MAID: Las cosas por limpiar (spoiler alert)

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica / @andybrauni /@lamamacosmica

Alex (Margarte Qualley) abre los ojos y sin moverse mira cómo se elevan las costillas de Sean (Nick Robonson) al respirar. Moviéndose lentamente sale de la cama, se viste y busca a Maddy (su hija) que duerme en su cuna, en otra habitación. La levanta, la envuelve en una manta y la sube al auto. Es de madrugada y afuera las ramas de los árboles dibujan sombras en el piso de tierra. Así empieza Maid o la traducción que se eligió para el español: Las cosas por limpiar, la serie de Netflix que en 10 capítulos relata el difícil y sinuoso camino de una madre para salir del círculo de violencias.

Admito que desde que escuché hablar de esta miniserie, estrenada en la plataforma Netflix hace algunas semanas, tuve dudas antes de decidirme a verla. Desconfío bastante de series y películas que dicen abarcar temas tan complejos como la violencia de género y en este caso de las familias monoparentales, porque siento que en la mayoría se quedan en un relato superficial de estas historias y suelen caer en lugares comunes que nos presentan clichés de todo tipo y que están demasiado alejados de las experiencias que han vivido quienes son sobrevivientes de violencias. A pesar de estos cuestionamientos me decidí a verla y para mi sorpresa desde el primer capítulo me atrapó.

Inspirada en las memorias de Stephanie Land, una joven mujer estadounidense que en 2019 publicó Maid: Hard Work, Low Pay, and a Mother’s Will to Survive (Trabajadora doméstica: trabajo duro, salario bajo y la voluntad de una madre por sobrevivir), lo primero que me gustaría rescatar es que la serie nos lleva a pensar en la violencia de género como una problemática compleja y con un abordaje que también lo es, tiene muchas aristas y se suman muchísimos elementos que complejizan la situación, por ejemplo la condición socioeconómica, la falta de redes de apoyo o el rompimiento con ellas que se deriva del aislamiento característico de la violencia emocional. La protagonista no puede contar del todo con su madre, porque tampoco tiene casa, ni trabajo estable y convive con su novio, adicto al juego, en una casa rodante. A su padre no lo ve desde sus cinco años y su única amiga es la compañera del mejor amigo de su ex.

Hay una escena en la serie en la que Alex mantiene un diálogo imperdible con otra mujer víctima de violencia que vive también en el hogar para sobrevivientes: “¿Creés que en la primera cita me dijo pásame la sal, algún día te estrangularé?, no, la violencia va creciendo como el moho”. La historia expone la vulnerabilidad de una madre (como tantas otras) que sólo encuentra barreras. Queda claro desde la desesperanzadora escena del primer capítulo, en la que Alex víctima de violencia psicológica, llega a un refugio de servicios sociales y sólo encuentra una mecanicidad abrumadora y descubre que ella siempre es quien está bajo la lupa, al ser cuestionada sobre si es adicta y por las razones de su partida si su novio “no le pegaba” (según antigua idea de que la violencia solo deja marcas físicas).

En Maid, Denise (BJ Harrison), la encargada del refugio, cuenta que ella volvió al hogar en donde era violentada cinco veces antes de irse definitivamente. Es importante entender sin juzgar o caer en revictimizar, cuáles son los motivos para volver, muchas veces opera el mito del amor romántico, otras veces también hay cuestiones sociales, socioeconómicas que hacen que la persona no tenga otra salida más que volver con el agresor que, en muchos casos, también es el proveedor y si hay hijes todo se complejiza.

Esta no sólo es una historia de resiliencia (sin romantizar la maternidad) y de sororidad, sino también acerca de lo importante de las redes de ayuda entre mujeres. Y es también una denuncia sobre el propio sistema, que intenta ofrecer opciones, muchas veces inútiles a personas vulnerables. También muestra cómo, en algunos casos, las mujeres víctimas de abuso pueden entrar en un espiral sin salida, ya que necesitan quién cuide de sus hijos mientras trabajan pero no pueden acceder a las ayudas estatales hasta que no tengan un trabajo.

En cada capítulo se pone sobre la mesa la importancia de la creación de redes y los años y siglos de sometimiento a los que hemos estado expuestas las mujeres. La relación de Alex con su madre es el mejor ejemplo porque demuestra que la violencia ha sido sistemática y la han sufrido las mujeres de generación en generación y lo difícil que es romper con estos patrones.

Y en el caso de Sean el padre de su hija, se nos presenta como un hombre atractivo y en principio encantador pero con arranques violentos y personalidad controladora, dejando atrás la justificación que se le atañe a quienes ejercen cualquier tipo de violencia, cuando se les describe como monstruos y aparentando que estas situaciones son “anormales” y no una triste y normalizada realidad.

Las cosas que quedan por limpiar es una puñalada de realidad que nos expone las consecuencias devastadoras del abuso emocional y una muestra de lo difícil que es levantarse por una misma en un mundo plagado de trampas burocráticas a la vez que nos presenta que es posible salir de una relación violenta pero que se requiere muchos más que coraje o valentía, se necesita pedir ayuda, terapia y herramientas para sanar, abrazar o simplemente habitar nuestro dolor, rodearnos de personas que nos escuchen sin juicios, pero sobre todo entender que acceder a estos alicientes sigue siendo un privilegio y no un derecho.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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