asunto de todos los involucrados antes de decidir llevarla a acabo; por eso, hablar sobre la maternidad desde una visión humana, empática y honesta puede ayudarnos a transitar hacia un nuevo paradigma que incluya a mujeres y hombres.

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