Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
A doña Genoveva Sánchez Peralta hay que recordarla de pie, mirando al frente, imbatible, digna, sosteniendo con las manos y su corazón la pequeña manta que muestra el rostro de Israel, su hijo, uno de los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa.
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Hace una década que su hijo desapareció, doña Genoveva tenía 50 años de edad. Desde entonces, junto a otros padres que buscan también a sus hijos, dedicó su tiempo y parte de su vida a encontrar a Israel.
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El 4 de diciembre ya no pudo más. Falleció luchando contra una enfermedad y contra el sistema que desde el 14 de agosto del 2014 no ha podido o no ha querido encontrar a los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa. Pasamos de la Verdad Histórica a una incertidumbre que parece no tener fin entre tanta burocracia que nos cuesta tanto, y un fracaso que se consolida.
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Nada, sólo su muerte física, detuvo a doña Genoveva en la búsqueda incesante de su hijo Israel.
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Ahí estuvo las tantas veces en las manifestaciones o en las mesas de trabajo para exigir que el gobierno de ayer y de ahora siga buscando a los desaparecidos de Ayotzinapa.
Fueron diez años de gritar y pedir el regreso de su hijo Israel.
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En el camino de su lucha que hoy se ha convertido en un símbolo de resistencia contra la impunidad, doña Genoveva se sumó al deceso de otros siete padres que tampoco verán el final, si es que hay alguno, de su lucha para que sus hijos aparezcan.
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Como todos los padres, doña Genoveva se entregó totalmente a la búsqueda de su hijo. Su mayor motivación para no rendirse era precisamente poder ver a su hijo de nuevo y por supuesto que nunca perdió la esperanza de volver abrazarlo.
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Las madres nunca se rinden. Nunca se cansan ni se quejan si se trata de buscar al hijo que de pronto dejó de llegar a la casa, a la escuela o al trabajo sin ninguna explicación.
Sin pedirlo, sin quererlo, doña Genoveva se volvió una heroína de carne y hueso. Con sus hermanos de lucha, mostró el carácter y la determinación que ha hecho posible que el caso de los desaparecidos de Ayotzinapa no sea cerrado por el gobierno y se mantenga abierto el expediente para saber la verdad.
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¡Vivos se los llevaron, Vivos los queremos!, sigue siendo la proclama que doña Genoveva nunca dejó de gritar en esas marchas interminables bajo el sol quemante.
Hasta el día que falleció su grito fue más fuerte: los medios replicaron su deceso y reivindicaron su lucha por encontrar a los jóvenes de Ayotzinapa, y en particular a su hijo. No es nada fácil competir, sin proponérselo, claro, contra un artista que ha fallecido en los mismos días y que acapara la atención mediática, la del espectáculo.
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En la mayoría de las imágenes que usaron los medios para reportar la noticia de su deceso, doña Genoveva Sánchez aparece, infatigable, cargando la fotografía de su hijo Israel.
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Doña Genoveva era una mujer valiente. Tenía esa fuerza que derriba todo y que solo emana de los corazones de las madres.
Madres buscadoras como doña Genoveva tienen dos corazones. Por eso resisten, se paran las veces que sea necesarias cuando se caen. Soportan desvelos, indiferencia, ataques, difamaciones, pero permanecen de pies, dignas valientes.
Así sigue doña Genoveva. Esa es la imagen con la que nos quedamos de su amorosa lucha por encontrar a su hijo Israel.


