El domingo, una serie de bloqueos, incendios de vehículos y cierres preventivos paralizó la Zona Metropolitana de Guadalajara. La activación del “código rojo”, la suspensión del transporte público y el cierre de comercios modificaron de forma abrupta la vida cotidiana.
Esta crónica reconstruye esa jornada desde el trayecto de Shack, estudiante y trabajadora del centro de la ciudad, quien salió rumbo a su turno de trabajo y terminó viviendo el repliegue de una ciudad marcada por el miedo.
Por Aletse Torres Flores / @aletse1799
Shack trabaja en una cafetería del centro de Guadalajara. El domingo por la mañana salió de casa con la rutina aprendida: llegar al macrobús, bajarse en San Juan de Dios y caminar hacia su turno. Sus papás la acercaron en el coche porque tenían que ir hacia Miravalle y el trayecto le quedaba de paso. No había nada, en apariencia, que anunciara que ese día iba a desbordarse.
El primer indicio fue la estación. Al llegar, notó que había muy poca gente para ser domingo. Pensó que podía explicarse: no había servicio exprés, solo parador. Pero algo no cuadraba. No había camiones, ni alimentadoras, ni el flujo habitual de personas que salen de Tlajomulco hacia la ciudad. La estación no estaba cerrada, pero se sentía vacía por dentro y extrañamente concurrida por fuera. “Está raro”, pensó.
Antes de bajar del coche, su mamá revisó el teléfono y lo dijo casi al pasar: había narcobloqueos en la ciudad. Shack lo dudó. Pensó en carreteras, en zonas periféricas. No era la primera vez que escuchaba de hechos violentos; había crecido cerca de esos “rumbos” y, como muchas personas, había aprendido a normalizar la violencia cuando parecía ocurrir lejos del centro.
Por eso, al principio, intentó tranquilizarse. Pensó que sería algo contenido, que no alcanzaría la ciudad. Pero cuando su mamá mencionó San Juan de Dios, el centro mismo, el trayecto dejó de ser automático. Bajó del coche desconcertada, tratando de leer el entorno.
En comunicados emitidos horas después, la Fiscalía del Estado de Jalisco confirmó que uno de los primeros puntos con afectaciones dentro de la ciudad se localizó en zonas cercanas al oriente del centro histórico, donde se reportaron cierres viales y presencia policial reforzada, incluyendo el perímetro de San Juan de Dios, debido a riesgos para la movilidad y la seguridad de civiles.
Apenas descendió, vio pasar una tras otra camionetas con sirenas encendidas, circulando a toda velocidad por la línea del macrobús rumbo al centro. No supo si eran judiciales, militares o de otra corporación. Solo supo que eran muchas y que iban rápido. Cuando intentó entrar a la estación, no la dejaron pasar. No hubo explicación clara. Solo cierre.
Ahí se bloqueó. Minutos antes había decidido seguir adelante, intentando llegar al trabajo, convencida de que tal vez exageraba. La violencia, pensó, estaba lejos. Los memes que circularon después – “mi primer culiacanazo”, “mi primer jalisconazo” – le parecieron ajenos: para ella no era la primera vez que algo así ocurría, aunque nunca tan cerca del centro.
Ese mismo día, el Gobierno de Jalisco informó la activación de un “código rojo” en distintos municipios del estado, lo que implicó cierres preventivos, suspensión de actividades y despliegue de fuerzas estatales y federales en puntos estratégicos de la Zona Metropolitana de Guadalajara. La medida buscó inhibir riesgos a la población civil ante la multiplicación de bloqueos e incendios de vehículos.
La ciudad que se repliega
Con el paso de los minutos, el entorno cambió de forma visible. Tiendas cerrando de golpe. Oxxos bajando cortinas. Una tienda Soriana apagando luces. En la colonia donde se refugió más tarde con su familia, los vecinos comenzaron a encerrarse. Personas mayores que solían sentarse afuera metieron sillas y mesas, cerraron patios, cubrieron accesos. Donde antes había casas abiertas, empezó a levantarse una barrera improvisada contra la calle.
El transporte público desapareció. No había camiones, no había rutas alternas. Apenas algunos taxis del sitio eran detenidos por personas desesperadas por llegar a casa. Shack no pudo continuar hacia el centro ni regresar por su cuenta. Tuvo la fortuna de que su familia estaba cerca y pudo resguardarse en casa de un tío.
Desde ahí comenzaron a llegar los audios. Mensajes que anunciaban horarios de ataques, amenazas de asesinatos masivos, versiones que se corregían solas minutos después. “A las dos”, “a las tres”, “ya no”, “siempre sí”. El pánico se propagaba más rápido que cualquier información confirmada.
El propio Gobierno de Jalisco reconoció, a través de comunicados y publicaciones oficiales, la circulación de información falsa y contenidos generados con inteligencia artificial, por lo que pidió a la población informarse únicamente por canales institucionales. Sin embargo, los primeros comunicados formales se emitieron varias horas después del inicio de los bloqueos.
Decidieron moverse de nuevo porque su hermano se había quedado solo en casa y empezaron a circular reportes de bloqueos en Tlajomulco. Aunque fueron pocos, los antecedentes pesaban: balaceras previas, violencia conocida. La decisión de salir fue tensa. No estaban lejos, pero el simple acto de abrir la puerta se sintió peligroso.
Salir a la calle como si no se pudiera hacer ruido
Shack describe ese momento como caminar de puntillas. Mirar a ambos lados, escuchar cada sonido, asegurarse de que no se acercara ningún coche ni ninguna moto. El miedo no era abstracto: era corporal. Sentía que cualquier movimiento podía llamar la atención equivocada, de policías o de personas armadas.
La calle estaba casi vacía. La única gente visible era la que había sido obligada a salir de sus trabajos o la que no había encontrado cómo regresar a casa. En el trayecto vio adultos mayores caminando sin rumbo claro, trabajadoras de un motel que cerró de golpe, empleados de taquerías y comercios tratando de decidir hacia dónde ir. El recorrido que normalmente toma media hora se hizo en quince minutos. No había tráfico. No había ciudad.
En municipios como Tlajomulco de Zúñiga, por donde Shack intentaba desplazarse, autoridades estatales confirmaron bloqueos y quema de vehículos en vialidades como Adolf B. Horn, López Mateos Sur y accesos a fraccionamientos, lo que dejó a cientos de personas sin posibilidad inmediata de retorno a sus hogares.
La información oficial no llegó como aviso, sino como búsqueda activa. Shack refrescaba páginas, prendía la televisión, revisaba comunicados. Escuchó términos que no eran claros, palabras que tuvo que buscar para entender qué significaban realmente. Incluso dentro de la familia hubo confusión sobre lo que se estaba diciendo y lo que en verdad había ocurrido.
Mientras tanto, decidió ignorar los grupos de WhatsApp. Sabía que ahí el pánico se amplificaba. Prefirió buscar directamente en medios y cuentas oficiales, aunque lo que encontraba le parecía insuficiente: comunicados tardíos, mensajes que no decían nada nuevo, aclaraciones que llegaban cuando la gente ya estaba resguardada.
El impacto emocional que no se ve en los bloqueos
El día fue una escalera emocional. Primero enojo: por la violencia, por la normalización, por la sensación de abandono. Luego miedo. Después ansiedad. Shack reconoce que este tipo de noticias le afectan profundamente. Aun así, hizo lo que pudo: grabó cómo estaban las calles, avisó a amistades que estaba bien, compartió números de emergencia, pidió silencio en chats para frenar el pánico.
Al llegar a casa, el cuerpo ya no respondió. Pasó el día en la cama, paralizada ante la posibilidad de que todo empeorara. Canceló el trabajo, canceló planes, canceló un concierto. Prefirió perder el boleto. Las clases también fueron suspendidas. La consigna fue clara: no salir.
En su casa activaron protocolos que ya conocían: quedarse dentro, evaluar cada salida, moverse solo si era estrictamente necesario. Incluso con la aparente calma, la noche trajo más reportes de incendios y detenciones. El miedo cambió de forma: ahora también era temor a ser confundidos, a que salir, vestirse de cierta manera, usar gorra, pudiera convertirse en un riesgo.
Lo más difícil, dice, fue el regreso a casa distinto. Llegar rápido, en silencio, alerta. También el conflicto interno entre documentar y protegerse. Grabó el video, y su papá le preguntó por qué lo hacía. No era un reclamo, era miedo: miedo de que grabar los volviera visibles. Para Shack, registrar también era una forma de dejar constancia, de no dejar que todo se perdiera en el ruido.
La respuesta institucional y la sensación de vacío
Desde su experiencia, la respuesta institucional fue deficiente. Sintió que el gobierno tardó en informar, que los comunicados no explicaban lo que ya estaba ocurriendo en la calle. Le molestó especialmente ver publicaciones oficiales desmintiendo imágenes sin ofrecer información clara a cambio. “No crean esto”, decían, pero sin decir qué sí estaba pasando.
Mientras tanto, otros medios ofrecían explicaciones más comprensibles. La sensación fue de vacío: de estar viviendo algo grave sin una narrativa institucional que ayudara a entenderlo.
Una normalidad que no regresa igual
Hoy, Shack no siente que la normalidad haya vuelto. Ya habló en su trabajo para modificar horarios: no quiere salir de noche. Percibe un escenario que le resulta familiar, parecido al de su infancia, cuando la violencia marcaba horarios, recorridos y silencios. Lo que más le inquieta no es solo la violencia, sino la imposibilidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso en medio del caos informativo.
Por ahora, su forma de cuidarse es quedarse en casa. Esperar. Agradece haber llegado a salvo, no haber estado en el centro cuando todo estalló, haber tenido dónde refugiarse. Pero la tranquilidad que vino después también le da miedo. Sabe que es frágil, que puede romperse en cualquier momento y que, mientras tanto, la ciudad sigue aprendiendo a vivir con el sobresalto.



Me da tristeza de ver todo ésto lo que uno vivió de jóvenes de chicos sin miedo sin temor yo amo mi ciudad mi México pero esto todo ésto es de uno como siudadano el gobierno de abrazitos y besitos no balazos