Una rumba por Julio

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

El pasado 4 de enero se cumplieron 30 años de la muerte de Julio Haro, fundador, vocalista y, sin lugar a dudas, emblema y símbolo de El Personal, una de las bandas más representativas de la música tapatía de finales de los ochenta y principios de los noventa. La influencia de la agrupación en la escena musical del país es tal, que con apenas un disco de estudio lograron convertirse en una banda de culto en el rock mexicano. No es poca cosa, considerando que No me hallo, la legendaria y única grabación con la que El Personal trascendió tiempos y fronteras en apenas 32 minutos, es una mezcla donde impera el reggae y una fusión de sonidos y ritmos muy alejados de los riffs roncanroleros.

30 años después, El Personal todavía anda por ahí, como una especie de zombie arrastrando su pasado. Por más que Andrés Haro —la coincidencia de apellidos es eso, mera coincidencia, pues entre Julio y El Boy no hay parentesco alguno— ha hecho hasta lo imposible por mantener el proyecto vivo, para nadie es un secreto que El Personal se acabó el día que murió Julio. No, en realidad me equivoco: El Personal sigue vivo, sí, pero ligado a Julio Haro, y viceversa. Es imposible pensar en uno sin el otro. Y así será para siempre, porque tanto Julio como El Personal son eternos.

Julio Haro nació en San Luis Río Colorado, Sonora, el 5 de julio de 1955. Creció en Guadalajara y no sólo eso: vivió en la capital jalisciense, la retrató, se burló de ella, la desafió y también la inmortalizó. Nos regaló uno de los mejores frescos de la ciudad en “La tapatía”, una canción que retrata una ciudad que ya no es lo que era y que, al mismo tiempo, sigue siendo la misma: aunque ya no existe el cine Variedades, quienes andamos por las calles de la ciudad también podemos decir que «vimos bicis, vimos motos y en la calle muchos jotos».

Esta línea de “La tapatía” —canción que también incluye todo un tour gastronómico— sirve como ejemplo para darnos una idea de otro de los rasgos que más se celebran en el espíritu de Julio: el sentido del humor. Siendo él mismo gay, no tiene empacho en decir que las calles de Guadalajara están llenas de “jotos” usando una palabra que seguramente más de una vez fue usada para ofenderle. Él la toma y la usa con el desparpajo con el que escribió canciones que seguramente hicieron que más de alguno levantara la ceja en la Mochalajara de su tiempo: “Niño, déjese ahí” es una oda a la masturbación, mientras que “Dale de comer al conejito” es un exquisito arrebato de guarra galantería. Anticipándose a toda defensa medioambiental, “Nosotros somos los marranos” es una invitación a cuidar el medioambiente atacando el problema de raíz: en una de sus líneas, dice: «Hay que lavar con detergente/ para que se muera la gente».

Julio también le cantaba al amor: lo mismo hace una canción de amor místico en “Menjurje” que una balada pop plena de cursilería en “No te hagas”. Y también se burla del desamor: “Broche de oro” es la canción perfecta para cantarle al amor perdido (aunque, lamento decirlo, ya somos cada vez menos aquellos que sabemos toda la tristeza que podía caber en una llamada por cobrar).

Las humorísticas letras de las canciones de El Personal cobraban todavía más fuerza cobijadas por la voz de Julio, quien, hay que decirlo, tenía una voz horrible: gangosa y atiplada era, sin embargo, perfecta. Si bien es tremendamente divertido escuchar esa voz amenazando al niño con que le van a salir “muchos pelos en la palma de la mano” si no se deja ahí, esa misma voz le da un poder especial a las letras existencialistas de Julio, que también las tuvo: “No me hallo” y “Rumba sin rumbo” permiten, especulo nada más, asomarse un poco a otra faceta de Haro, esa en la que no sabía lo que quería, ni en dónde, ni con quién, y que le reprochaba a la vida por no haberle dado lo que merecía y, en cambio, lo había “bocabajeado” recio.

(Mientras escribo esto y vienen a mi mente las letras de las canciones es fácil darse cuenta por qué El Personal no va ser nunca ni la sombra de lo que fue: cuando uno intenta escuchar las canciones del grupo en la era postjulio es imposible no salir corriendo a ponerle play al No me hallo y dejar atrás el mal rato.)

Un día, hurgando en un librero con volúmenes viejos, dentro de un ejemplar de Bajo el volcán de Malcolm Lowry me encontré un volante que invitaba a dos conciertos por el aniversario de El Personal, mismos que tuvieron lugar los días 9 y 10 de noviembre de 1988 en la Peña Cuicacalli. El volante tiene una ilustración de Jis y para mí es un testimonio de lo que era Guadalajara en ese entonces: un campo de batalla en donde la generación Galimatías, de la que Julio Haro también formó parte, le aventaba de pedradas al conservadurismo tapatío. No sé cuánto terreno habrán ganado, pero se divirtieron mucho, y nosotros seguimos haciéndolo.

No me acuerdo dónde escuché o leí que Julio Haro decía que cuando muriera quería que lo cremaran y pusieran sus cenizas en un salero que debía estar en la mesa del comedor. Lo que sí me consta es que al final de “Rumba sin rumbo” canta: «Cuando yo me muera/ yo no quiero un homenaje/ y que no se diga nada más de mí/ y que nadie diga que ay, qué bueno fui/ lo que quiero es que se olviden de mí».

En ese sentido, este texto no es un homenaje por el 30 aniversario de la muerte de Julio Haro. Es, más bien, el cumplimiento de una de sus últimas voluntades: “Que todo mundo baile esta rumba”.

Así pues, esta rumba va por Julio.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

12 COMENTARIOS

  1. Gracias por la reseña bro!
    Que buena manera de decir las cosas como son.
    Abrazo!
    Sergio Haro
    (Yo si soy hermano de Julio, jajaja)

  2. Muy padre artículo. Un comentario: Yo lo que le escuché a Julio decir más de una vez fue que quería que sus cenizas se guardaran en un “tóper” para después ponerlas arriba del refrigerador. Sobre la idea de que sus cenizas estuvieran en un salero y alguien se las pudiera comer, me imagino a Julio diciendo “¡fataaaal!”

  3. Muchas gracias por recordar a mi hermano con tanto aprecio y aunque yo fuí el hermay incómodo de Julio, no preguntes por qué, siento un profundo respeto y cariño a la obra musical, pictórica y fotografica de Julio.
    Gracias siempre.

  4. Qué buena reseña, y muchas gracias, para todos los que conocimos, quisimos y nos reímos con Julio, este escrito nos hace volver a recordarlo y sonreír. Ah, y me hiciste pensar en su voz y la volví a escuchar, gracias!

  5. Me tope con esta nota por puritita casualidad y me entro una nostalgia de esas, de las meras bonitas que enchinan el cuero, muchas gracias por escribir.

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