#ZonaDeOpinión
Por Héctor Castañón / @hektanon (X)
Foto portada: Agathe Gerot / @agathe.gerot (IG)
¿Por qué hoy somos el epicentro de la violencia y nuestro nombre empieza a generar más miedo que orgullo? Quizá porque aquí empezó todo. Porque estamos a mitad del camino entre el sur y el norte. Porque dejamos que el problema se arraigara en nuestro suelo, En medio de una ilusoria calma, y nos acostumbramos a los ostentosos frutos de esa planta, pues elogiamos el lujo como fin, sin mirar bajo la superficie. Nos lanzamos a una carrera por el brillo del oro y las vitrinas. Con esto agregamos una capa más a nuestra cultura de discriminación: usamos las marcas para distinguir lo que se valora y lo que se menosprecia.
Las marcas invadieron nuestras calles, mercados y cuerpos en una artificial pero afanosa búsqueda por distinguirnos y lucir como los que más. Pero aquí los caminos de la igualdad son sólo una ilusión. Aquí ponemos la mirada en el cielo, y evitamos mirar abajo. Así, sostenemos, justificamos y normalizamos la desigualdad. Subimos tanto el costo de vivir cerca, que expulsamos a territorios de abandono cada vez a más población, en donde la falta de un acceso digno a oportunidades fue creciendo a la par del resentimiento y la desesperación.
Los contrastes se volvieron tan evidentes como los muros y distancias que nos separan. No solo abandonamos territorios marginales de la ciudad, también los del campo, que poco a poco fueron ocupados por la siembra ilícita, la tala y los incendios.
El descuido y la ilegalidad dejaron crecer a otro gigante que se alimenta de bosques, pueblos y personas. Dejamos de trabajar la tierra para rentarla; dejó de importarnos el agua y la naturaleza en esta carrera por atraer inversión y empleos mal pagados: Somos los primeros en ganancias pero pagamos de los peores salarios del país.
En esta inequitativa distribución del valor se acumulan ingresos en pocas manos, mientras que en otras deudas, carencias e inequidades. Porque la justicia en Jalisco no funciona; y aún así está a la venta.
Esas impunes injusticias nos han hecho los primeros en desapariciones, deforestación, incendios, crímenes sin castigo y en una violencia social que termina por desbordarse en el inerme espacio íntimo contra las mujeres y las infancias. Por eso las escuelas y los hogares dejaron de ser lugares seguros, y es desde ahí que nuestras estructuras sociales se resquebrajan.
Es cierto que no todo es culpa nuestra. El monstruo que nos persigue de cerca es más grande que nuestras fronteras. Y también es cierto que hemos tenido gobiernos, permisivos y corruptos, que han convertido esta tierra de ferias, campeones, tradiciones y generosos destilados, en territorios donde las peores tragedias pueden ocurrir. El gobierno del espectáculo esconde tras el telón miedos, mentiras, complicidades y omisiones, y desvía la atención de las cosas que no podemos seguir ignorando.
¿Qué podemos hacer cuando sentimos que la posibilidad de vivir bien y en paz se nos ha ido de las manos? Es un momento crucial para replantear objetivos y priorizar como sociedad todo aquello que hemos descuidado. En Jalisco sabemos trabajar, sabemos emprender y nos toca cuidar y respetar los marcos de convivencia. Al mismo tiempo nos toca exigir a nuestros gobiernos terminar con la impunidad, atender las carencias sociales y abrir caminos para que nuestras juventudes puedan construir sus proyectos de vida chida.
Cerrar los ojos y hacer oídos sordos a las causas de los problemas que nos afectan, nos está mostrando sus enormes y crecientes costos. Empecemos a reconstruir las bases para un mejor Jalisco, desde sus territorios, su gente y sus potencialidades.


