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Por Liliana Robledo / Maroma Observatorio de Niñeces, Adolescencias y Juventudes
En los últimos meses, y hace unos días en San Francisco del Rincón, Guanajuato, en Acapulco Guerrero, los espacios públicos que habitan niñas, niños y adolescentes como parte de su vida, han sido lugares de batallas, de ataques armados. Ellas y ellos han salido afectados emocionalmente, con heridas o incluso han perdido la vida. Empieza la violencia en las zonas urbanas a dejar cicatrices. Las expresiones de las violencias están colonizando los parques, a las calles, los terrenos de juego, los sitios para expandir la imaginación. Hemos normalizado que nuestras niñeces crezcan en las pantallas, encerradas en nuestras casas por miedo a que salgan y a que “pase algo” en estas cartografías del miedo que habitamos.
¿Qué implica que en las memorias del juego de las niñeces y las adolescencias estén habitadas por huellas de muertes recurrentes, con sonidos de detonaciones, sirenas? ¿Qué implica que nuestro contexto nos crie desde el miedo como parte de la vida? En algunas regiones de México las niñeces y las adolescencias deberían vivir para jugar. El juego y los terrenos de juego deben adquirir un carácter político de problematización, de cuestionamiento. Necesitamos documentar, unirnos como colectivos, activistas, académicos, docentes, cuidadorxs, acompañantxs para defender el derecho a vivir la vida jugando, a materializar los sueños para futuros esperanzadores donde la dignidad y la prioridad de las políticas públicas sea para promover. Jugar es una forma de re-existir: de imaginar otras formas de convivencia, es un espacio-tiempo-acción que permite crear, transformar y encontrar las identificaciones en esta vida.
Niñas, niños y adolescentes tienen derecho a jugar, a esparcirse, a habitar la vida y a jugar. Cuando las ciudades, los barrios, los pueblos, las comunidades, las calles y los parques se vuelven hostiles irrumpen los juegos, los juguetes, las posibilidades para imaginar y para reinventarnos en esta vida. Construir memorias de juego, movernos libremente y aprender a coexistir en comunidades a la hora de jugar es fundamental para la existencia, para la sensibilización y para la dignidad; tanto como suele ser el acceso a alimentos y a atención médica. Jugar y crecer como memorias de juego cada día sintoniza más con la idea de leerlo como un privilegio al cual no todxs podemos acceder. ¿Cómo podemos construir libertades cuando las expresiones de violencias se ha instalado en los terrenos de juego, en los espacios que nos permiten construir sentidos de amistad, de pertenencia y de cotorreo?
La violencia que se expresa en nuestro país resignifica los espacios como entornos donde da la sensación de miedo, donde queda la huella de la muerte. La vida pública restringen las movilidades, las libertades de esparcimiento, los encuentro, la vida con este toque “comunitario” que nos deja “la hora de jugar”.
Debemos reconocer la labor activa que realiza la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM) porque para abordar las dimensiones de riesgo que acompañan la vida de niñeces, involucran la participación de niñas, niños, adolescentes. Su equipo siempre se ha preocupado por documentar las huellas que las violencias dejan en las vidas de niñeces y adolescencias. En sus informes anuales, la organización advierte los riesgos que padecen: homicidios, desapariciones, trata. Los datos que nos presentan son una pista para indagar. Necesitamos que se explore de manera más detallada cómo podemos comunicar los padecimientos emocionales, las huellas, los daños que los Estados de país que están en alerta. ¿Cómo sensibilizamos en un mundo de guerras de distintas dimensiones, de indiferencias y de expresiones inmediatas de la información?
Considero que documentar historias, padecimientos, situaciones, noticias y los agridulces que coexisten entre niñeces y adolescencias es clave para quienes estamos como adultxs acompañando y manifestando. Necesitamos redes que nos escuchen, que nos cuiden, que nos movilicen a buscar, a pensar en formas de re-existencia y difundir aquellos espacios en los que se manifiestan los dolores. Construir redes en torno al juego es clave. Sugiero que aprendamos a leer cómo cada día hay más canchas vacías en el Occidente de México en donde habito. Que los juegos callejeros ya no siempre pueden ser porque su práctica puede conllevar huellas de violencias en la memoria colectiva. Que, como dice Samanta de Michoacán, que “por miedo a que le pase algo a su hijo de 8 años en la calle prefiero que se quede jugando en el celular en la casa”. ¿Qué implica saber que en los parques de nuestra memoria como niñxs, en los que solíamos reunirnos para jugar, ahora son espacios abandonados?
En mi labor como activista, madre e investigadora puse una pausa a la escritura para encontrar un poco de calma. La noticia de 8 niñxs heridos por bala en Guanajuato y otras tantas, me hicieron revivir mis ganas por manifestarme, la necesidad de volver a mi espacio seguro: el cobijo que ZonaDocs ha sido en mi trayectoria y para quienes hacemos activísimo y solemos comunicar con la escritura nuestras andanzas y los padecimientos que nos generan las tragedias vinculadas a las expresiones de violencias. Reconozco que jugar es la forma más bella de habitar esta vida y vale completamente el esfuerzo de manifestar que las plazas, los parques, las maquinitas, las canchas, las banquetas, los senderos deben regresar a ser lugares de encuentro, no zonas de riesgo.
Personas que lean este breve manifiesto y que estén en el ámbito gubernamental: necesitamos las condiciones de seguridad y las políticas públicas para que se garantice la vida, se resignifiquen los sentidos del espacios públicos para niñas, niños y adolescentes. Tenemos derecho a tener pertenencia.
¡Que las ciudades no olviden a nuestrxs niñxs!
¡La hora de jugar es para construir identidades y sentidos de comunidad!
¡Que jugar no nos cueste la vida!
¡Las niñeces vinieron a esta vida para jugarla!
¡Las calles y los parques se hicieron para habitarlos!
Compañerxs activistas: no olviden defender el juego: es nuestra arma de resistencia en esta coyuntura incierta de la vida. Sigamos jugando para resignificar los miedos.
Nombrar el padecimiento, exigir el derecho
Escribir sobre la infancia en contextos de violencia implica un riesgo: reducirla a cifras, convertir el dolor en estadística. Pero también implica una responsabilidad: nombrar lo que ocurre, visibilizar las vulneraciones y exigir transformaciones estructurales.
El derecho al juego, lejos de ser un lujo, es un indicador del estado de una sociedad. Allí donde las niñas y los niños pueden jugar libremente en el espacio público, se presume la existencia de condiciones mínimas de seguridad, confianza y cohesión social. Allí donde el juego se repliega a espacios cerrados —o desaparece—, se evidencia una fractura profunda.
Recuperar la ciudad para la infancia es un acto político. Significa replantear prioridades presupuestales, fortalecer políticas de prevención de la violencia, diseñar espacios seguros y, sobre todo, escuchar a quienes históricamente han sido silenciados en la toma de decisiones: niñas, niños y adolescentes.
Tonucci insiste en que la infancia no es el futuro, sino el presente. No podemos seguir posponiendo sus derechos bajo la promesa de un mañana mejor. Cada parque vacío por miedo, cada cancha abandonada, cada trayecto escolar atravesado por la amenaza armada es una evidencia de que hemos fallado como sociedad.
Si el juego es el lenguaje natural de la infancia, las balas son su negación más brutal. Entre uno y otro se juega —literalmente— el tipo de país que estamos construyendo.
Defender el derecho al juego en medio de la violencia armada es afirmar que la vida de niñas, niños y adolescentes importa. Es exigir que los espacios públicos vuelvan a ser territorios de encuentro y no escenarios de ataque. Es recordar que una sociedad que no garantiza a su infancia la posibilidad de jugar en paz está comprometiendo su propio horizonte democrático.
Quizá la pregunta más incómoda no sea cuántos derechos se han vulnerado, sino qué ciudad estamos dispuestos a construir. Una ciudad que normaliza el miedo o una que, como propone Tonucci, se atreve a ponerse a la altura de sus niñas y niños.
Porque cuando las balas callan las risas, no solo se silencia la infancia: se empobrece la humanidad.


