De ofrendas y altares: el Día de Muertos en tiempos de COVID-19

1 noviembre, 2020

En 2019, los panteones municipales de la Zona Metropolitana de Guadalajara recibieron a más de 683 mil visitantes del día primero al 3 de noviembre. Sin embargo, en 2020 llevar ofrendas y hacer visitas a los cementerios no es una opción. Con el inicio de la contingencia sanitaria por COVID-19 se prohibió el ingreso de las visitas a los panteones para evitar las aglomeraciones y, por tanto, la propagación del virus.

Sin embargo, ¿cómo se celebra una fiesta tan importante en medio de una pandemia?

Luiza, Maira, Valeria, Claudia y Leslie nos cuentan y muestran cómo es que han llevado a cabo sus ofrendas y altares a los seres queridos desde el confinamiento.

Por Christian Cantero /@ChristianChMalv y  Mariana Parra  / @MarianaParraMa1 

Desde tiempos prehispánicos, en México celebramos la muerte con tal regocijo, que la calaca se pone nostálgica y deja volver a todas y todos aquellos seres queridos que se han encaminado al Mictlán, el mundo de los muertos.

Los días 1 y 2 de noviembre enmarcan la celebración de las y los que partieron de la vida terrenal, desde los más jóvenes hasta los más adultos. Por lo que, el día primero de noviembre está dedicado a los infantes fallecidos y se le nombra el Día de “Todos los santos”, evocando la inocencia de las y los niños que se fueron antes de tiempo. Mientras tanto, el 2 de noviembre, está destinado para recordar a todas las personas adultas y se le llama: el Día de “Todos los fieles difuntos”.

De acuerdo con el Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal (INAFED), el Día de Muertos “implica el retorno transitorio de las ánimas de los difuntos, quienes regresan a casa, al mundo de los vivos, para convivir con los familiares y para nutrirse de la esencia del alimento que se les ofrece en los altares puestos en su honor”, así lo marca la tradición ancestral. 

En este caso, “la muerte no representa una ausencia, sino una presencia viva; la muerte es un símbolo de la vida que se materializa en el altar ofrecido”.

La celebración tiene tanta riqueza cultural mexicana, que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) la inscribió en su Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008, y la definió como: “una expresión tradicional integradora, representativa y comunitaria”.

Los altares de los que habla la INAFED, son un ritual característico de la festividad y se hacen para recordar y recibir a los que ya no están entre los vivos. Las calaveritas de azúcar, las veladoras, la flor de cempasúchil, el pan de muerto, entre otros elementos que se suelen colocar, son parte de la tradición. 

Según los registros del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, en 2019 hubo 747 mil 784 defunciones a nivel nacional. Mientras que, para el 30 de octubre de 2020, el virus SARS-CoV-2 ha dejado un saldo de 91 mil 289 decesos en México. Según la cifra de la Secretaría de Salud, más del 12% del total de las muertes del año anterior. 

Mientras tanto, Jalisco representa con 4 mil 45 defunciones por SARS-CoV-2 (al 30 de octubre),  el 4.4% del total de los decesos del país; personas que quizá ahora forman parte de los altares de muchos hogares en el estado y en el país. 

No tienes una posibilidad de armar un altar en una tumba, porque no hay tumba

La familia de Mayra es originaria de Coatzacoalcos, Veracruz. Sus abuelos, según relata, vivían cerca de la central de autobuses, en una tienda de abarrotes. 

Cuando comenzó la pandemia, dice que tenían mucho miedo por ellos, porque vivían solos. Si bien, un sobrino de su abuela vivía en su casa, no estaba siempre ahí por su trabajo, por lo que, eran los únicos encargados de la tienda. Aunque se les insistió mucho en que la cerraran por el riesgo que implicaba, era su único ingreso económico y no era tan fácil.

Mayra cuenta que muchas personas dejaron de vivir en Coatzacoalcos debido a una ola de violencia que se desató después de la “Explosión de Pájaros”; si bien, el desastre ocurrió en un ducto de Pemex de la colonia La Barita, en Poza Rica, Veracruz, afectó la vida de miles de personas en todo el estado. 

La abuela de Mayra fue una de las tantas que sufrió sus estragos. Ella  rentaba casas que poco a poco fueron menos solicitadas debido al contexto que vivía el lugar, las rentas bajaron de precios y la economía no estaba bien, lo que hizo de la tienda casi su único sustento.

Entonces, en medio de una difícil situación, lamentablemente, su abuelo de más de 80 años enfermó de COVID-19 y dos semanas después falleció:

“Se enferma mi abuelo y lo primero que hacemos es entrar en pánico, algo que nació de la desinformación y las fake news, nos pusimos muy derrotistas desde el principio, sabíamos las afectaciones y que afectaba a las vías respiratorias y no sabíamos qué hacer, solo teníamos mucho miedo por ellos, lo que estábamos esperando ya sucedió.

Mi abuelo estuvo enfermo de COVID-19 2 semanas y media, esas semanas fueron tan desesperantes, mi mamá se quedó sin trabajo, yo no tenía ingresos, la tienda casi cierra, en la colonia se regó la noticia de que los abuelitos tenían COVID-19, entonces económicamente nos fue super mal, no teníamos cómo apoyarles”.

Mayra narró lo angustiante e impotente que fue vivir el proceso de la enfermedad desde la lejanía.

“Lo que da más coraje es que aún no hay nada que lo solucione, no tenemos vacunas ni medicinas realmente eficientes para combatirlos, estás atado de manos, solamente hablas por teléfono y haces videollamadas, pero ¿de qué sirve? Tienes una impotencia horrible y no puedes hacer nada. Mi mamá y yo estamos fuera de Veracruz desde hace 15 años, pero siempre estamos en contacto. 

En lo personal yo tenía mucho miedo, porque yo no quería que me dijeran que estaba bien, porque me daban falsas esperanzas, le recetaron oxígeno, pero no teníamos dinero para ponerle oxígeno, y aunque se estaba recuperando, y parecía haber mejoría… muere”.

El abuelo de Mayra no llegó a un hospital público, siempre se le trató en hospitales privados, sin embargo, después de su muerte, se dieron cuenta que las funerarias estaban saturadas, lo que les impidió despedirse como lo hubiesen querido:

“¿Qué haces 12 horas con un cuerpo que acaba de morir por COVID-19?, Nos dijeron que teníamos que esperar un turno, y eso podía ser hasta el siguiente día. Le hablan a una carroza para que vayan por él para incinerarlo. Alguien cercano al lugar muere y la familia cambia lugares para que pase primero porque van a esperar a otros familiares. A las 2 de la mañana se muere, a las 6 lo recogen y a la 1 de la tarde ya tienes las cenizas, en menos de 12 horas mi abuelo ya era cenizas. Cuando se te muere un familiar por COVID-19, lejos, no tienes un duelo, sigues en negación.

Tristemente, afirma Mayra, “una de las cosas que pierdes por el COVID, es que tu no tienes una posibilidad de armar un altar en una tumba, porque no hay tumba”.

Y es que, narra que a seis meses de la muerte de su abuelo, ni siquiera saben si podrán enterrar sus cenizas. También, relata que una parte de su familia suele colocar altares en la tumba de sus familiares y tienden a visitarles el Día de Muertos, llevan comida y conmemoran su vida. 

Sin embargo, a diferencia de ellos, Mayra “nunca había sentido la necesidad de ponerle un altar a otro familiar”, pero dado el contexto de pandemia y la forma en la que murió su abuelo, “si le hubiese gustado tener un lugar a dónde ir a despedirse”.

“Lo feo del COVID-19 es que no tienes un periodo del duelo, y no tienes una despedida porque estás lejos, y siento la necesidad de avanzar mi duelo desde un altar de muertos”. 

Aunque no es el altar de muertos que Mayra hubiese querido, porque económicamente no le es posible, dice tomarlo como una forma de cierre y de duelo, una forma de expresar su cariño, sin olvidar ponerle a su abuelito “su caguama, sus chicharrones, su limoncito y su sal”, como a él le gustaba. 

Con el altar le demostramos que recordamos

Para Luiza y su familia, el Día de Muertos no es una de las tradiciones que suelen celebrar en casa, sin embargo, reconoce que ante la pérdida reciente de uno de sus seres queridos más cercanos, su tía, y frente a la posibilidad de estar en casa debido al confinamiento, esta fecha tomó cierta relevancia. Si bien, su tía no murió por COVID-19, fue este contexto de pandemia lo que les llevó a decidir colocar un altar para conmemorar a sus difuntos.

Nosotros no somos mucho de celebrar el día, pero creo que la pandemia ayudó bastante a esta unión de la familia y a la emoción de celebrar el 2 de noviembre. En parte que falleciera mi tía hizo que se juntaron muchas cosas y me pareció muy bonito que nos orillara a festejarlo.

No es que los años pasados no nos acordáramos, o que  no nos alcanzara el tiempo, solo que pasaba desapercibido por el ritmo que cada quien tiene en mi familia.

Cuando sucedió lo de mi tía (su muerte) fue difícil tener un luto encerrado en casa, tanto para mí como para todos. 

El día que lo estaba colocando, hasta hoy, ha sido muy bonito contar anécdotas entre los familiares, han venido mis sobrinos para ayudarme a colocar unas cosas, y vimos una película con mi mamá, eso dio toque a la tradición y espero que sea así el siguiente año y repetirlo.

Si hay algo positivo que rescatar en esta pandemia, es eso: la unión que se hizo en mi casa y reunirnos para hacer el altar, es como estar conectados. El 2 de noviembre tiene un giro de carga de emociones y satisfacción completamente diferentes, me da emoción y sentimiento saber que ella ya no está, aunque sé que va a volver y le estamos demostrando que la recordamos.

Una tradición que no para

“Desde segundo de primaria llevo poniendo altares de muertos en la escuela, pero este es el primer año que lo hago en casa, no podía parar esta tradición”. 

Para Vale Ruíz, el Día de Muertos es una tradición que se conmemora sin falta cada año,  desde niña  nació su gusto por los altares de muertos en la escuela; sin embargo, la pandemia impidió la organización del festejo del 2 de noviembre en su universidad. Por lo que, en esta ocasión, montó el altar de muertos en el espacio que ocupa el comedor de su casa. 

Bajo un arco de cempasúchil, en el piso más elevado del altar está la imagen de Francisco Ruiz, abuelo de Valeria, quien falleció un año atrás. Éste, no es el único ser querido a quien la familia le pone una ofrenda, pues Valeria recuerda a todas y todos los que han fallecido durante sus 19 años de vida. En el segundo piso los rostros de Blanca, Ernesto, Luisa, Hermelinda y  Bartolo están acompañados con una ofrenda.  

La familia paterna de Vale tiene la costumbre de ir a festejar al panteón cada año, no obstante, desde el inicio de la pandemia estos permanecen cerrados para los visitantes. De tal forma, que para esta fecha, decidieron conmemorar a sus queridos difuntos desde casa:

“La mayoría de mis tías están dentro de la población de riesgo para contagiarse de Covid”, relató. 

Velas, aserrín, sal, ceniza y calaveritas, son algunos de los elementos que compró en el mercado Morelos y el de las flores en Guadalajara. Le tomó alrededor de cuatro horas tener listo el altar para sus seres queridos.

El altar en memoria de 38 difuntos

El altar de tres pisos se ilumina por el fuego de las 38 velas que lo cubren, además de las frases características que decía cada una de las personas en vida.

Claudia Contreras, continúa la tradición familiar de poner una vela por cada difunto que conoce dentro de su círculo cercano (hermano, primos, abuelos, tíos, incluso los vecinos de toda la vida), todas llevan un nombre distinto. 

Una copita de Tequila, los cigarros, la cervecita, el pan dulce, son parte de lo que más les gustaba. Y no puede faltar el vaso de agua para aliviar su cansancio en el recorrido hacia la luz. Las velas permanecen prendidas desde el primero de noviembre, hasta el momento en el que se termina la cera.

Este año se agregó al altar una nueva vela que dice “Mamá” Yolanda Contreras, su madre, quien falleció el 21 de febrero del 2020. Cada año, ella se encargaba de tener listo el altar para la llegada de sus seres queridos durante los primeros días de noviembre. En este colocaba una veladora con los nombres de sus “muertitos” para que tengan luz en su camino. Por ello, Claudia ha decidido continuar con la tradición.

Lo  amargo de la muerte se convierte en una fiesta

Leslie fue testigo del último suspiro de sus abuelos en vida, desde entonces el Día de Muertos cobró sentido para ella. Este el segundo año que pone una ofrenda para sus queridos difuntos en espera de su visita el 2 de noviembre.

El  altar es sencillo de un nivel, ocupa un espacio en la sala de su casa, en la pared pegó las fotografías de su abuela Amparo, su abuelo José, y sus tíos Amparo y Juan Martinez:

“Ahí también puse a las dos mascotas que tuvieron mis abuelos, tobi (el Chihuahua, con cabeza café) y a Monina (la gatita) y en medio está Lola, que es una perrita salchicha que tenía una prima”.

Como Lesliee, el 2 de noviembre es para las y los mexicanos una fecha para esperar el paso de sus muertos, al menos por un momento, en las ofrendas del altar. A pesar de la pandemia, las familias encuentran la manera de celebrar en casa la tradición mexicana que convierte lo amargo de la muerte en una fiesta:

“Nos hemos visto obligados a no salir y todo hacerlo desde nuestra casa, pero siento que igual se hace con la misma emoción y cariño de los años pasados al saber que nos vienen a visitar por un día”. 

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