Cada domingo, más de 40 artistas se reúnen sobre el andador Chapultepec para exponer y comercializar su arte. Fotografía Bruno Aguirre
#Especial
Por Vanessa Briseño / @nevervb
Fotografías por Bruno Aguirre
A las diez de la mañana, el andador Chapultepec en Guadalajara comienza a llenarse de colores. Apenas una docena de artistas acomodan sus caballetes, extienden mantas para colocar sus piezas y levantan sombrillas que poco a poco dan forma a la Galería Urbana Rafael Sáenz.
La luz matutina cae sobre las pinturas recién desempacadas, revelando paisajes, retratos, criaturas fantásticas y escenas cotidianas. El olor a la mañana y el murmullo de los primeros visitantes acompañan el montaje, mientras los toldos sobresalen como pequeñas islas bajo la sombra de los árboles.
Media hora después, el pasillo ya está casi lleno. Banderines de colores cruzan el aire marcando el recorrido entre obras sobre lienzo, papel e incluso materiales reciclados. Frente a cada puesto, se reúnen personas de distintas edades: niños que señalan los cuadros más brillantes, adultos mayores que se detienen a apreciar las obras, jóvenes que platican entre sí, parejas con sus mascotas y turistas curiosos que se detienen a observar. Entre ellos, las y los creadores -de distintas generaciones y trayectorias- comparten espacio y experiencia, haciendo del andador un punto de encuentro donde el arte se despliega a cielo abierto.
Cada domingo, entre el ruido de los autos que transitan por las avenidas circundantes y el murmullo de los paseantes, los caballetes transforman el andador Chapultepec en una galería a cielo abierto. Bajo la sombra de los árboles, artistas como Irma, Dino, Oligar, Aarón o Alberto disponen sus obras frente al público, creando un diálogo silencioso entre quien pinta y quien observa.
No hay barreras ni protocolos: el arte se despliega en el espacio común, al alcance de cualquiera que camine por ahí. Algunos visitantes se detienen a preguntar, otros solo miran, pero todos participan de esa experiencia que convierte la calle en un lugar de encuentro y creación.

Extremo derecho del corredor, cruce entre Avenida Chapultepec e Hidalgo. Fotografía Bruno Aguirre
El colectivo se ubica todos los domingos sobre el andador Chapultepec, entre la calle Justo Sierra y Avenida Hidalgo, en la Colonia Americana, situada en el centro de Guadalajara. Desde hace varios años se ha consolidado como un espacio abierto al arte y a la comunidad. Actualmente es gestionado por las y los artistas Francisco Dávalos, Irma Romero, Alejandra Lara, Andrés Michel y Rubí Parra.
Rubi, quién además es gestora cultural del espacio, comparte que su propósito como colectivo es llevar el arte a lo público y hacerlo accesible para todas las personas, alejándose de la idea de que las galerías o museos son espacios restringidos. Esto cobra relevancia porque, según el presupuesto estatal de 2023 para el sector cultural publicado por el Gobierno de Jalisco, los Museos, Exposiciones y Galerías (MEG) recibieron únicamente 28 millones de pesos (MDP), para 2024 incrementó a 70 MDP, mientras que en 2025 aumentó 90% en comparación con el año anterior, sumando 133 MDP. Una asignación que a pesar de parecer basta, representa un alcance limitado de estos recintos y refuerza la necesidad de iniciativas independientes que acerquen el arte a la comunidad.
Rubi detalla que con frecuencia se organizan diversas actividades culturales, entre ellas, ferias de gráfica y pintura, subastas con fines benéficos y talleres gratuitos de disciplinas como pintura, fotografía, grabado, escultura y modelado en vivo. Todos los eventos son de entrada libre. Este esfuerzo busca fomentar la convivencia cultural, crear redes entre artistas y abrir un espacio para la formación y el intercambio creativo.
Uno de los ejes del proyecto es el apoyo a artistas emergentes que inician su trayectoria y enfrentan dificultades para exponer en espacios tradicionales. En el colectivo, quienes participan pueden mostrar y vender sus obras, además de recibir retroalimentación sobre su trabajo. El equipo organizador también ofrece orientación sobre montaje y comercialización, con el objetivo de impulsar la profesionalización de artistas. Actualmente, alrededor de 50 creadores forman parte activa, con propuestas que abarcan pintura, fotografía, dibujo, escultura y cartonería.

La Galería Urbana Rafael Sáenz acoge a artistas que manejan diversas técnicas de pintura, escultura y grabado, por mencionar algunas. Fotografía Bruno Aguirre
Igualmente, Rubí explica que el espacio cuenta con permisos del Ayuntamiento de Guadalajara y el respaldo de la Secretaría de Cultura Jalisco, a través del programa Puntos de Cultura y desde febrero de 2025 es dirigido por el artista Francisco Dávalos. Estos permisos, que se renuevan anualmente, permiten su instalación en la vía pública bajo el compromiso de mantener libre el paso y las rampas de acceso. Aunque no cuentan con un apoyo económico formal, Puntos de Cultura les brinda acompañamiento en gestión y difusión, lo que facilita la realización de eventos y actividades.
Aunque el colectivo cuenta con la autorización institucional, sus integrantes atribuyen varias de sus dificultades al hecho de trabajar en un espacio completamente abierto. La exposición a la lluvia, el viento y el sol limita la protección de las obras y les obliga a resolver por cuenta propia con elementos a su alcance, como toldos y equipo. Permanecen en el andador Chapultepec porque decidieron que el arte debía ocupar el espacio urbano, donde las oportunidades de exhibición en recintos establecidos como museos, galerías y exposiciones fijas suelen ser reducidas y donde no siempre existe un acceso directo para artistas emergentes.

La galería organiza con frecuencia diversas actividades culturales, entre ellas, ferias de gráfica y pintura, subastas con fines benéficos. Fotografía Bruno Aguirre
El panorama económico también influye. De acuerdo con el análisis del Paquete Económico 2026 realizado por la organización FUNDAR, se identificó un retroceso del -13% en el presupuesto federal destinado a cultura, a pesar de que el Poder Ejecutivo anunció que un eventual recorte al Poder Judicial se dirigiría a cultura, deportes y ciencia. Los recursos continúan siendo limitados y este escenario se refleja en colectivos artísticos como la Galería Urbana, que depende de cuotas simbólicas y del esfuerzo conjunto de sus integrantes para sostener un proyecto que busca acercar el arte a la comunidad desde la calle.
Según el Presupuesto de Egresos 2025 del Gobierno de Jalisco, incluido en el Anexo Transversal: Cultura de la Paz, la Secretaría de Cultura dispone de 707.3 millones de pesos, una cifra que representa un aumento de 13.5 millones respecto a 2024 tras la salida del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión de su estructura. Aunque el presupuesto general crece, los recursos dirigidos específicamente a Museos, Exposiciones y Galerías (MEG) alcanzaron 133 millones de pesos en 2025, un incremento considerable que no elimina las limitaciones estructurales del sector. Este contraste evidencia que, pese a los ajustes aparentemente positivos, la oferta institucional sigue enfrentando restricciones, lo que mantiene la importancia de espacios independientes que llevan el arte al ámbito público y permiten un acceso directo a la comunidad.
A futuro, el grupo planea ampliar su oferta cultural con presentaciones de teatro callejero, danza y folklore, además de reforzar su colaboración con otras organizaciones culturales y educativas para ofrecer más talleres y actividades al público, los cuales son completamente gratuitos.
Irma Romero es una de las integrantes más antiguas del colectivo, una mujer mayor, de expresión profunda y palabras contundentes. Comparte que la historia de la Galería Urbana comenzó hace casi 15 años a una cuadra del actual andador Chapultepec, en el cruce con la zona conocida como el Trocadero. Ahí, un grupo de artistas plásticos se reunió con una causa común: recaudar fondos para mantener abierta la casa de cultura en Degollado, Jalisco, en la que en ese momento se reunían. Entre ellos se encontraba Pepe Villaseñor, originario de ese municipio y uno de los fundadores del colectivo.
Durante varios domingos vendieron su obra y destinaron parte de lo recaudado al pago de la renta del inmueble. Con ese gesto solidario nació la idea de crear un espacio permanente donde el arte sirviera no solo para exhibir, sino también para apoyar causas culturales y comunitarias. Con el tiempo, el grupo fue creciendo. Sin embargo, su permanencia en el Trocadero se volvió insostenible por las restricciones del lugar.

En el colectivo, quienes participan pueden reciben retroalimentación sobre su trabajo por parte de los curadores, así como consejos de presentación para sus obras. Fotografía Bruno Aguirre
Fue entonces cuando, gracias a las gestiones de Maru Arias, Rafael Sáenz y Esteban Garay -también fundadores-, consiguieron el respaldo del Ayuntamiento de Guadalajara y el colectivo logró establecerse en el andador. Desde abril de 2013, el sitio ha funcionado como una muestra artística al aire libre que lleva el nombre de uno de sus impulsores: Rafael Sáenz. Con el paso de los años, decenas de artistas han pasado por el proyecto, algunos de ellos con trayectorias consolidadas y otros que encontraron ahí su punto de partida.
Irma, quien usa lentes de aumento, va vestida con un pantalón café claro y una blusa de bordados tradicionales. Es maestra jubilada y una artista enfocada a la pintura. Llegó al colectivo cuando éste tenía apenas dos años de existencia. Después de tres décadas de docencia y una maestría en investigación educativa, decidió dedicarse al arte en su retiro. Comenzó en talleres para jubilados en el parque Los Colomos, pero su interés por aprender la llevó a buscar una formación más profunda. Fue ahí donde conoció a otros artistas que la invitaron a integrarse.
“Yo no quería entretenerme con la pintura, quería aprender y hacer más”, recuerda con alegría. Su llegada al colectivo marcó el inicio de una nueva etapa personal, en la que la investigación y la creación se unieron como parte de su proceso artístico.
La artista recordó que en los primeros años el grupo enfrentó dificultades para obtener permisos formales y acceso a espacios culturales del estado, como ferias y encuentros. Aun así, contaron con el apoyo constante de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara y de algunos funcionarios que reconocieron el valor de la iniciativa.
El trabajo colectivo, la autogestión y la colaboración entre artistas permitieron que se mantuviera activa y abierta al público. Hoy, el espacio se ha convertido en un referente para quienes buscan un punto de encuentro con el arte local.
Para ella, la galería es más que un lugar de exposición: representa una experiencia de vida. Ahí encontró en la pintura una forma distinta de comprender el mundo y de expresar emociones, protestas o reflexiones personales. “Aquí soy feliz”, expresa con firmeza. A pesar de los años y las dificultades, continúa participando en el espacio y espera seguir pintando mientras le sea posible.
Entre el bullicio y una amplia circulación de transeúntes, desde su puesto en Chapultepec, situado junto a una jardinera al extremo de Justo Sierra, rodeado por la sombra de algunos árboles y de su propio toldo, Irma extiende sus piezas sobre una mesa: pinturas de animales fantásticos y elementos tradicionales, invita a nuevos artistas y visitantes a acercarse, a mirar y dejarse tocar por el arte.
“Este es un buen espacio para ver y para aprender. Aquí cuidamos que todo lo que se presente tenga que ver con las artes plásticas, con la creación y con el trabajo honesto de los artistas”, explica con calidez.
De las 10 de la mañana a las 3 de la tarde los artistas muestran sus creaciones y conversan con los compradores potenciales. Todos tienen un contexto y un bagaje distinto entre sí, pero eso no es limitante para compartir su pasión por lo que hacen.
Como Edna, una mujer amable de cabello oscuro y lentes de aumento. Sentada sobre un borde que rodea el área de juegos infantiles. Cuenta que ella vio la Galería Urbana como el espacio para retomar su labor artística tras tener a su hijo. Realiza grabado en lienzo de diversos temas, sin embargo, los animales mitológicos imperan entre sus obras. Enfatiza que, personalmente, le llena expresarse y compartir su visión con más personas.

Extremo izquierdo del andador, en el cruce de Avenida Chapultepec y Justo Sierra. Fotografía Bruno Aguirre
En ese lapso de tiempo, se acerca un hombre alto de barba y ojos azules, vestido con una playera blanca y unas bermudas. Se detiene a observar el trabajo de Edna y comienzan a entablar una conversación en inglés acerca de los pequeños grabados que expone la artista encima de una mesa blanca. El hombre inmerso en los detalles de una pieza no se percató de que sus amigos se habían alejado. Se apresura a pagarla y se marcha dejando, además de su dinero, una sonrisa.
A menos de un metro de distancia, instalada sobre la misma barda en el área infantil, se encuentra Dino, una mujer alegre vestida con colores oscuros y un sombrero de borlas rosas. Acomoda los separadores de libros que se volaron por el aire, a pesar que son su producto más barato, sólo 30 pesos, los cuida igual que protege los cuadros más grandes y elaborados.
Dino comparte que, además de ser médico, se dedica a la pintura. Narra que durante la pandemia sintió el peso emocional de su trabajo. Las guardias, el cansancio y la incertidumbre la empujaron a buscar una vía de escape. Encontró en la pintura un refugio. Empezó sin una formación técnica hace más de seis años, aprendiendo por cuenta propia, explorando técnicas, colores y referentes.
Con el tiempo, la acuarela se volvió su compañera más constante, aunque también trabaja con pastel seco. En sus cuadros, aparecen escenas cotidianas: flores, frutas y fragmentos de la vida diaria. “La pintura me dio una flexibilidad que la medicina no tiene”, afirma. Llegó al proyecto en 2020, después de ver el trabajo de Alejandra Lara y decidir que ella también quería compartir su universo con los demás.
Justo en el espacio de enfrente, sobre la jardinera que protege un viejo árbol seguido de una estructura para hacer ejercicios, se sitúa Olígar Esquivel, quien viste una camisa roja y pantalones vaqueros. Señala que conoció el arte desde niño, pero fue hasta 2009 cuando decidió dedicarse por completo a él. Su formación en el Instituto Cultural Cabañas lo llevó a explorar distintas técnicas: óleo, mosaico y vitral. Cuenta que la pasión que hoy profesa por el retrato nació del deseo de capturar la esencia de las personas, sus gestos y sus imperfecciones.
“Si me quito las ojeras en un autorretrato, ya no soy yo”, comenta entre risas. En sus obras, busca que el parecido vaya más allá del físico, que transmita la personalidad del retratado. Se pone de pie y toma en sus manos una pintura de una cara conocida: Jesús. Continúa su relato y explica que llegó al espacio por recomendación de una amiga y, desde entonces, cada domingo coloca su caballete sobre Chapultepec, “aquí uno pinta y la gente se acerca, te pregunta, se conecta. Es lo más bonito”.
En dirección opuesta, Aarón Mendoza extiende su arte sobre otra barda justo al extremo derecho de Edna. Sobre su puesto resaltan las figuras en cartón apoyadas sobre lo que parece un tripie de cámara, unos personajes muy coloridos que provocan fascinación a quién los ve. Una niña se detiene justo en frente y le señala con emoción a su madre la criatura amarilla que se encuentra por encima de su compañero de color más anaranjado.
Aarón, artista originario de Guerrero, expresa con orgullo que creció rodeado de danzas tradicionales y máscaras talladas en madera. De esa memoria nació su obra: figuras de jaguares y personajes inspirados en los tecuanes, danza de guerreros que mezcla fuerza, historia y misticismo. A través de sus cuadros, busca recuperar la identidad cultural de su tierra y compartirla con quienes no la conocen, “cuando salí de Guerrero y llegué a Cuernavaca, vi que todos presumían su historia. Yo también quería mostrar la mía”.
Su obra, hecha principalmente en óleo, mezcla lo ancestral con lo contemporáneo. Acudió al corredor hace cinco años acompañado por su hermana, y desde entonces la considera un punto de encuentro entre tradiciones y nuevas miradas. “Aquí uno aprende de los demás, y eso también te transforma”, dice.
Sobre el otro extremo de andador, también se encuentra Alberto Romo, un hombre vestido de negro. Usa lentes de sol y sombrero oscuro a juego. Su puesto se encuentra justo a la mitad del corredor, donde se refugia del sol bajo un toldo. Pasa el rato platicando con sus compañeros de puestos vecinos y a ratos viaja de extremo a extremo para platicar con los demás, práctica habitual de todos los integrantes.
Alberto pinta desde la literatura. Cada una de sus obras nace de un libro, de un mito o de un personaje que lo acompaña desde las páginas. Es licenciado en letras y descubrió, con el tiempo, que sus cuadros eran una extensión de lo que leía: “me di cuenta de que casi todos mis dibujos reflejaban lo que había leído en el pasado”, dice. En su espacio, techado por un toldo blanco, los óleos sobre lienzo conviven con nombres como Borges, Verne o Rojas González, en cuadros cuyo precio es de al menos cuatro o cinco cifras.
En un lienzo aparece el Minotauro inspirado en La casa de Asterión; en otro, los ojos tentaculares de un ser surgido de Veinte mil leguas de viaje submarino. También están Dionisio, Calipso y Ulises, junto con la Reina de Saba, personajes que el artista traduce en formas y colores, buscando dar cuerpo a las ideas que antes solo existían en su imaginación.
Su técnica principal es el óleo, pero a veces mezcla acrílico, telas o papel recortado. El proceso, dice, es una lucha constante entre lo que imagina y lo que el lienzo le permite. Pinta entre ocho y diez horas al día, alternando su trabajo como profesor y corrector de textos.

La galería ofrece talleres gratuitos de disciplinas como pintura, fotografía, grabado, escultura y modelado en vivo. Fotografía Bruno Aguirre
Como varios de sus colegas, llegó a la Galería Urbana durante la pandemia, cuando el cierre de la preparatoria en la que daba clases lo llevó a profesionalizar su oficio. Empezó a vender sus cuadros “de adeveras” y encontró en el colectivo un lugar para mostrar su obra y dialogar con el público.
Para Romo, la pintura es una forma de comunicación. Le interesa la interpretación que las personas hacen de sus cuadros, la manera en que proyectan en ellos sus propias historias. Recuerda especialmente a un joven que se detuvo frente a su obra “El nagual de Tonalá”, donde un personaje encorvado y oscuro mira al vacío. El muchacho, que se encontraba en rehabilitación, le dijo que el cuadro le recordaba su tiempo en el anexo. “Nunca me había imaginado que alguien se identificara con algo tan doloroso”, cuenta en un tono reflexivo.
Desde entonces, el artista pinta con la esperanza de provocar emociones, de hacer sentir algo a quien observa. “Pinto para eso”, dice, “para que la gente se vea reflejada en lo que yo imagino”.
En Chapultepec, entre pinceles y conversaciones, la galería resiste cada semana su propósito: mantener vivo el arte en el espacio público y recordar que la ciudad también puede ser un lienzo compartido.
La Galería Urbana Rafael Sáenz crece gracias al trabajo conjunto de sus integrantes, aun en medio de un panorama económico complejo. A nivel federal, el sector cultural enfrenta un recorte del –13%, y en el ámbito estatal, aunque la Secretaría de Cultura Jalisco registra un aumento general, los recursos destinados a Museos, Exposiciones y Galerías sólo llegan a 133 millones de pesos, una cifra que aún limita la operación de estos espacios. Ante este escenario, el colectivo reafirma su importancia: mantener un punto de encuentro independiente que acerque el arte a la comunidad fuera de los recintos tradicionales.


