A propósito del “feminismo maradoniano”

Por Rosa María Spinoso / cihua08@hotmail.com

Profesora – Investigadora del Centro Universitario de los Lagos, UdeG.

Ilustración: Mkap Caricaturas

He optado por referirme al feminismo en plural, los feminismos, porque entiendo que si bien sus principios fundamentales son los mismos, las mujeres, quienes los defendemos y practicamos, somos diversas, somos plurales. Eso es históricamente verificable y motivo de debates y divisiones al interior del movimiento, que viene particularmente al caso al leer los titulares de algunos periódicos que se refieren a las contradicciones de algunas feministas argentinas que han quedado expuestas con motivo de la muerte de Maradona.

Algunas de ellas se han visto en la necesidad de justificar las lágrimas derramadas por su ídolo publicando textos, largos o cortos, en los que intentan explicar por qué lo lloran, a pesar del futbolista haber representado como hombre todo aquello contra lo que han venido luchando. Luego ellas, tan aguerridas cuando han levantado bandera en favor del derecho de las mujeres a abortar, entre tantos otros derechos. Y está bien, están en su derecho de llorar a su ídolo, pero no de hacerlo como feministas.

Es difícil entender ese feminismo y mucho más cuando lo bautizan como “popular maradoniano”, enumerando los méritos de su ídolo en el fútbol, en nombre del cual “sacrificó su carrera” y se puso en peligro batiéndose contra los ricos y poderosos, “quienes le cortaron las piernas en el mundial del 94”. Nunca supe de nadie que hubiera alegado las motivaciones sociales de Pelé cuando salió en camilla de la copa de Inglaterra. Está bien, que lo amen, lo adoren, lo veneren, pero que no lo justifiquen transformando en ideales sociales los gajes de un oficio que viven la mayoría de los ídolos deportivos.

En la “primera y última nota” que darían esas feministas para explicar sus sentimientos, elecciones y contradicciones, y sin olvidar la violencia que ejerció contra sus mujeres, también recuerdan los orígenes humildes de Diego, quien con su fútbol visibilizó a los pobres haciendo “visible lo invisible”. Incluso se sacrificó dando la espalda al futbol de maquila, dejando el Barcelona para irse a “darle gloria al Nápoles, del sur de Italia, y “quitarle la hegemonía a los ricos del norte”, “el Milan y el Juventus.” El Diego –dicen- “le plantó cara a los más poderosos y proyecto su voz desde lo colectivo”.

Los desplantes de Maradona a los poderosos no son únicos, tampoco sus orígenes pobres. El fútbol siempre ha sido el deporte de los pobres y de la pobreza han salido la mayoría de sus jugadores más brillantes, por lo menos en la América Latina. La gran diferencia es que a nadie se le había ocurrido salir a defender su mala conducta –cuando la han tenido- adornando con motivaciones ideológicas y sociales sus méritos futbolísticos. A Mohamed Ali, que no era futbolista sino boxeador, negro, bravucón y provocador, en su momento lo metieron a la cárcel y acabaron con su carrera porque se atrevió a enfrentar al poderoso sistema norteamericano negándose a ir a la guerra de Vietnam.

La desobediencia de Maradona contra el bloqueo a Cuba o en favor de la revolución bolivariana y todas las causas que haya podido abanderar no pueden ser atenuantes del hombre deplorable que fue. Se puede aceptar la opinión de muchos que lo consideran el mejor jugador de fútbol del mundo, pero no que lo lloren feministas que han estado dispuestas a saltar ante el menor desliz cometido por cualquier otro hombre, o por lo menos se vuelve cuestionable. Es difícil entender que el fervor nacional futbolero sea más fuerte que el feminismo, lo que no significa que no se aprecie ni se entienda de futbol.

La jugadora Paula Dapena, del Club Viajes Interrías FF de la tercera división femenina española se negó, como mujer, a homenajear a Maradona en un juego amistoso contra el Deportivo La Coruña, manteniéndose sentada y de espaldas mientras los jugadores de los dos equipos guardaban un minuto de silencio por el fallecido jugador. Alegó que “por las víctimas no se guardó un minuto de silencio”, tres días antes, cuando se había conmemorado el Día Internacional por la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres. Por eso, ella no lo haría por un “maltratador”. Eso se llama coherencia, por la cual ya la están amenazando de muerte.

Señoras maradonianas argentinas, respeto su dolor pero lamento que lo antepongan a su feminismo, muy particular por cierto. Por muy popular que sea, no puede haber un feminismo maradoniano, como tampoco puede haber un feminismo “placidodominguiano”, o un feminismo patriarcal, o más, paternal, porque amamos a nuestros padres. A mi padre debo y agradezco haber recibido la educación y la formación académica que tengo y que me ha permitido ser la mujer feminista que soy. Lo amaba y lo lloré cuando murió, porque era mi padre aunque haya sido machista, pero no por eso puedo llamar paterno o paternal a mi feminismo. Placido Domingo cantó en el Estadio Azteca para miles de mexicanos y en favor de los damnificados del terremoto de 1985, lo que expuso su lado filantrópico y solidario, pero eso y todas las acciones sociales que le haya dictado su espíritu compasivo no absuelven al hombre abusador, haya nacido en cuna de oro o en el pesebre.

Prepárense entonces cuando al levantar la voz y la bandera en contra del patriarcado no falte quien les recuerde las lágrimas derramadas por uno de sus productos más y mejor acabados.

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