Kivi kixà na ndìi nu Ñuu Savi: cuando llegan los muertos en el Pueblo de la Lluvia

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Volvió la fiesta milenaria para recibir a los muertos en Cuanacuaxtitlán, Guerrero. La comunidad les pidió a sus seres queridos que les ayuden a alejar las enfermedades y que haya comida en abundancia

Texto: Kau Sirenio / Pie de Página

Fotos: Alexis Ivan De la Cruz Rojas

CUANACAXTITLÁN, GUERRERO.- Cuando llegaron los muertos en Cuanacaxtitlán, la fiesta fue así. El comisario colocó una mesa y la adornó con collares de cempasúchil y le puso frutas, pan, cerveza para que los muertos coman y beban; y velas para iluminar el camino. El recinto comunitario fue adornado para la bienvenida de quienes fueron comisarios, secretaria y secretario de esta comunidad ñuu savi.

Frente a este adorno, Genaro Silverio habló con los muertos que pasaron en esta comisaría, les pidió que cuidaran al comisario en turno y que ayuden a alejar las enfermedades en el pueblo para que haya niños, jóvenes y adultos sanos y comida en abundancia.

La comunidad se organiza para que esta tradicional fiesta comunitaria se haga de la mejor manera como lo hacen cada año. Los preparativos empiezan el segundo sábado de octubre, cuando la población celebra con chicha el nombramiento de nuevos serviciales, el 24 del mismo mes inicia el novenario. Las autoridades comunitarias junto con los mayordomos realizan oración en lengua tu’un savi en el panteón comunitario.

Durante los días de los novenarios para los niños y adultos difuntos, la comunidad visita el camposanto a las dos de la madrugada para ofrendar con cempasúchil y velas. Los acompaña la música de viento que toca piezas fúnebres mientras el orador habla con los muertos en el altar mayor.

La luz titilante de las velas resplandece, el olor a copal y el cempasúchil inunda el ambiente en el panteón comunitario de Cuanacaxtitlán; el repertorio fúnebre de los músicos que acompañan al orador pone el toque de melancolía propio de estos días.

El orador levanta las manos con los ramos de flores y una vela para ofrendar a los abuelos y abuelas que se fueron al inframundo, ahí, ante el altar mayor Genaro Silverio habla con los muertos. Los mayordomos le encargaron que hablara con los que fueron serviciales comunitarios, para que ellos intercedan por el pueblo en el más allá de los vivos.

Con el paso del tiempo, esta fiesta milenaria ha cambiado en su organización, desde la ausencia del comisario municipal y el consejo de ancianos en los rezos de la madrugada. Además, el fervor que los pobladores impregnan en los preparativos ha disminuido comparado en años anteriores, cuando niños y ancianos llegaban a la una de la mañana con velas y flores de cempasúchil para colocarlas ante la tumba de sus ancestros.

Cuando el orador eleva su voz para ofrecer las flores a los muertos, en las bancas de la capilla del altar mayor, los músicos tocan melodías fúnebres. Marcha y despedida son algunos cánticos que la banda de Fortunato entona.

Genaro Silverio es el intermediario entre los vivos y los muertos. Él le pide a los que se fueron, a los niños, a los jóvenes a los señores y señoras: “A los comisarios, comandantes, mayordomos, policías, parteras, oradores, que intervengan en la casa de los muertos para que haya abundancia y se alejen las enfermedades de Cuanacaxtitlán”.

Sofía Benito extrae de una bandeja ramitos de flores y se lo entrega al orador. Éste la ofrece y luego toma el sahumerio para esparcir el humo de copal. Son las primeras ofrendas que ofrece en la madrugada del 2 de noviembre. Pedro García Carreño explica que la novena ahora se hace a partir de las tres de la madrugada –antes se hacía desde la una de la mañana– y el panteón se ilumina en todo su esplendor.

Así, se vive el día de Todos los santos. Aquí, los olores a copal y flores se mezclan en las celebraciones de los Días de Muertos y Fieles Difuntos en el panteón de Cuanacaxtitlán, comunidad a 12 kilómetros al oriente de San Luis Acatlán, donde se vive en una religiosidad más allá de la vida: aquí las tradiciones se han modificado por el fenómeno de la migración.

En esta comunidad ñuu savi (mixtecos) de la Costa Chica las celebraciones inician el segundo sábado de octubre, cuando reparten chicha en el panteón durante la limpieza; al día siguiente, en una asamblea comunitaria, nombran a los nuevos serviciales que prestarán servicios a la comunidad durante un año.

Los mayordomos de las ánimas son los responsables de organizar la novena en el panteón. Ahí, el orador habla con las que fueron parteras y entrega las flores; pide que de las embarazadas nazcan niños sanos, que de ahí salgan los nuevos comisarios y serviciales honestos.

La plática con los muertos en el panteón dura tres horas, después de ofrendar las flores y velas en el altar mayor, todos se preparan para regresar a sus casas. Pedro García y Sofía Pérez organizan el cortejo fúnebre.

Las campanadas de la iglesia anuncian el regreso del cortejo fúnebre del panteón. Después de dejar las flores en la iglesia, se encaminan a la casa del mayordomo Luis Solano De la Cruz para desayunar pozole y café. Una vez que todos desayunaron se van al panteón para preparar la traída de los muertos. Con la participación de la población en la procesión.

El presidente y presidenta de las Ánimas organizan la novena en coordinación con el comisario, todos los días van a casa del mayordomo a ensartar y amarrar flores que ofrendan todos los días: el presidente cuida el panteón durante el año, y convoca a la comunidad a limpiar el panteón el segundo sábado de octubre. Además de pedir a los señores que carguen las velas y la sábana que sirve de sombra a la imagen durante la procesión del panteón a la iglesia.

A la presidenta le toca coordinar a las mujeres para el rezo y tiene que llevar el sahumerio y la bandeja de las flores, así como pedir a las señoras que carguen la imagen de las Ánimas durante la procesión del panteón a la iglesia.

La imagen de las Ánimas es una estatua de medio cuerpo de una mujer, rodeada de llamas, como imitando al infierno. Para el 2 de noviembre, cuando llegan los difuntos, a la imagen le agregan dos imanes de 30 x 30 centímetros y 10 kilogramos de peso. Para la tradición Ñuu Savi, los imanes representan a los muertos que vienen en camino.

La Chicha es una bebida de los muertos o de los dioses de la lluvia, aunque también en la casa de la lluvia se toma, pero su mayor fervor es en Día de muertos. La chicha es una bebida fermentada de maíz, piña y panela. El cultivo (fermentación) es de al menos 15 días.

A las once de la mañana. En el panteón, niños, mujeres y hombres, todos con velas y cadenas de cempasúchil, se acercan al altar mayor, ahí donde Genaro Silverio hizo su oraciones en Tu‘un Savi, durante 10 días pedir a los muertos que traigan bienestar para Cuana.

Después de que Genaro entonó el décimo párrafo en latín, letanía fúnebre para ese día, todos los visitantes del panteón cogieron sus velas y flores para acompañar a los músicos que tomaron camino hacia la Iglesia.

Caminaron lentos, muy lentos, como queriendo detener el tiempo antes de que sus muertos quieran regresar a la tumba. El cortejo fúnebre para llevar a los muertos a la iglesia y después a la comisaría se organiza: cuatro mujeres cargan la imagen de las Ánimas, cuatro hombres llevan la sábana sombra, otros cuatro cargan las velas, y uno lleva la cruz y el tazón de agua bendita.

En total son 13, es el número de flores que se ofrecen para que en el pueblo no haya enfermedad. El recorrido del panteón a la iglesia dura una hora. Al entrar a la iglesia, suenan las tres campanadas de duelo. Así permanece durante los tres días de estancia de los muertos en Cuanacaxtitlán.

Ahí, los familiares de los recién fallecidos lloran. El dolor se siente en el ambiente. Después de depositar las flores en la iglesia, una comitiva de señores principales y mujeres se encaminan a las comisarías municipal, comunal y ejidal.

Sofía sopla una y otra vez al sahumerio, para generar humo abundante antes de empezar con la procesión de unos 800 metros. Entre el pequeño grupo caminan hombres y mujeres que llevan sus velas y flores. Sofía Pérez coloca la ofrenda en la mesa de la comisaría municipal.

-Ndo’o na taku ini, xi ndu na tyiñu, vaxi ndu ve’e mi ni xíyo ndo atyi (Ustedes, señores de alma viviente, que fueron comisarios, venimos a esta casa del pueblo a dejarle las flores) –dijo Genaro Silverio al iniciar su oración en la comisaría municipal. Así recorrieron la comisaría municipal y comisarías agrarias.

Una vez que terminaron con las flores en las comisarías, van a la casa del mayordomo a comer mole; tomar chilate y chicha. El jueves 4 de noviembre, el cortejo fúnebre regresará al panteón; la población se concentrará en la iglesia con sus flores y velas para llevar los muertos de regreso al panteón.

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Este texto se publicó originalmente en Pie de Página:

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