Cartas de la empatía: de la comunidad, tú y nosotros

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Esta es la carta número 8 de una serie de cartas que la investigadora Aleida Hernández escribió a su hijo para dejar una enseñanza para su futuro, para que construya una vida libre de violencia. Las cartas son parte del libro Cerca de la empatía, lejos de la violencia

Texto: Aleida Hernández Cervantes /Pie de Página

Ilustración: Especial

De la comunidad, tú y nosotros

I

Te contaré una historia. Hace muchos años conocí a mi amigo Germán. Estudiábamos la carrera de Derecho en Sinaloa. Èl venía desde Oaxaca a estudiar. Nos hicimos muy amigos. Cuando concluimos nuestros estudios él regresó a Santa María Cuquila, su pueblo. Me decía que tenía que regresar para seguir ayudando a su comunidad. Un día me invitó a conocer la historia y las costumbres del lugar donde nació; fue allí donde empecé a comprender a fondo la palabra “comunidad”. Lo común: lo que es de todos, para todos y perdura gracias a todos. Si tenían una iglesia era porque todos ayudaron a construirla, si tenían un espacio para la recreación, es porque todos le habían dedicado tiempo, recursos y esfuerzo para construirlo, si había una fiesta era porque cada año una familia distinta la ofrecía para todos. Nadie podía decir “yo no quiero”, “yo no puedo”, “a mi no me importa”, porque si lo hacía dejaba de pertenecer a la comunidad y, eso, era lo peor que le podía pasar a alguien en ese lugar. Aprendí y sigo aprendiendo mucho sobre lo que significa vivir en comunidad después de conocer a Germán.

Por eso pienso que la casa que habitamos es una comunidad. El principio de una comunidad es muy sencillo: si todos disfrutamos por igual de un espacio de convivencia, entonces todos debemos cuidarlo y ayudar a que perdure. La casa que habitamos es una comunidad porque todos la necesitamos: cada noche descansamos allí, cada día nos alimentamos allí; nuestra ropa se lava y se guarda allí, pero lo más importante, es una comunidad porque está hecha de de las relaciones que se construyen entre las personas que más nos importan.

Es importante que te preguntes ¿quién preparó los alimentos que están en mi mesa? ¿quién lavó y guardó mi ropa en el armario? ¿quién despejó y limpió de nuevo la mesa para que volvamos a comer? Todo eso implicó esfuerzo, dedicación y horas de trabajo. Por eso el hogar que es nuestra casa, requiere de todos los que la habitamos, porque la necesitamos. Nuestra casa es una comunidad, porque es un espacio común y lo común es de todos. Todos debemos darle algo a la comunidad: Para volver a usar la mesa despejada, para volver a comer un rico platillo, para volver a usar los platos en la siguiente cena. Lo común nos pertenece a todos, y lo que es de todos merece ser cuidado por todos. De lo contrario se va deteriorando, pierde su brillo y la posibilidad de ser nuevamente disfrutado.

II

Muchas cosas hemos aprendido estos meses de la pandemia, en la que hemos estado juntos tú papá, tu y yo todo el día y todos los días: que la casa es una comunidad y que todos tenemos que hacer que funcione. Lo que hemos vivido como sociedad durante la pandemia, sin duda ha sido difícil, por ejemplo tu y tus compañerit@s tuvieron que dejar de ir presencialmente a la escuela para tomar las clases a distancia, sin embargo, también hemos aprendido juntos cosas buenas, por ejemplo, a organizarnos en la casa, a distribuirnos las tareas de cocinar, lavar trastes, recoger nuestra ropa. Hemos organizado nuestra pequeña comunidad. ¿Qué harás hoy por la comunidad? Ha sido la pregunta que como una llave mágica ha abierto la puerta al bienestar común en nuestra casa.

Pero hay algo más que ha sido positivo en medio del confinamiento por la pandemia: papá y tú han cocinado juntos con frecuencia. Te he visto divertirte haciendo crepas y he sido la mamá más feliz del mundo al verte haciéndolas tan entusiasmado. ¿Sabes por qué? Porque si aprendes a cocinar y a darle importancia a las tareas del hogar, serás un hombre autónomo e independiente. Sí. No dependerás de nadie para cocinar una deliciosa pasta o un caldo de res con papas. No dependerás de nadie para organizar tu ropa y mantener limpio el espacio donde vivas. ¡Cuánta autonomía estás ganando día a día, hijo! No la pierdas nunca por favor. Gracias a esas habilidades serás una persona que todo el mundo querrá tener cerca, pues valorarán tu autonomía y la importancia que le das al trabajo en comunidad. Dale las gracias también a papá por ello pues te ha enseñado a darle un valor importante a la cocina, a los sabores y las texturas de los alimentos que disfrutas. Tu papá no solo te ha enseñado el amor por la música y los libros, también te ha enseñado como su papá también le enseñó a él, que la felicidad empieza por el estómago y que, la felicidad se la construye uno mismo con sus propias manos. Así que continúa con las manos en la masa.

Por mi parte, como mamá yo saldré ganando algo más. Un día, al azar, recibiré la llamada de mi hijo cuando viva en su propia casa y con su melódica voz, seguramente me dirá: “mamá, vente a cenar que te hice una crepas que nunca vas a olvidar”.

Ah, y no te preocupes, que yo lavaré los trastes, porque no se me olvida que debo hacer algo por la comunidad; y también, para asegurar que me vuelvas a invitar.

Aleida Hernández Cervantes es feminista, académica y profesora de la UNAM. Estas cartas se publican con la autorización de la editorial Bonilla Artiga Editores y de la autora. El libro se puede adquirir en las librerías El Sótano, Gandhi y Bonilla editores.

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