¿De qué otra cosa podríamos hablar?

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Durante la 53 edición de la Bienal de Venecia, el pabellón de México contó con la participación del curador Cuauhtémoc Medina y la artista Teresa Margolles quien, fiel al estilo que la ha distinguido desde hace muchos años, preparó una serie de piezas que buscaban poner sobre la mesa el tema de las violencias provocadas por el crimen organizado. Era 2009 y la mal llamada guerra contra el narcotráfico tenía tres años propagando una ola de crimen que, no sabíamos entonces, se prolongaría durante muchos, ya demasiados, años. Las piezas de Margolles se agruparon bajo el título ¿De qué otra cosa podríamos hablar? e incluían, entre otras cosas, cobijas en las que habían sido abandonados cuerpos de personas asesinadas y la limpieza de pisos con una mezcla de sangre y agua.

Además de lo impactante que me pareció entonces, y me sigue pareciendo aún ahora, la provocación de Margolles —era, repito, 2009 y había toda una campaña para lavarle la cara a México en el exterior respecto a la violencia creciente que se vivía en el interior del país—, lo cierto es que la pregunta que dio título a su presencia en Venecia se me quedó muy grabada y en momentos como éste, cuando redacto este texto, no puedo evitar preguntarme: ¿de qué otra cosa podríamos hablar?

Podríamos, por ejemplo, hablar del berrinche que tiene haciendo bilis a Enrique Alfaro, producto de su pleito con la Universidad de Guadalajara y que el pasado miércoles nos ofreció uno de los episodios más penosos cuando, con tal de impedir que la movilización convocada por las autoridades universitarias tuviera éxito, desde el gobierno del estado no tuvieron reparo en detener el transporte público afectando la movilización de las huestes universitarias, sí, pero también el traslado de miles de personas que, sin deberla ni temerla, pagaron las consecuencias de un pleito en el que no tienen absolutamente nada qué ver. Cada vez que uno cree que el gobernador no puede ser más ridículo, inmaduro, autoritario y berrinchudo, sale a demostrar que sí, por supuesto que puede. Pero no es el único. 

En ese hilo, también podríamos hablar del despropósito que tendrá lugar el domingo. Y es que luego de ver la convocatoria que tuvo la marcha “en defensa” del Instituto Nacional Electoral ante la reforma que está empujando el Ejecutivo federal, Andrés Manuel López Obrador no se aguantó la comezón y pronto salió a decir que “la gente pidió” que hiciera una movilización. O sea, el presidente va a salir a marchar para apoyar… al presidente. Si bien la consigna “El INE no se toca” es torpe porque lo que menos necesitamos son instituciones intocables, lo cierto es que la lectura del presidente es no sólo torpe, sino pobre y muy corta de miras porque, lejos de enviar un mensaje de apoyo, lo único que está demostrando es que le caló ver a tanta gente movilizada y ahora se quiere medir nomás para demostrar que él es más mejor

Y, sin embargo, en medio de estas expresiones de franca megalomanía y despotismo de nuestros políticos —porque el presidente y el gobernador son apenas dos botones de muestra— lo cierto es que ha llegado el último fin de semana de noviembre y con él llega, como lo ha hecho desde 1987, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Así que vuelvo a preguntarme, ¿de qué otra cosa podríamos hablar, sino de la FIL?

La lista de lugares comunes para hablar de la Feria es tan larga como su programa de actividades. Que si es el encuentro librero de habla hispana más grande del mundo, que si es una cita obligada para todos los actores de la cadena del libro a escala mundial, que si es una fiesta que se extiende más allá de la sede principal en Expo Guadalajara, que si implica una muy importante derrama económica no sólo para Jalisco, sino para el país, etcétera. Aunque todas estas razones aplican, lo cierto es que creo que lo que hace relevante la llegada de cada edición de la Feria es la experiencia personal. Lo cierto es que en este caso, como sentencia el dicho popular, “cada quién habla de la feria según le fue en ella”.

En lo personal, disfruto mucho de los nueve días que dura la FIL. Inabarcable por donde se vea, hay actividades que no se pueden dejar pasar, como la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, que este año será para el rumano Mircea Cărtărescu, o la premiación del Sor Juana, que en esta ocasión es para la mexicana Daniela Tarazona. También me parecen entrañables las charlas multitudinarias cobijadas bajo el título “Mil jóvenes con…”, de las que este año me interesa mucho la participación de Irene Vallejo, autora del prodigioso ensayo El infinito en un junco. El homenaje a José Saramago también promete ser una de las actividades entrañables de este año y tengo curiosidad por ver la participación de Sharjah como invitado de honor.

Pero sin duda lo que más me gusta es la vida en los pasillos. De un tiempo para acá disfruto asomarme al rincón de los libreros de viejo, donde el año pasado me compré una primera edición de Sálvese quien pueda, de Jorge Ibargüengoitia, a precio de ganga, así como una respetable edición de Noticias del Imperio, que este año cumple 35 años, y las obras completas de Juan José Arreola, volumen que está descontinuado en el catálogo del Fondo de Cultura Económica. 

Con el tiempo he aprendido también a disfrutar la presencia de las hordas de adolescentes que son llevadas al recinto ferial y para quienes, más que una experiencia reveladora, la visita a la FIL no es más que un pretexto para salir de paseo y no tener clases. Mucho se cuestiona la utilidad de estas visitas multitudinarias. Quizá no sea mucha, ciertamente, pero creo que incluso ellas tienen su función. Ya alguna vez escribí acá que la Feria es una fiesta y nadie, ni siquiera los más intelectuales de la República de las Letras —así, con mayúsculas como les gusta— va a una fiesta a que le den lecciones. A las fiestas va uno a divertirse. Si en ese viaje festivo alguna muchacha o algún muchacho descubren la puerta a esos otros mundos que representan los libros, habrá valido la pena. ¿Iluso? Yo creo que sí. ¿Ingenuo? Definitivamente. Pero creo que la realidad ya es bastante agobiante para las y los adolescentes para que además su acercamiento a la literatura tenga que ser innecesariamente solemne.

Este año la FIL Guadalajara compartirá su atención, al menos durante sus dos fines de semana y los días jueves y viernes, con un escenario inédito: por primera vez coincide con el Mundial de Fútbol que se desarrolla en Qatar. Más de alguno enfrentaremos un verdadero reto para cuadrar horarios y el primero va a llegar en la jornada inaugural, cuando el programa de la Feria se empalma con el partido México-Argentina.

Menos divertida resulta otra coyuntura: la FIL arranca con el conflicto entre la UdeG y el gobernador en su punto más álgido. Ya desde ayer comenzaron a circular mensajes en los que presuntamente desde las secretarías estatales se estaba convocando a una movilización de burócratas para manifestar su apoyo al gobernador durante la jornada inaugural de la feria y otros en los que se daba la instrucción para que los medios oficiales del gobierno del estado no cubrieran ninguna actividad de la Feria, es más, que ni siquiera se la mencionara, como si no existiera. Un par de medidas que sin duda están a la altura de alguien que delira con ser presidente de la república.

En fin, que ya se acaba noviembre y ya comienza la Feria y es imposible decir todo lo que no quiere decir sobre la fiesta de los libros. Por eso, no queda más que concluir con esa arenga que cada año nos repetimos con una sonrisa antes de sumergirnos en los pasillos y en los salones: ¡Buena Feria!

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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