Y si vivo cien años…

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @I_gonzaleza

Vivir un siglo no debe ser fácil. Menos aún cuando se viven estos cien años en la soledad de una recamara, enfermo y repudiado; rodeado de siniestros espectros y profundas culpas. Un escenario así debe ser algo muy parecido a habitar entre el limbo y el infierno. Para comprobarlo habría que preguntarle a Luis Echeverría Álvarez, quien hoy (escribo esta columna el 17 de enero) alcanza nada más y nada menos que la centena. Lo que pocos logran.

Así, quien fuera presidente de nuestro país entre 1970 y 1976 se convierte —si no me equivoco— en uno de los ex-mandatarios más longevos en la historia de éste nuestro México lindo y qué-herido. Priísta de cepa (como buena parte de la clase política actual, que de una u otra forma tiene un antecedente priísta. Y ése pedigrí no se borra), comenzó su carrera por ahí de 1946, como secretario particular de Rodolfo Sánchez Taboada, entonces dirigente del conocido partidazo. En lo que podría definirse como una meteórica carrera llegó a ser subsecretario de gobernación en 1958. Luego, ya con Gustavo Díaz Ordaz como presidente, Luisito ascendió un escalón más y se convirtió en Secretario de Gobernación en 1964 y, por ende, en el candidato obvio para la sucesión presidencial.

No está de más recordar que, durante este periodo, se llevó a cabo una de las heridas más trágicas de nuestra historia: la matanza de Tlatelolco. Y el entonces Secretario de Gobernación fue uno de los artífices de este sangriento hecho. Ya como presidente, Echeverría se mantuvo siempre en campaña. Solía esgrimir un discurso y una práctica populista que, irremediablemente derivó en un fuerte déficit público, es decir, una situación en la que el Estado gasta más de lo que recauda. En 1971 dicho déficit representaba poco más del 2 % del PIB, mientras que para 1975 ya había ascendido a más del 9 %. Más o menos en el mismo periodo la inflación pasó del 4.6 % al 11.3 %, lo cual no es un asunto menor.

En este mismo sentido, la pretensión —también populista— de erigirse como el líder del Tercer Mundo y los denominados países no alineados le trajo, entre otras cosas, confrontaciones con los sectores empresariales locales. ¿El resultado? La inestabilidad cambiaria y la devaluación del peso, lo cual tuvo lugar a finales de 1976. Con ello se inaugurarían las ya tristemente famosas «crisis sexenales». Por cierto, dicen las malas lenguas que en aquellos años la familia del entonces presidente se enriqueció gracias a algunos negocios inmobiliarios realizados bajo el cobijo del poder presidencial. Quién sabe. Lo que es cierto es que un sexenio que se pretendía conciliador terminó marcado por el rencor, la sangre y el oprobio.

Por otra parte, conocido por ser un hombre de personalidad ególatra y mesiánica, Echeverría tendía a polarizar a diestra y siniestra. Desde luego, todo ello azuzado por un coro de intelectuales orgánicos que, envalentonados, vociferaban algo así como “o Echeverría o el fascismo” (o como dijera Cersei Lannister en GoT: “el que no es de los nuestros es un enemigo”). Además, el entonces mandatario no se tocaba el corazón para utilizar la fuerza del Estado para amedrentar y perseguir a sus opositores. Van dos botones de muestra: 1. Los atentados contra la libertad de expresión, encarnados en los continuos sabotajes al periódico Excélsior (cuyo director en aquella época era Julio Scherer García); y 2. Las desapariciones forzadas en las que el mandatario estuvo inmiscuido durante la oscura época conocida como la Guerra Sucia. Esto le valió, a Luisito, tener encima una serie de órdenes de aprehensión nada más y nada menos que por genocidio. Y así, el rosario de vicisitudes de este ex-mandatario es largo y extenso (¿alguien dijo Halconazo? ¿O Genaro Vázquez y Lucio Cabañas?).

Y por si esto fuera poco, Echeverría vetó el rock…

¡El rock! No hay que ser…

En fin, ¿por qué vale la pena recordar, aunque sea de manera somera, el pasado sombrío de este ominoso personaje? Porque la memoria es también un dispositivo político contra la terrible impunidad. Y porque, como dijera aquel, la Historia suele repetirse dos veces: primero como tragedia, luego como farsa. O su variante: porque quien no conoce (o se olvida de) su historia está condenado a repetirla.

Y ése lujo, de verdad que no nos lo podemos dar.

P.D. Luego de un largo hiato vacacional ¡estamos de regreso! Y sí: todo es lo que parece.

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Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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