Las barbas del vecino

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Hace doce años, durante la primera temporada de «La calle del Turco», publiqué un texto a propósito de ciertas declaraciones del cavernal Juan Sandoval Íñiguez. En resumen, el cáncer de Yahualica afirmaba que él siempre había sabido que Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y pedófilo impune protegido por El Vaticano, era “un desequilibrado mental, un loco, para decirlo en otras palabras”, alguien que hizo cosas que “nadie aprueba”.

Los dichos del Cara de Bagre tenían signo de pesos: en ese entonces su nombre había comenzado a sonar para ser designado como comisario de los Legionarios de Cristo después de que Marcial Maciel fuera desconocido y vetado post mortem por la misma orden religiosa que fundó. Esta medida se tomó luego de que, tras muchos años de negación, se comprobaran las tropelías que Maciel había cometido en vida, en las que los abusos sexuales a menores de edad fueron la constante. En sus declaraciones Sandoval Íñiguez afirmaba que él siempre había tenido conocimiento de los crímenes de Maciel “desde los años cincuenta”.

Apenas unos días después de que se publicara mi texto, recibí un correo de Francisco González Parga, exlegionario de Cristo y víctima directa de Maciel. Quería contarme su historia y exhibir el papel de omiso encubridor que había jugado Juan Sandoval Íñiguez. Y es que una vez que escapó de la Legión, González Parga quiso denunciar la serie de abusos de los que había sido víctima. La denuncia, me contó, fue ignorada por el entonces titular de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Para ser alguien que desde mediados de siglo conocía los crímenes de Maciel, y que tenía un caso literalmente en su escritorio, Sandoval Íñiguez resultó muy bueno para quedarse cruzado de brazos y mirar para otro lado, como si no supiera que según el acto de contrición católico también se peca por omisión.

(La entrevista completa a Francisco González Parga puede leerse aquí.)

Todo esto me ha venido a la cabeza estos días luego de que comenzara a circular la condena contra Naasón Joaquín García, actual líder de la iglesia La Luz del Mundo, quien fue sentenciado a 16 años y ocho meses de prisión luego de que se declarara culpable de tres cargos de abuso sexual infantil.

Aunque se autoproclama como parte de un linaje elegido por dios, el criminal resultó muy entendido de los asuntos terrenales: se confesó culpable de tres cargos como parte de una negociación que lo salvó de ser juzgado de otros 16 delitos, entre los que se encontraban posesión de pornografía infantil, violación sexual de menores y tráfico humano. Una joya divina.

El horror de los crímenes cometidos por “el apóstol” es tal que el juez Ronald Cohen, encargado de dictar la sentencia, no reprimió el impulso de calificar a Naasón como un “depredador sexual”, además de disculparse con las víctimas al declarar: “Mis manos están atadas. Los abogados hacen lo que hacen”. El magistrado remató su indignación al señalar que “nunca dejan de sorprenderme las cosas que hace la gente en nombre de la religión y cómo se arruinan vidas diciendo servir a un ser supremo”. Al César lo que es del César y a dios… que les vaya bien.

Tal y como ocurrió con la defensa que de Marcial Maciel hicieron durante mucho tiempo los Legionarios de Cristo, al esconder primero y desacreditar y negar las acusaciones contra su fundador después, el mismo día de la sentencia la iglesia La Luz del Mundo dio a conocer un comunicado en el que afirman que su confianza en Naasón Joaquín sigue intacta y se atreven a señalar que al “apóstol” no le quedó de otra que declararse culpable “para proteger a la iglesia y a su familia”. A las víctimas, como era de esperarse, no les dedicaron una sola palabra.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con Marcial Maciel, ahora parece haber un incómodo silencio entre los seguidores del líder de la Luz del Mundo. Si en el caso Maciel hubo esfuerzos desde diferentes frentes para callar a los denunciantes y sus seguidores —baste recordar el boicot de Lorenzo Servitje, entonces dueño de grupo Bimbo, contra Canal 40 por la difusión de las denuncias contra el religioso—, ahora los feligreses de la esfera política, por ejemplo, han llamado la atención por su silencio. Martí Bartres, que participó muy sonriente en el homenaje que le hicieron a Naasón en Bellas Artes, se deslindó de él desde el momento en que fue detenido. El diputado Hamlet Almaguer —así se llama, lo juro—, que era entusiasta de publicar tuits sobre “el apóstol”, ha preferido voltear para otro lado y guardar silencio, lo mismo que Enrique Alfaro, a quien le gustaba felicitar a su amigo Naasón Joaquín y que ahora prefiere pelearse con las familias de los desaparecidos y fingir demencia sobre el depredador.

Como alguien que creció en un entorno familiar religioso, siempre me ha parecido que el abuso sexual infantil a manos de los líderes religiosos es uno de los crímenes más deleznables que puede haber. Las personas confían en ellos su voluntad espiritual y terminan siendo manipuladas por gente que violenta sus cuerpos pero, más grave todavía, destroza su espíritu. Los dejan sin fe y sin dignidad, usando el nombre de su dios, cualquiera que éste sea, para desarmarles y, por si fuera poco, cargarles de una culpa que pocas veces logran entender, procesar y superar.

El viejo dicho advierte: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. En este caso, ya vimos cómo se le cortan las barbas al vecino: como los Legionarios en su momento, ahora La Luz del Mundo cumple con el papel que le toca desempeñar: defender a su mandamás. Vamos a ver cómo reaccionan cuando las afectaciones lleguen al dinero.

Eso le pasó al vecino: en cuanto la guadaña llegó a las cuentas bancarias, los Legionarios se deslindaron de Marcial Maciel y Juan Cavernal Íñiguez hasta recuperó la memoria.

A ver cuánto tiempo le dura intacta la confianza a la Hermosa Provincia.

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Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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