Bailarina denuncia discriminación y violencia laboral dentro del Ballet Folklórico de Universidad de Colima

Mónica Macías vivió violencia física y psicológica de parte de una compañera dentro del Ballet Folklórico de Universidad de Colima. Las autoridades universitarias minimizaron los actos, la revictimizaron y encubrieron a su agresora; al tiempo que era hostigada laboralmente por sus superiores. La solución para la Universidad de Colima fue despedirla injustificadamente. Actualmente, su agresora sigue dentro de la compañía de danza.  

Desde mayo de este año interpuso denuncias en contra de diferentes autoridades universitarias ante la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Colima, la Fiscalía General del Estado de Colima, entre otras dependencias.

Esta sería la primera denuncia pública en evidenciar la normalización de la violencia en la que se desempeñan diariamente las y los bailarines del Ballet Folklórico de la Universidad de Colima. Entre empujones, jaloneos, un sueldo precarizado, jornadas laborales extenuantes y discriminación es que realizan presentaciones incluso a nivel internacional.

Por Leslie Zepeda / @lesszep2

En octubre de 2013 la bailarina Mónica Macías ingresó mediante una audición al semillero del Ballet Folklórico de la Universidad de Colima y fue en abril de 2016 cuando se incorporó oficialmente a la compañía. A partir de ese momento, narra, fue víctima de violencia física y psicológica, así como de discriminación por parte de una compañera bailarina.

Mónica relata cómo desde ese momento recibió diferentes violencias como: empujones, jaloneos, rasguños, gritos, humillaciones y exclusión de las actividades del grupo. Explica que con el tiempo comprendió que se trataba de una forma de violencia tan interiorizada en este grupo de danza que, para el resto de las personas estas prácticas violentas se normalizaron hacia otras bailarinas y bailarines:

“Yo he visto como esta misma sujeta, esta misma persona se ha dedicado a ejercer el mismo tipo de violencia en contra de otras compañeras y la única razón es dominio poderío y porque podía. La administración de ese entonces la respaldaba las acciones que ejercía.

En ningún momento se mostró el interés, ni determinación por resolver la situación que ella estaba generando que era de mucho conflicto, mucho pesar emocional y de mucha toxicidad al interior del ambiente de la compañía”.

Permanecer en este ambiente de violencia normalizada en el Ballet Folklórico de la Universidad de Colima generaron que precisamente parecía algo a lo que debía acostumbrarse, sin embargo, también pudo reconocer que era víctima de diversas violencias, por lo que al poco tiempo informó a la subdirección de aquel momento sobre su situación, pero nunca tuvo una respuesta, mucho menos atención a su caso:

“Llegaba a percibir que era normal justamente por lo que no atendía la Subdirección por lo que me comentaban otras personas, por lo mismo de la inacción y la indiferencia me generaba a mí una idea de que era normal, además, la misma agresora me respondía que las cosas eran así, que a ella así le habían tratado y que ella así había aprendido, que si yo quería estar ahí tenía que adaptarme a la dinámica. Entonces había muchos mensajes que me decían que la situación era normal y que lo tenía que soportar a pesar de que ellos sabían que no era así y de que lo seguía reportando”, recuerda la bailarina.

Se acercó al subdirector de aquel momento en busca de apoyo, quien le dio una cita para conversar, pero finalmente decidió no dar seguimiento al caso, “él mostró cierta disposición para hablar con las dos, cuando yo lo fui a buscar el día que él definió, a la hora que él definió que hablaríamos, me abrió la puerta de su oficina y me dijo, estoy muy ocupado y me cerró la puerta en la cara”, añade Mónica.

Fue en marzo de 2022 cuando decidió retomar la denuncia ante las autoridades universitarias, ya que un grupo de mujeres feministas se organizó para evidenciar violencias machistas dentro de la Universidad de Colima. Reconociéndose como feminista también, dice que su impulso la motivó a continuar con la exigencia de justicia dentro del ballet.

Las consecuencias fueron una aparente reestructuración de puestos con cambios en sus titulares. Lamentablemente, Mónica afirma que esto no fue más allá de un discurso para simular acciones para erradicar la violencia, puesto que, quienes ocuparon los puestos fueron las mismas personas que ya formaban parte de la universidad y que mantenían las mismas formas de encubrimiento.

De la misma forma, denuncia que ninguna autoridad, durante su proceso de búsqueda de ayuda y respuesta, le informó que existía una Unidad para la Atención a la Violencia de Género y la Discriminación de la Oficina General. Nunca le informaron que podía acercarse a este espacio para atender su caso en al menos seis años.

La prueba de lo anterior es que, tras estos cambios, Mónica se acercó al nuevo y actual director del Ballet Folklórico de la Universidad de Colima, quien ya tenía conocimiento previo de la situación, “él estaba como responsable administrativo y yo ya había hablado con él acerca de esto primero, hablé con el subdirector, pero también hablaba con él como responsable administrativo, entonces él ya tenía conocimiento. Yo solamente lo actualicé”.

Según relata, el funcionario universitario no hizo más que exponerla ante el grupo de ballet como una “exageración”, mientras daba la razón a su agresora de manera pública también. Al respecto, Mónica afirma que ella es la primera bailarina en reconocer estas violencias dentro de la compañía y en señalar directamente, en su caso, a su agresora:

“Ante esta situación yo me siento expuesta, ridiculizada, humillada, revictimizada se lo manifiesto y él muestra total insensibilidad ante mi sentir. A partir de ese momento él empieza a tener comportamientos de acoso y de violencia psicológica hacia mí, de acoso laboral, empieza a invisibilizarme, a dejar de nombrarme, ni siquiera voltearme a ver, a dejar de considerarme para la asignación de vestuario de ciertos cuadros”.

Las violencia física y psicológica que empezaron por parte de su agresora, una compañera del ballet, terminaron multiplicándose con la segregación que comenzó la propia dirección del mismo, lo que le causó problemas emocionales y generó exclusión con el resto de sus compañeros y compañeras, así como dejarla de lado en diversas actividades de la compañía. “No sé cómo le hice para seguir yendo a los ensayos y a las clases; de hecho, yo se lo dije: “maestro no tengo ningún interés y ninguna motivación de seguir presentándome”, añade Mónica.

Tras los hechos, el 9 de mayo de este 2023, mientras se encontraba laborando, recibió un oficio donde se le informaba de su despido, esto justificado en que su contrato especifica que el empleador puede prescindir de sus servicios; sin embargo, para ella esto significa un despido injustificado y así lo corroboró su asesoría legal. Además, en dicho documento también incluyeron un párrafo donde se señala a Mónica como “probable actora de violencia”, lo que para ella representó un acto de amedrentamiento en su contra.

“A partir de mi despido injustificado, el claro amedrentamiento que recibí en el oficio citado, el acoso moral de parte de la Dirección y Administración del ballet, las omisiones al debido proceso y la discriminación de las que fui víctima, he iniciado una serie de acciones civiles, administrativas, penales y laborales en contra de las personas y autoridades que universitarias que resulten responsables. Estos procesos se encuentran en curso y procediendo desde el 10 de mayo pasado”:

Las denuncias que ha hecho ya tienen un proceso abierto en contra de las autoridades universitarias que resulten responsables, así como, ante diferentes instancias como la Comisión de Derechos Humanos del estado Colima, ante la Contraloría General de la Universidad de Colima con una demanda por despido injustificado -en contra de tres autoridades de la Universidad de Colima-; en la Fiscalía General del Estado de Colima donde interpuso denuncias penales por discriminación y acoso laboral en contra de su compañera y agresora; y en el Tribunal de Justicia Laboral de Colima.

Mónica confirma que hasta el momento “la universidad no se ha manifestado en ningún sentido, no ha tenido ningún contacto directo conmigo”. Por lo que tampoco han buscado hablar con ella para llegar a algún acuerdo:

“Yo no he procurado buscar a las autoridades, lo que es el rector de la Universidad y al abogado general, porque desde mi perspectiva y desde mi proceso ellos también han sido violentadores y para mí es muy complicado ir, sentarme enfrente de ellos y encararme cuando he sentido victimizada, revictimizada por lo que están haciendo. El abogado en particular, porque resuelve mi queja en contra de la compañera violentadora como nula, como archivada de manera definitiva y con el rector, porque seguramente está al tanto de las acciones que han estado ejerciendo en mi perjuicio y les ha dado visto bueno”.

Ahora, por recomendación de su asesoría legal no ha compartido los nombres de su agresora ni de las autoridades universitarias que la encubrieron, sin embargo, sí reconoce al menos a seis personas pertenecientes a la Universidad de Colima como violentadores, entre ellas se encuentra el actual director del ballet, el abogado de la universidad, su compañera del ballet, a la directora general de difusión cultural, entre otras.

Además de la violencia normalizada en el desempeño de las y los bailarines del ballet, Mónica confirma que también violentan sus derechos laborales, a tal nivel que caen en explotación; sus jornadas iban de 7 a 10 de la noche, es decir, 15 horas semanales, más de cuatro a cinco horas en cada presentación, con un pago mensual de apenas mil cien pesos, sin ningún tipo de prestaciones que marcan la ley en México, entre ellas acceso al seguro social.

“Incluso cada integrante tiene que cubrir el pago de los tratamientos y rehabilitaciones derivadas de su misma práctica dancística ahí”. En el caso de Mónica, durante su paso por el Ballet Folklórico de la Universidad de Colima sufrió hasta tres lesiones graves donde ella tuvo que cubrir los gastos médicos en su totalidad porque la universidad no se hace responsable de estos eventos.

Calcula que son entre 35 y 40 personas del cuerpo de danza las que laboran bajo estas condiciones. Inclusive, según comenta Mónica, tienen que mantener otros empleos para solventar sus gastos. “Esa es la dinámica y a pesar de que hay una clara explotación laboral y de que no soy la única, ni siquiera eso ha sido lo suficientemente significativo como para generar una causa en lugar de una situación individual o una denuncia individual”, agrega.

Es evidente que Mónica no es la única bailarina en vivir al menos algún tipo de violencia dentro del Ballet Folklórico de la Universidad de Colima. De tal forma que, al momento de presentar estas denuncias públicamente, la bailarina recibió hasta diez de testimonios de compañeros y compañeras por redes sociales confirmando que han vivido situaciones similares, pero que tienen temor de hacerlo público. En el caso de su agresora, reconoce que puede haber cinco casos más.

Mónica reconoce que tiene una batalla grande aún. Confiesa que cuando decidió alzar la voz su único deseo era continuar con su pasión de ser bailarina “de manera tranquila, disfrutándolo porque lo amo, me apasiona, la danza y estar arriba del escenario, era el máximo disfrute para mí”. No obstante, estos obstáculos se lo han impedido hasta el día de hoy:

“Me da mucha tristeza, mucha pena estar atravesando esto, me asumo como una víctima no a nivel identitario sino como una condición. Yo no tengo la identidad de víctima. Yo fui víctima de la ejecución de muchas violencias y de la violación a mis derechos humanos dentro de una institución educativa y dentro de un grupo artístico que tiene presencia y que tiene exposición internacional”.

 

 

 

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Leslie Zepeda
Leslie Zepeda
Periodista y fotógrafa feminista. Forma parte de CUCiénega Fem.

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