Abatidos

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Como casi todas las personas, empecé a seguir los hechos del pasado 22 de febrero desde el celular. Poco a poco, pero a gran velocidad, comenzaron a aparecer reportes y fotos y videos: autos quemados, tráileres en llamas, tiroteos, gente con armas de grueso calibre, poncha llantas de acero. A lo lejos escuché lo que según yo fueron balazos, un auto ardía cerca de la casa. Por episodios anteriores era fácil deducir que habían atrapado a un integrante del Cártel Jalisco Nueva Generación, pero cuando vi la imagen tuvo sentido la magnitud de la reacción: «Abaten a Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder de CJNG, en operativo federal», decía la nota de Milenio. Los posteos se multiplicaron —lo mismo que los mensajes de WhatsApp— y con ellos el miedo, la aprehensión y la incertidumbre.

El verbo abatir fue el más utilizado en los titulares de los medios de comunicación. Casi me atrevo a afirmar que el único: los y las redactoras prefirieron usar “Abaten a ‘El Mencho’” antes que “Matan a ‘El Mencho’ en operativo” o “Muere ‘El Mencho’ durante operativo” o el menos explícito “Pierde la vida ‘El Mencho’ a manos del Ejército”, etcétera. En su cuenta de LaRedAntesConocidaComoTwitter, la escritora Alma Delia Murillo escribió: «Ahora bien, lo del verbo ‘abatir’ y su imprecisión, su fealdad y su epidemia en las redacciones de los medios. Con todo respeto, no hagan eso, gente».

Fui a los diccionarios para ver cómo definen el verbo abatir y su adjetivo, abatido. Según el Diccionario de uso del español, de María Moliner, abatir significa “hacer bajar algo que estaba izado; bajar, derribar o derruir; descender una cosa que está en el aire”, mientras que define abatido como “adjetivo de abatir; humilde, despreciable, despreciado”.

Por su parte, el Diccionario del español de México, de El Colegio de México, define abatir como “hacer que caiga al suelo sin que luego pueda levantarse o elevarse; hacer que baje o descienda una cosa; hacer alguna situación que una persona pierda el ánimo y se sienta derrotada”, y abatido como “que se siente derrotado, sin ánimo, muy triste y desalentado”. Sólo el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española, tiene una acepción relacionada con la muerte: “Hacer caer sin vida a una persona o a un animal”. Pero no es su primera acepción para abatir, sino la cuarta. Antes de esa ofrece “Derribar algo, derrocarlo, echarlo por tierra; Hacer que algo caiga o descienda; Inclinar, tumbar, poner tendido lo que estaba vertical” y también “Hacer perder a alguien el ánimo, las fuerzas, el vigor”.

Vaya cosa, el español: el domingo y el lunes y el martes y aún hoy, las personas hemos estado abatidas —la incertidumbre, el miedo, la aprehensión y la zozobra nos han hecho “perder los ánimos”—porque El Mencho fue abatido— aunque, según el relato oficial, no lo hicieron “caer sin vida”, como dice el diccionario, sino que lo hirieron primero y después “se les murió” en el traslado.

Las comillas en “se les murió” no son casualidad: el lunes, mientras hacía una fila de una hora en la tortillería —fila que se cruzaba y se confundía con la de la cremería y la de un negocio de tacos dorados: los negocios de barrio dejaron el miedo a un lado y abrieron sus puertas para que la gente se volcara en ellos en busca de los víveres que no fue posible comprar el domingo debido al cierre precipitado de todo—, mientras hacía fila en la tortillería, repito, dos mujeres detrás de mí hacían su lectura de los hechos: “Nmbre, no lo mataron, hasta crees. Seguro lo están escondiendo y por eso nos quieren tener encerrados, para que no sepamos dónde lo van a esconder”. 

En la fila de la tortillería y en las conversaciones callejeras y en las pláticas en la sala de la casa se cuela la versión de que todo es una cortina de humo, que El Mencho no está muerto, que el gobierno miente. No importa que la Fiscalía General de la República emita el comunicado en donde anuncia que se realizó la identificación genética o que circule la noticia de que el abogado de la familia Oseguera ya reclamó que le entreguen el cuerpo: la gente no se cree del todo la versión oficial. La desconfianza no es gratuita: históricamente el gobierno ha mentido, ha construido relatos a medias, ha ocultado la verdad. ¿Se acuerdan de Heriberto Lazcano, El Lazca, líder de los Zetas? A él lo “abatieron”, por usar la palabreja, tres veces: en 2007, en 2011 y en 2012.

La información comienza a diluirse: poco se sabe de los pormenores del operativo —quién estaba informado y quién no; quién tomó la decisión; unos dicen que Estados Unidos lo organizó todo, otros dicen que nomás colaboró, unos más que es un tributo a Trump; acá se burlan de que Sheinbaum no sabía, allá dicen que obviamente sabía; alguien reclama que por qué en domingo de medio maratón arriesgando a miles de personas, otro alguien espeta que si no era ahora, cuándo; allá celebran que se acabaron los abrazos, acullá lamentan que empezaron los balazos— y no hay claridad sobre los saldos de la reacción no sólo en Jalisco, sino en todos los estados en los que el CJNG tiene presencia: leí un tuit que ya no pude recuperar en el que se afirmaba que la respuesta de las células en los estados era una manera de mostrar músculo: los líderes de cada lugar estaban presumiendo su currículum y sus méritos para ocupar la sede vacante. 

Dos días después, los medios hacen un recorrido por la “cabaña” donde sorprendieron a El Mencho: muestran la sala, la cocina, el altar, los tratamientos renales. Notitas de color para paliar la información que ya no pudo dar el abatido: contactos, listas de funcionarios, negocios. De eso nada se sabe y nada vamos a saber. El ejército rinde homenaje a sus elementos caídos: respetable, pero poco —y poco significa nada— se habla de que quizá, sólo quizá, esos elementos no habrían caído si no hubiera existido una estructura de corrupción que permitió crecer y cobrar tanta fuerza a la organización criminal. ¿Se acuerdan cuando se decía que el CJNG se había expandido durante la vigilancia de Luis Carlos Nájera? Tampoco se habla tanto de que, en el final de su sexenio como gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro anunció con bombo y platillos que había decidido irse a vivir a Tapalpa una vez que terminara su administración y con ella, su paso por la política. Tapalpa, sí: el mismo municipio donde “sorpresivamente” estaba El Mencho. Coincidencias tan extrañas de la vida.

En medio de tantos vacíos de información, muchos de los cuales se llenan con información falsa y rumores, las autoridades repiten a coro: la crisis pasó, la normalidad ha vuelto. No sé a dónde dicen que volvió: quizás es un sesgo, o una sensación completamente personal, pero yo siento una extraña zozobra en mis trayectos. Ahí estamos todos: las avenidas llenas de autos, la gente esperando el transporte público, las cortinas abiertas; y también está esa sensación de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, en cualquier lugar. ¿La han sentido?

Y así han transcurrido estos días, con los ánimos por los suelos: abatidos.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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