Lo que comenzó como una jornada deportiva terminó en una ciudad cerrada. El domingo 22 de febrero, Guadalajara suspendió su movilidad entre bloqueos, estaciones del tren ligero clausuradas y comercios cerrando, mientras las calles se vaciaban. Al terminar el “Medio Maratón de Guadalajara”, Susana encontró su teléfono lleno de llamadas de familiares que intentaban localizarla. Esta crónica narra su intento por regresar a casa en una ciudad sin transporte y sin rutas claras.
Por Aletse Torres Flores / @aletse1799
El domingo 22 de febrero, Guadalajara despertó antes de lo habitual. Desde las 6:30 de la mañana comenzaron a salir los primeros bloques del Medio Maratón de Guadalajara y, para las 6:50, cuando partió el contingente recreativo, la ciudad ya estaba tomada por corredores, familias y voluntarios.
Las calles cerradas, la música a bajo volumen, los estiramientos sobre la banqueta y el murmullo previo a la salida formaban parte de un paisaje conocido, casi ritual. Era un domingo de ciudad abierta, aunque varias avenidas estuvieran cerradas al tránsito.
En distintos puntos del recorrido, la Minerva, Vallarta, Chapultepec, la movilidad se reconfiguró como cada año: cierres viales programados, rutas alternas, presencia de tránsito y protección civil. Todo funcionaba dentro de lo esperado. Nada indicaba que, unas horas después, esa misma ciudad entraría en una dinámica completamente distinta.
Susana estaba ahí. Tiene 48 años, es mamá de dos hijos y corre desde hace tiempo. Sus hijos le dicen “Susy”. Para ellos, ese domingo salió de casa como tantas otras veces: tenis, ropa deportiva, una carrera más. Nadie imaginaba que no volvería a casa al terminar la competencia, al menos no de la manera habitual.
“Yo estaba en el medio maratón, es un evento que se hace año con año”, recuerda. “Me encontraba corriendo, allá por la zona de la Minerva. Todo estaba normal”.
Durante la carrera no percibió nada fuera de lo común. Los cierres viales eran los de siempre, el ambiente era el de cualquier edición del maratón y la ciudad parecía acompañar. “Mientras yo estaba corriendo, todo fue normal. En la meta, normal. No hubo ningún cambio, ni cuenta nos habíamos dado de nada”.
La ruptura vino después. Al terminar, comenzó el regreso. Caminó desde la Minerva rumbo al centro con la intención de llegar al Parque Rojo para tomar el tren ligero. El trayecto era conocido, casi automático. Pero mientras avanzaba, el día empezó a torcerse.
“Me empecé a dar cuenta por las redes sociales”, dice.
“Pero fue ya al terminar el medio maratón, cuando empecé a caminar. La información no era clara. Empezaron a llegar muchos mensajes por diferentes medios, pero todavía no veíamos todo lo que había pasado”.
Los mensajes se acumulaban sin orden: audios, capturas, alertas contradictorias. Mientras tanto, sus hijos comenzaron a buscarla. Llamadas, mensajes insistentes, la necesidad de saber dónde estaba y si estaba bien.
“Mis familiares me empezaron a hablar, a buscar. Y no había mucha información”.
Al llegar a la zona del tren ligero, la incertidumbre se volvió concreta. No pudo subir a ninguna estación. Juárez, el centro y accesos cercanos estaban cerrados. El sistema de transporte, que suele ser la columna vertebral de la movilidad diaria de miles de personas, dejó de operar en varios tramos sin previo aviso visible para las personas usuarias.
“Llegamos al tren y estaba cerrado, todo colapsado”.
El cierre del tren ligero y de otras rutas de transporte ocurrió en el contexto de los bloqueos y la quema de vehículos registrados ese mismo día en distintos puntos de Jalisco, incluidos accesos a la Zona Metropolitana de Guadalajara. De acuerdo con información oficial difundida horas después, estas acciones derivaron en cierres preventivos y suspensión de servicios para reducir riesgos a la población.
El impacto fue inmediato. Miles de personas quedaron varadas en distintos puntos de la ciudad, sin rutas claras para regresar a casa. Al mismo tiempo, comercios comenzaron a bajar cortinas. Restaurantes, tiendas y locales del centro cerraron. La ciudad empezó a replegarse.
“La gente ya no caminaba, corría”, recuerda Susana. “Nadie te decía nada. Solo veías a la gente corriendo, todo cerrado. Empezaron a cerrar todos los negocios”.
No hubo información oficial directa en ese momento. “No, o sea, solo las redes sociales”, dice. Y eso marcó la experiencia. La falta de anuncios claros, de orientación sobre qué hacer o a dónde ir, convirtió la confusión en miedo.
“La situación sí te afecta, porque te sientes insegura, no sabes ni qué hacer ni a dónde ir. No podía tomar ninguna estación del tren”.
Susana permaneció alrededor de dos horas esperando, sin transporte y sin opciones claras para desplazarse. Finalmente, su hermano logró llegar por ella, y pudo regresar a casa junto con su hijo mayor. No fue un trayecto planeado, sino una solución improvisada en medio del colapso de la movilidad.
Caminar por una ciudad que se vaciaba, sin transporte y sin rutas claras, transformó por completo el día. Lo que había empezado como una jornada deportiva terminó siendo un desplazamiento forzado.
“No había medio de transporte para regresar a casa”, explica. “No había movilidad, no había nada”.
El impacto no fue solo personal. Mientras avanzaba, Susana pensaba en la ciudad y en quienes no eran de ahí. En las personas que habían llegado de otros estados para correr, en familias que no conocían las rutas, en quienes dependían totalmente del transporte público.
“A nivel nacional es muy difícil”, dice.
“Es una desilusión que en una fecha donde viene gente de muchísimos lados, en un evento así, se haya vivido esta mala experiencia, esta inseguridad que estamos viviendo aquí en Jalisco”.
Conforme entendía la magnitud de lo ocurrido, bloqueos, cierres, incendios, suspensión de servicios, la tristeza se impuso.
“Me generó mucha tristeza”, repite. “No lo podía creer. Mientras iba caminando me empecé a dar cuenta de todo lo que realmente estaba pasando”.
Después de ese día, algo cambió:
“Me quedo con la inseguridad que tenemos aquí en Guadalajara. A veces ya no puedes ni salir a hacer lo que te gusta sin pensar que puede iniciar un desastre como el que se presentó”.
Lo resume con una frase que condensa el desgaste físico y emocional de la jornada:
“Después de haber corrido un medio maratón, tuve que correr otra vez. Correr hacia mi casa”.
No es una metáfora. Sin tren, sin camiones, sin alternativas visibles, tuvo que resolver cómo resguardarse. “Imagínate: correr 21 kilómetros y luego tienes que buscar cómo volver porque no hay transporte. No hay movilidad, no hay nada”.
Reconoce que no hubo personas lesionadas y que eso importa. “Gracias a Dios no pasó nada mayor”, dice. “Pero el susto ahí queda. Ver cómo la gente corría, cómo se resguardaba… es triste”.
Triste, insiste, confirmar cómo la violencia alcanza incluso los espacios pensados para el encuentro, la celebración y la comunidad. Ese domingo, mientras algunos cruzaban la meta con los brazos en alto, otros esperaban durante horas para poder volver a casa en una ciudad que, por momentos, dejó de funcionar.


