Futuro, afectos y esperanza
Por Andrea Belén Rendón / @andreabelenroc (IG)
El mundo se está acabando. No lo digo como una aseveración de esas que resurgen cada cierta cantidad de años en forma de invasiones alienígenas o plagas presagiadas por la Biblia o por Los Simpson. Tampoco lo digo como un lamento que viene de la melancolía y la nostalgia por el mundo en el que crecí que es muy distinto al de ahora (pero sí pongan las fotos horizontales de moda otra vez).
El mundo se está acabando, todos los días, de maneras diferentes. Y lo digo como una forma de comprender la complejidad de los futuros que nos acechan (más presentes que nunca) e invitar a la imaginación colectiva.
¿Cómo repensar el fin del mundo?
En 1986, la escritora Ursula K. Le Guin publicó por primera vez La teoría de la bolsa como origen de la ficción, un texto en el que reflexiona en torno a alternativas a los tropos clásicos en la ciencia ficción como género literario. Le Guin explica cómo, a partir de la evolución de los homínidos, todas las historias fueron puestas a la disposición del relato del héroe que cazaba su comida. A pesar de que la mayoría de las personas prehistóricas destinaban sus actividades a la recolección, no a la caza, la idea de cortar semillas, una tras otra, no se comparaba en absoluto con la adrenalina y la emoción de disparar una “certera flecha directa del ojo al cerebro de la bestia”, como lo enuncia la autora.
Este relato ha perdurado por años en todos los géneros de ficción. Las películas más taquilleras de Hollywood, los títulos más vendidos en las librerías y las series con mayor audiencia en plataformas. Todo en nombre del héroe1. Entonces, si toda historia ha propuesto la misma trama por cientos de años, ¿qué otra cosa podemos decir? Le Guin nos dice que hay que voltear a ver lo evidente, lo que siempre estuvo ahí, disfrazado de obviedad: la bolsa de recolección.
“Lo hemos oído, todos hemos oído de los palos y las lanzas y las espadas, las cosas para atizar y para pinchar y para golpear, las cosas largas, duras, pero todavía no hemos oído de la cosa que sirve para poner cosas dentro, el contenedor para el contenido. Esto es un nuevo relato. Esto es algo nuevo.”
Muy lejos de la herida y la sangre del animal agonizando, muy lejos del asesinato que sella el dominio del hombre sobre otros seres vivos, muy lejos del pedestal para el héroe y del conflicto para avanzar. Cerca del cuidado y la paciencia, del alimento y la vida. Esto es algo distinto, esto es algo nuevo.
Ahora, si esta perspectiva nos alumbra otras posibilidades de pensar historias de ciencia ficción (escudriñar qué hay en la bolsa), yo pienso: entre los temas más populares del género se encuentra la especulación en torno al fin del mundo. Siguiendo esta lógica, ¿qué contendría esa historia sobre el fin del mundo? ¿Qué habría dentro del fin del mundo? El año pasado encontré una respuesta bellísima de parte de Andrea Chapela.
Sobre Todos los fines del mundo
Descubrí a Andrea Chapela hace un buen tiempo. Estaba en la FIL de Guadalajara buscando libros en un estante de escritoras latinoamericanas cuando leí Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio en la portada de un tomo. El Ángel de la Independencia ahogándose, consumido por las olas, una Ciudad de México bajo el agua. Me pareció sumamente potente. Lo compré sin detenerme mucho en el resumen de la contraportada. Siempre trato de leer algo que suavice el corazón para aliviar lo que me satura la mente y este parecía una gran opción para hacer eso.
En el texto la autora presenta 10 relatos sobre una ciudad que no existe, armada de los vestigios de edificios emblemáticos y canales de agua, algoritmos recalculando constantemente nuestros movimientos y relaciones afectivas atravesadas por frecuencias. En cuanto lo terminé le escribí a la autora para decirle que su libro me había encantado, que sentí algo que me pasa muy pocas veces cuando leo ciencia ficción: entender que la tecnología y lo fantástico es un vehículo para hablar sobre aquello que nos resulta más ordinario y común. Es decir, lo más elemental y poderoso de las relaciones humanas.
Le seguí la pista por años y cuando anunció que su próximo libro sería una novela de ciencia ficción me apresuré a comprarlo para leerlo lo más pronto posible. En Todos los fines del mundo descubrí a Andrea Chapela metida a fondo en la bolsa de recolección de la que habla Ursula K. Le Guin. Buscando y enredándose en esa maraña de la complejidad humana. Para mí lo hace brillante de dos formas: primero al colocar el conflicto central en la incertidumbre alrededor de las relaciones, y segundo con el mito de la tecnología y el futuro situado en el presente.
El libro nos plantea la historia de Angélica, una chica mexicana que migró a Madrid para realizar estudios en teatro. Este Madrid, a sólo unos cuantos años del presente, enfrenta una crisis climática que limita la interacción social, al menos como la conocemos ahora, debido a las altas temperaturas. Las consecuencias del calentamiento global nos arrebatarán muchas más cosas de las que creemos. En Madrid, Angélica conoce a Manu y Susana, con quienes entabla una relación de complicidad, cariño, lealtad y ternura, que ella misma no sabe cómo definir.
Estas relaciones son el tema central del libro. La búsqueda constante, casi obsesiva, por definir y nombrar esas relaciones. Una búsqueda que muchas veces se implanta a partir del modelo hegemónico de las relaciones humanas, que para la mayoría de personas en occidente es conocido como el amor romántico.
La preguntas siempre son: ¿son amigos o son pareja? ¿Qué diferencia hay entre amistad y amor? Para definir estas diferencias, ¿todo se reduce a la relación sexual exclusiva? ¿A la cantidad de personas en la relación? Entonces, ¿las relaciones siempre son sólo de 2 personas? ¿Qué pasa cuando no es así? Si usamos el tiempo como indicador, ¿sólo hay relaciones “temporales” y relaciones “formales”? ¿Cuándo se considera que algo es “temporal”? ¿Una relación formal es más especial porque asume que se trata de un compromiso a largo plazo que se hace evidente en una casa e hijxs? ¿Una relación corta tiene menos valor, entonces? Todas estas preguntas, ¿importan cuando se trata de construir y sostener relaciones que implican tanto de nosotros? Como dije, la maraña de la bolsa de recolección es compleja y Andrea Chapela usa todo el espacio para moverse. La historia de Ángelica oscila en la línea entre lo que resulta familiar y lo que nos invita, a lxs personajes y a lxs lectores, a la exploración de nuestros lazos afectivos. Sentirnos más, pensarnos menos.
“Tú debes saber que hay formas de querer a varias personas a la vez, en varios tiempos verbales, porque todo el cariño que hemos sentido de superpone.”
Mi segundo comentario es sobre el futuro como un lugar que habitamos y actualizamos en el presente. Sé que, por definición, el futuro nunca puede ser hoy, sino mañana, siempre. Pero me parece que “el futuro” como promesa de progreso o catástrofe (casi siempre paralelas en muchos relatos de ciencia ficción) titubea en Todos los fines del mundo, porque se convierte en aquello que no alcanzamos a ver, lo que está detrás de una densa neblina.
No es novedad afirmar que a muchos jóvenes nos cuesta pensar un futuro remotamente cercano al que vieron generaciones pasadas. El sueño de la casa propia, el trabajo estable con aumentos progresivos y la posibilidad de viajar por el mundo2 se convierte en una ilusión cuando volteamos a ver la precarización del empleo (particularmente aquellos relacionados con las industrias creativas y las ciencias sociales), la especulación inmobiliaria que hace prácticamente imposible acceder a una vivienda digna, la disputa por los derechos humanos en un contexto que se posiciona la ultraderecha como una opción “necesaria” para la crisis política actual, más un largo etcétera que pareciera interminable.
¿Y si el futuro desapareció porque no lo podemos imaginar? ¿Y si nos arrebataron la posibilidad de pensar en el futuro?3 ¿Y si la promesa no existe porque la crisis ya sucedió? ¿El futuro nos alcanzó? Cuando Angélica, la protagonista de esta historia, se muda a Madrid debido a la inminente crisis climática, para posteriormente regresar a México se encuentra con que el mundo terminó y que todo lo que ella pensaba que sucedería después, en realidad pasa hoy. No tiene certezas. La protagonista se cuestiona ¿qué hago cuando el fin del mundo ya está aquí? ¿A dónde voy? ¿Qué me queda? ¿Qué nos queda?
“… ¿qué otro futuro podía haber en un mundo que se estaba muriendo? ¿Qué poder teníamos nosotros para detenerlo, para cambiarlo?”
Al final, pienso que esta historia se convierte en una reflexión sobre la esperanza. Sobre la incertidumbre de un futuro que se nos planta de frente y cómo nuestros sueños encuentran espacio para crecer en los afectos. La bolsa de recolección del fin del mundo que encontré no tiene héroes intocables con travesías épicas de muerte y destrucción. La bolsa de recolección de Andrea Chapela ayuda a repensar la ciencia ficción como vehículo para hablar sobre las relaciones y la imaginación ante la desesperanza. Pensar en procesos continuados, reflexión colectiva, la complejidad de los afectos y el amor como una forma de resistir al aterrador presente.
“¿Qué nos queda en la soledad del fin del mundo más que quererse?”.
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(1) Siempre hombre, dicho sea de paso.
(2)La mayoría de las veces que dicen esto en realidad sólo se refieren a Europa occidental, pero se entiende la idea.
(3) Michel Nieva tiene un ensayo buenísimo sobre este tema. Creo que nunca recomiendo Ciencia ficción capitalista: Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo lo suficiente, pero lo hago ahora con toda la emoción de platicar sobre este tema con más personas.
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Este texto se publicó originalmente en el blog de la autora en SubStack: https://andreabelenroc.substack.com/p/futuro-afectos-y-esperanza?utm_campaign=post&utm_medium=web&triedRedirect=true


