Destetarnos

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica / @andybrauni/@lamamacosmica

Solo a mí me pareció buena idea destetar a mi hijo durante las vacaciones navideñas, además con Júpiter en Piscis y supongo que solo a mí se me ocurre escribir una columna de opinión sobre el destete (“Chica, ¿a quien le importan estos temas?”). Nicolás con dos años y 4 meses, idolatra mi pecho. Y eso da rienda suelta a todo tipo de prejuicios: “Eres adicta”, “¿Todavía le das, ya está grande?”, “¿Tiene mamitis, no?”. A veces pienso que no hay nada más subversivo que una crianza gozosa. Es algo sospechoso. Algo que acabará mal.

Para ser sincera, no hace mucho tiempo, yo también formaba parte de ese equipo. De las que juzgaba a las madres que practican la lactancia (¿quién decide el matiz del siguiente adjetivo?) prolongada. “Adictas”, seguro que llegué a pensar alguna vez. No tenía ni idea. Es curioso cómo nos otorgamos el derecho a juzgar sobre tantas experiencias en las que no pusimos el cuerpo. Yo no sabía lo que era dar la teta. No sabía del disfrute y tampoco de la lucha que se libra (en muchas experiencias) para establecerla. Del placer sexual que implica (insertar aquí escándalo y tabú). Sí, la lactancia es una expresión más de nuestra vida sexual. ¿Por qué juzgamos tanto a las madres? ¿Por qué repudiamos socialmente el apego? ¿Qué nos brinca tanto?

Yo, por ejemplo, quería haber destetado desde que estuvimos en confinamiento, específicamente cuando mi hijo cumplió 1 año. Porque también hubo muchos (pero muchos) momentos, en que me sentía agotada, demandada y esclavizada por un ser angelical. Pero ahora me alegro de no haberlo hecho: la lactancia nos salvó durante la pandemia. La teta lo centraba, ergo nos centraba, le ayudaba a dormir, ergo descansábamos, lo calmaba, ergo disminuía la tensión. Hasta le entretenía cuando se aburría soberanamente (y nadie sabe la cantidad de actividades que se pueden realizar con una sola mano). A veces me decía a mí misma, ya, para. Enséñale a parar. Pero, ¿justo ahora? ¿Tiene que ser justo ahora? ¿Cuando el mundo le estaba negando todo: los paseos, jugar afuera, socializar…? Ya está, me decía. Esperaremos un poco más. Y así lo hicimos.

No he escrito un memorándum a Nico para comunicarle que abandonaba nuestro país exclusivo, no. Tampoco le he ido espaciando y suprimiendo tomas durante semanas, no hubo cuentos explicándole que la teta de mamá está cansada, tan solo le he ido explicando que la leche se va pero la teta se queda. Esto por supuesto entre su llanto y enojo.

En mi opinión y desde mi experiencia (ojo aquí) el destete respetuoso no existe ni para la mamá, ni para le hije. El término no aplica porque se asume que se respetan los tiempos del bebé pero la realidad es que se olvidan las necesidades, dinámicas y deseos de la mamá. Me parece entonces, que es una construcción social que lo único que hace es llenarnos de culpas y negarnos el derecho a transitar el proceso de una manera tranquila y motivada por el deseo. ¿Qué significa esto? Simple y sencillamente que ésta mamá está cansada, extraña sus noches con más horas de sueño, que necesita recuperar su cuerpo, pero sobre todo y esto es lo que me llevó a tomar esta decisión: el disfrute al momento de amamantar se terminó. Y repitiendo el mantra que me ha acompañado durante mi maternaje: Nicolás no necesita una mamá perfecta, sino una mamá feliz, nos aventuramos a destetarnos.

El destete es un proceso que forma parte de la lactancia, es el fin de una intimidad específica e irrepetible, pero estoy dispuesta a vivirlo. Cuando empecé a dar el pecho, justo después de que las grietas me dejaran empezar a disfrutar, estaba literalmente fascinada por la leche que salía de mis pezones como una fuente. Todavía hoy lo estoy y sobre todo agradecida con mis pechos y mi cuerpo por sostenerme durante 28 meses.

“De la teta también se sale. Vendrán otras maneras de dormirlo, calmarlo, centrarlo, contenerlo. Si realmente estás cansada, no tengas dudas. Antes de que te agotes”, me comentó una sabia amiga. Me lo tatúe en la mente, y con nocturnidad y alevosía, lo dejé.

Mi niño astronauta aquí están mi regazo y mi olor esperándote como la mejor de las sinécdoques. Aprenderé a calmarte sin esta herramienta mágica. Y un mundo de nuevas maneras de conectar, contener y acompañarnos se abren para nosotres, desde otros lugares, con otras dinámicas… Así que en eso estamos. En el destete. Seguro aún falta ver caer algunas lágrimas entre la Vía Láctea. Alguna mía también caerá, eso es seguro.

Sin embargo lo que me parece urgente es destetarnos de la idea que la lactancia es única y exclusiva, de ese mandato que también nos exige a todas las mamás dar la teta sin importar nuestra realidad y nuestro deseo. La lactancia no tiene que ser exclusiva, este proceso debe ser lo que nosotras queramos que sea según nuestros deseos, posibilidades y contextos. Y por eso me parece crucial recordar que como mamás ponemos el cuerpo SIEMPRE: con lactancias “exitosas”, “fallidas”, “largas”, “cortas” y “eternas”. Y mientras tanto lo que deberíamos de hacer, es dejar de etiquetar a las lactancias y por ende a las maternidades. No hay una forma correcta de alimentar a nuestrxs hijes, ejerzamos una lactancia a libre deseo, que incluya, valide y visibilice todas las formas de lactancia y al mismo tiempo las necesidades de mamá.

P.D Gracias infinitas y con el corazón a la tribu que me acompaña en este complejo proceso, a les abues por ser la segunda casa de Nicolás, a la mejor tía y hermana del mundo y por supuesto al papá, compañero de crianza que ha sido refugio y contención para el niño astronauta y su mamá.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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