La era de la hiperpolítica

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @i_gonzaleza

En las últimas décadas del siglo XX, buena parte de la conversación pública giraba en torno al surgimiento de lo que, desde distintos frentes, se denominó como la era de la post-política. El término —seductor como pocos— aludía, por ejemplo, a lo que Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy (1997) definieron en aquel entonces como la clausura del espacio político, es decir, la obliteración de las posibilidades transformativas y emancipatorias del ejercicio de una ciudadanía plena.

¿Qué quiere decir realmente lo anterior? Básicamente que desde la caída del Muro de Berlín y a partir de la adopción del Consenso de Washington entre las economías occidentales, en nuestra contemporaneidad se estableció un escenario en el que los conflictos sociales y las decisiones públicas (lo político), se reducían a un mero conjunto de escollos fáciles de resolver mediante una gestión experta de las y los especialistas (la política). Esta especie de juego tecnocrático operaba dentro del marco del libre mercado, de la democracia representativa y del liberalismo cosmopolita, lo cual constituyó lo que en su momento se conoció como la ideología del fin de la Historia (Fukuyama, 1992): sin las conflictividades colectivas de antaño, y con la emergente primacía de lo privado, la política quedó relegada tras bambalinas. En consecuencia, la tecnocracia se apropió del escenario frontal. Así, lo que le restaba a la humanidad era coser y cantar en santa paz, en el seno del neoliberalismo.

Esta narrativa ocupó un lugar privilegiado hasta bien entrado el siglo XXI. Países como el nuestro sufrieron con creces los estragos de una rápida privatización y del declive de una institucionalidad más o menos colectiva. Sin embargo, en los últimos años es cada vez más evidente que la hegemonía global de lo que —en términos muy laxos— se conoce como el proyecto neoliberal ha entrado en una profunda crisis.

A la par del declive de dicho proyecto poco a poco ha emergido en el horizonte una especie de «nuevos» modos de configuración del campo político. Entrecomillo la palabra nuevos con toda la saña posible. Basta echarle una mirada, por ejemplo, a la llegada al poder de demagogos de corte populista (de izquierdas y de derechas) en diversas partes del orbe. Este viraje en la esfera de lo público ha detonado múltiples procesos, entre los que se destacan, por lo menos, tres sumamente visibles: 1. La proliferación de un discurso político plagado de falsedades y triquiñuelas (lo cual trae consigo una política anclada en la post-verdad); 2. El ataque frontal tanto a la sociedad civil organizada como a las instituciones en las que se produce conocimiento científico (con lo que se abre una especie acicate oscurantista); y 3. Una desvalorización del constitucionalismo y del entramado institucional encargados de garantizar un mínimo de gobernabilidad democrática (como consecuencia de esto se hace patente una seductora tentación autoritaria que despliega y legitima, a su vez, una inquietante violencia verbal como estrategia política efectiva).

Sin duda, estos procesos comienzan a transformar, desde ya, la esfera pública. En este sentido, nuestro tiempo está atravesado por un entorno al que Anton Jäger (2022) define de manera certera como la era de la hiperpolítica. Más que un retorno de los elementos que caracterizaron a la primera mitad del siglo XX (i. e. partidos políticos con una base formal amplísima, la existencia de sindicatos masivos, o una militancia acérrima de la clase obrera), hoy lo que se tiene es una dispersión de la política a lo largo y ancho del tejido social. Ésta está en todas partes y todo se torna político. En nuestros días prácticamente todas y cada una de las dimensiones de lo social se encuentran altamente politizadas. Poco a poco, pero de manera constante, es innegable que, en la última década, la política se ha reintroducido con precisión quirúrgica a la vida pública. Emergen conflictividades diversas. En el ambiente flota un espíritu «movimientista»… Y sin embargo, la verdad es que el retorno de lo político ha ocurrido sobre todo en el plano discursivo. Pocos cimientos son los que se han resquebrajado. Dicho de otro modo, el horizonte actual de la política es mediático y tiende a la espectacularización. Y esto no es un asunto menor. Ello dado que todo hoy está bajo un intenso escrutinio ideológico. Todo: desde los aspectos más banales (i. e. cuánto gana un supuesto periodista; cuánto mide la alberca de algún personaje) hasta aquellos más cruciales (i. e. la precarización de la vida; la violencia en todos los registros). La política como espectáculo; el espectáculo de la política.

En un contexto como el descrito, la conflictividad agonística (Mouffe, 200) tiende a desplazarse peligrosamente al plano de lo identitario antagonista: si no estás conmigo, estás contra mí. Nuestro tiempo es aquel en el que una condición necesaria de la lealtad es la ceguera. Todo se hiperpolitiza. Todo es absoluto y absoutamente político. Al mismo tiempo, una consecuencia no deseada de la hiperpolitización de la vida social radica en que ésta desdibuja al campo político; lo erosiona. En otras palabras, el agotamiento de la post-política trae consigo una especie de resurgimiento de lo público. Pero, paradójicamente, también con ello se vacía de contenido al discurso político. La teatrificación de lo público como metáfora de la ausencia de un proyecto de nación. La espectacularización de lo trivial como horizonte político. Y así ad nauseam.

¿Las consecuencias de lo anterior? Muchas: la dislocación de lo importante; el olvido de lo urgente: la priorización de lo banal; la marginación de lo central. En última instancia, la era de la hiperpolítica tiene un riesgo al que hay que prestar atención. El riesgo consiste en que los intereses particulares de un sector —e incluso los intereses individuales de algún personaje— se disfracen con el resplandeciente ropaje de la participación democrática, de la consulta deliberativa, del interés soberano del pueblo. Así es como los términos cruciales para la construcción de lo democrático devienen en parajes desérticos.

En fin, para terminar esta columna, es posible acudir a una conocida figura žižekiana —derivada de su lectura de Deleuze— (2006). Me refiero a esa especie de escenario espectral de multitudes resistentes, de subjetividades nómadas, de radicalismos chic, en el que flotan, suspendidos, una serie de órganos sin cuerpo. Si seguimos jugando con esta metáfora, en un entorno de hiperpolitización podemos decir que lo que tenemos ante nosotras y nosotros es la fuerza incesante de los aparatos ideológicos del Estado ¡pero sin el Estado en sí! Forma sin fondo. Un centro ausente, un vacío alrededor del que se constituye lo que debió haber sido y no fue. Vaya pues, lo que resta es preguntarse si el agotamiento de la post-política y la inauguración de la era de la hiperpolítica representa un verdadero cambio paradigmático; o si por el contrario, ocurre lo mismo que ha pasado con otras transformaciones que se pretenden de amplia envergadura: las cosas cambian sólo para seguir siendo las mismas.

¿Será que todo es lo que parece?

Referencias

Fukayama, F. (1992), The End of History and the Last Man, Nueva York: Free Press.

Jäger, A. (2022). How the World Went from Post-Politics to Hyper-Politics. Tribunemag.co.uk. Revisado el 28 de marzo de 2022. El texto puede consultarse en el siguiente enlace: https://tribunemag.co.uk/2022/01/from-post-politics-to-hyper-politics.

Lacoue-Labarthe, P. and J.-L. Nancy (1997), Retreating the Political, Londres: Routledge.

Mouffe, C. (2009). On the political. Routledge.

Žižek, S. (2006). Órganos sin cuerpo. Sobre Deleuze y consecuencias. Pre-Textos.

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Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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