Esta crónica recopila la experiencia de mujeres cotidianas en torno a las catástrofes ocasionadas por la captura y asesinato del líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera. Los testimonios fueron brindados de manera anónima y los nombres presentados son ficticios.
Por: Gina M. Erosa / @ginaemerosa
DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 8:45 A.M.
ADRIANA
En la mayoría de los casos, si se me presenta la oportunidad de dormir un par de horas extras voy a tomarla, excepto por hoy. Los domingos hay Vía Recreactiva en Guadalajara y la idea de asistir había rondado mi mente desde hacía unas semanas aunque siempre terminaba por desecharla. El domingo pasado me dije que estaba nublado, el antepasado hacía frío y el anterior a ese ni siquiera sé qué excusa puse.
Hoy, sin embargo, fue el único día en el que genuinamente no quería salir de la cama. No era un tema de flojera, ni siquiera era culpa del frío. Al mirar a través de la ventana esta mañana, algo me molestaba. El amanecer estaba ahí, pero no me provocó la misma sensación que siempre. Podría incluso decir que era un amanecer feo, ausente de color.
“Eso no es razón suficiente, Adriana. Llevas un mes posponiendo salir a correr. La contaminación no va a detenerte hoy”, pensé mientras sacaba del clóset mi ropa deportiva.
Al terminar de vestirme, tomé mi teléfono para revisar la ruta del transporte público que me llevaría hacia el Parque Metropolitano. Me di cuenta de que tenía algunos mensajes de redes sociales, pero decidí revisarlos hasta estar sentada en el tren, ya era algo tarde.
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ESTELA
Mi mamá y yo salimos al centro cada domingo para buscar los materiales que necesitaremos esa semana para el negocio familiar. De preferencia, nos gusta llegar antes de las 10:00 a.m. para evitar las aglomeraciones típicas del fin de semana, por lo que hice una mueca al darme cuenta de que eran casi las nueve y aún no desayunábamos.
Al bajar las escaleras escuché música viniendo de la cocina y supe que mamá ya estaba preparando el desayuno. En mi casa preferimos escuchar la radio antes que prender la televisión al comer porque tenemos la idea de que de esa manera estamos más presentes en el momento. Aún así, hoy me sentía un poco distraída y tanto la voz de Juan Gabriel como la de mi mamá se sentían lejanas.
– Estela, ¿me escuchaste? – me preguntó mi mamá, con algo de hartazgo en su voz.
No la había escuchado. Me daba cuenta de que últimamente mis oídos parecían blindados ante la realidad.
– No, lo siento. ¿Qué dijiste?
– Estela, necesito que pongas más atención. Siempre estás en otro mundo. ¿Qué tal si un día pasa algo y no te das cuenta por estar distraída?
Mi intención no es estar distraída todo el tiempo, también es estresante para mí. Me encogí de hombros y estaba por contestar cuando el teléfono empezó a sonar en otra habitación.
– ¿Puedes terminar de preparar el desayuno mientras contesto?
Asentí y me acerqué a la estufa para encargarme.
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NATALIA
A mis abuelos les gusta ir a su casa en Tala cada fin de semana. En algunas ocasiones, mis papás, mis hermanos o yo los acompañamos para que no estén solos y esta vez no fue la excepción, el único que se quedó en Guadalajara fue mi hermano.
Pasaban de las 8:45 a.m. cuando mi abuela me pidió que fuera a la panadería por unas conchas para acompañar nuestro café matutino; nos daría la energía suficiente para regresar a Guadalajara un rato después, decía.
La casa de mis abuelos siempre se siente muy cálida, familiar. Es uno de esos lugares que añoras al estar lejos. Pero en cuanto puse un pie en la calle esa sensación cambió completamente, empezando por el clima, pues Tala es un lugar cálido y esa mañana había mucho viento.
En un día normal, las calles ya tendrían personas cruzando. Doña Lola ya habría pasado a mi lado apresuradamente para ir al mercado a comprar los ingredientes para su restaurante y Don José ya estaría lavando su camioneta para salir al día siguiente.
Pasé a un lado de la iglesia, el lugar más agitado de Tala. Fue al caminar al lado de sus enormes puertas cerradas que me di cuenta de que no había escuchado las campanadas de las 8:00 a.m., y que ni un alma se asomaba por el lugar.
Un pueblo ajetreado y ruidoso reinado por el silencio de un día para otro nunca es una buena señal, pero traté de ignorar los escalofríos que ese pensamiento generó en mí. Mi extrañeza aumentó al darme cuenta de que, al cruzar la calle, el típico olor del pan recién hecho faltaba y la cortina de la panadería estaba cerrada.
Pasó entonces, la única persona a la que vi ese domingo por la mañana: un muchacho en su motocicleta subió a toda velocidad por la calle, sacándome un susto. Me recargue en la pared y saqué el teléfono para avisar a mi abuela que no había pan, pero llamadas perdidas de mi mamá, acompañadas de mensajes llamaron mi atención.
Aa María: Hija, regrésate a la casa ahorita
Aa María: Hay un operativo y las cosas están poniéndose feas
DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 9:10 A.M.
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ADRIANA
Caminaba hacia la estación del tren cuando una nube de humo llamó mi atención. Guadalajara es una ciudad contaminada por lo que no me parece precisamente anormal ver el cielo manchado de gris, sin embargo, en esta ocasión había una diferencia significativa: la nube era completamente negra y la acompañaba un prominente olor a quemado que picaba en mis fosas nasales.
En el camino noté que todo se sentía apurado; personas con la mirada perdida, otros buscando entre la gente, llamando por teléfono, incluso a unos cuantos corriendo. Me sentía sin contexto y aunque sigo a una red de noticias del estado, prefería mantenerme alerta y esperar hasta estar sentada para buscar qué sucedía.
Una notificación llamó mi atención entonces: el Gobierno de Jalisco había ordenado suspender el transporte público por algunas horas a raíz de un operativo federal en Tapalpa.
Entré a redes sociales y lo primero que salió fue un video en el que se veía que una unidad de transporte público había sido incendiada en Cajititlán. Refresqué la página y una nueva noticia apareció, múltiples vehículos incendiados en Tabachines.
Incendios en Juárez e Independencia.
Quema de negocios.
Mi dedo no hacía más que subir y bajar por la pantalla, una parte de mí esperaba darse cuenta de que estaba imaginando lo que sucedía, incluso traté de engañarme con que esto estaba pasando en otra parte del mundo, no en Guadalajara.
No en mí Jalisco.
Narcobloqueos en carreteras de Jalisco.
Sentía como si el aire comenzaba a faltarme y de repente comprendía el sentimiento de desesperación visible en las personas a mi alrededor.
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ESTELA
Mientras mamá contestaba el teléfono me quedé pensando en lo que había dicho. No es para nadie un secreto que soy una persona algo distraída, mi mente suele viajar mucho.
Por eso decidí tratar de enfocarme en una sola cosa: el omelet frente a mí. Es nuestro desayuno habitual los domingos porque es rápido de hacer y nos mantiene llenas en los que salimos a hacer los mandados.
En la radio, México en la piel de Luis Miguel empezaba a reproducirse y yo la tarareaba. Me encanta esa canción, un constante recordatorio de lo mucho que amo a mi país, sus tradiciones hermosas, platillos deliciosos y su cultura.
Los pasos apresurados de mamá me distrajeron, aunque supuse que era por la hora. Miré el reloj a mi lado y me di cuenta de que, si bien, íbamos tarde aún teníamos algo de tiempo, por lo que sentí extrañeza.
– Era tu papá. – Mamá entró a la cocina con expresión endurecida y jugueteando con los dedos.
– Hay un operativo militar y dicen que agarraron a alguien importante.
Yo asentí sin saber bien qué decir. Pensé que sería algo alejado de nosotros, tal vez en la carretera.
– ¿Pero él está bien?
– Sí, pero no podemos salir. Están quemando establecimientos y esto apenas empieza. No sé cómo se vayan a poner las cosas.
Así se siente México en la piel.
La canción terminó.
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NATALIA
Regresé lo más rápido que pude a casa de los abuelos, ahora comprendía por qué la soledad cubría las calles de Tala. Mi mamá no había sido muy específica acerca de lo que había pasado y yo preferí no preguntar hasta llegar para no perder el tiempo.
El sonido del zaguán – que generalmente pasaba desapercibido – me puso los pelos de punta y al cruzar el jardín en el que había pasado mi infancia no sentí ningún tipo de tranquilidad. Entré por la puerta y mi mamá me abrazó.
Dijo que uno de los vecinos se había puesto en contacto con la abuela para comentarle que las carreteras estaban siendo tomadas por narcos a consecuencia de un operativo y que parecía que habían capturado a alguien.
Rápidamente la tensión se apoderó de mí. Tala está a unos 15 kilómetros de Teuchitlán, en donde está el Rancho Izaguirre que el año pasado se identificó como uno de los campos de trabajo forzado del crimen organizado en Jalisco.
Inmediatamente pensé que teníamos que regresar a Guadalajara, aunque después me dijeron que la ciudad también había sido tomada. Nosotros estábamos juntos allí, pero mi hermano se había quedado solo en la ciudad.
Mis manos se pusieron rígidas y mi boca se secó. De repente, la casa de mis abuelos – que siempre se había sentido como un refugio – se sentía como una prisión.
¿Cuándo podríamos regresar a Guadalajara?
DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 10:30 A.M.
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ESTELA
Aunque mi papá nos pidió no salir, necesitábamos comprar comida para el día. La idea de ir al centro quedó completamente descartada y en su lugar optamos por ir a una tienda de abarrotes cercana.
El camino se sentía surreal, eran las primeras horas de la mañana pero nos tocó ver como los locales bajaban las cortinas, pues no seguirían atendiendo.
No tardamos mucho en hacer las compras, pero lo aterrador comenzó poco después de regresar a casa. Mientras guardábamos las cosas, se empezaron a escuchar tiros en la lejanía.
Hacía una hora estaba cocinando con tranquilidad, escuchando música que disfruto; ahora, de un momento a otro la banda sonora se había convertido en balazos, sirenas de patrullas, ambulancias y motocicletas rodando a toda velocidad.
La ansiedad me carcomía y solo podía pedir que todos estuvieran bien. Hace una hora me había prometido estar más atenta a mi alrededor, pero en este momento solo quería que mi imaginación funcionara y mi mente pudiera irse a otro lado. Pero la adrenalina no funciona así, por más que intentara no podía solo distraerme.
El paso del tiempo no hizo más que empeorar las cosas. Alrededor de las 11:30 a.m., Oxxos y tiendas cercanas a mí comenzaron a ser quemados. Lo que conozco, lo que está a mi alrededor, estaba siendo destruído y no había nada que pudiera hacer.
Pensaba en los dueños de las tiendas, en que esperaba que les hubieran permitido salir. Pensaba en quienes no pudieron cerrar a pesar de ver cómo estaban poniéndose las cosas porque cuando vives al día tienes que elegir entre el riesgo de perder la vida o perder un día de alimento.
DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 12:00 P.M.
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NATALIA
El silencio reinaba en Tala en un horario que durante cualquier otro domingo hubiera estado concurrido, era como si ni siquiera las palomas quisieran salir a la plaza.
Los vecinos habían dicho que no abrirían sus negocios hasta nuevo aviso, lo cual representó una nueva preocupación: nuestro plan había sido viajar por el fin de semana y mis abuelos no traían medicamento suficiente para quedarse más días.
La sala estaba en oscuridad total, las ventanas estaban cubiertas con pesadas cortinas azules que llegaban hasta el piso, “que piensen que no hay nadie” había dicho mi abuelo antes de cerrarlas. La curiosidad es tortuosa, quería saber qué sucedía, cómo se veían las calles.
Quería saber si me darían la misma sensación que hacía un rato, si la misma soledad que sentí me envolvería de nuevo. Pero al mismo tiempo, me asustaba siquiera levantarme del sillón.
Es un sentimiento parecido a escuchar un ruido a altas horas de la noche y quedarse observando fijamente a la nada sin saber si algo aparecerá a asustarte o si el miedo viene de tu imaginación. Pero, al menos los fantasmas no hacen daño.
Tomé aire y me levanté lentamente, sentía como si cada paso me tomara una eternidad, que al mismo tiempo me mantenía segura. Eventualmente llegué a la ventana y con un movimiento rápido abrí la cortina.
Gris. El pueblo, cuyos colores siempre resaltaban, ahora estaba cubierto de un gris sofocante. Desde mi ventana no podía ver la violencia que había ocasionado esta bruma, pero podía sentir la desesperación dentro de mí.
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ADRIANA
Dominada por la ansiedad, regresé a mi casa en donde seguí viendo noticias por tres horas. Se suponía que era un domingo familiar, así que mis tíos habían llegado antes de que las cosas se pusieran peor. En sus rostros notaba que todos intentábamos mantener la calma, aunque no teníamos éxito.
Nos sentamos en aquella sala que generalmente se utiliza para compartir momentos alegres en familia. Aquella que en un día normal sería escenario de conversaciones disparejas, risas escandalosas y una que otra discusión amistosa a causa de juegos de mesa, pero que hoy se sumía en un profundo silencio interrumpido únicamente por el sonido de la televisión.
Seguí revisando mis redes sociales y cada actualización era peor que la anterior. Había vivido narcobloqueos con anterioridad, por lo que eso no era lo que me tenía tan tensa.
El motivo de mi terror radicaba en la violencia extrema hacia la población: vi varios videos en los que civiles eran bajados a la fuerza de sus automóviles que luego ardían en llamas. Anteriormente eso sucedía con el transporte público, siendo de cierta forma un ataque hacia el estado. Ahora era un ataque contra quien estuviera al frente.
El bombardeo de noticias se sentía abrumador, pero no podía dejar de actualizar mi teléfono. En la sala, con toda la familia reunida frente a ella, la televisión expresaba a un alto volumen el minuto a minuto de la situación no solo estatal, sino nacional.
– En un operativo encabezado por el ejército mexicano, Nemesio Oseguera alias “El Mencho” fue localizado y capturado en su cabaña en Tapalpa. – habló el presentador.
Mi mirada se perdió en algún lugar del suelo. Diversas preguntas tomaron lugar en mi mente: “¿Sería mejor para la población que lo soltaran?” Es un criminal peligroso, pero su captura acaba de desatar una ola de violencia que genera incertidumbre.
“¿Qué va a pasar ahora?” “¿Qué pasará en las siguientes horas, los siguientes días, el próximo mes?”
El narco no solo controla al país, controla nuestras vidas, nuestros tiempos. Nos arrebata a quienes amamos, nos arrebata oportunidades, nos arrebata la vida.
La muerte de Nemesio Oseguera, “El Mencho” fue anunciada alrededor de la 1:00 p.m. Murió durante su traslado a una base militar en Ciudad de México como consecuencia de una herida de bala recibida durante el operativo.
En redes sociales comenzó a circular un supuesto comunicado de parte del CJNG en el que se informaba a la población que se arremetería en contra de cualquier civil que estuviera en las calles después de las 2:00 p.m..
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DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 3:00 P.M.
ESTELA
Después del anuncio de la muerte de El Mencho empezaron a circular mensajes en los que se aconsejaba no abrir la puerta a nadie, pues presuntamente habían sicarios disfrazados de repartidores entrando a las casas a terminar con las familias.
La radio estaba apagada, los celulares en silencio y nuestras pisadas eran lo más suaves posibles. Los tiroteos habían terminado hacía un rato y lo único que podíamos escuchar eran las hélices de helicópteros sobrevolando la zona.
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DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 5:00 P.M.
ADRIANA
El comunicado del cartel nos había asustado bastante. Mi prima estaba en su trabajo y mi tía pensaba que lo mejor sería ir por ella, aunque yo creía que sería mejor si se resguardaba allí. Si salíamos tanto ella como nosotros estábamos en peligro. Aún así, terminamos poniéndonos en marcha.
El camino fue largo, pues tuvimos que ir por calles escondidas para evitar avenidas principales. Con cada vuelta que dábamos yo sentía un vuelco en el corazón por el miedo de encontrarnos con alguien peligroso.
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DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 8:00 P.M.
ESTELA
Para el momento en el que el sol cayó mi garganta se sentía seca, en parte producto de la ansiedad y en parte por no haber hablado en todo el día.
Mi casa estaba en completa oscuridad pues habíamos escuchado que en caso de tener las luces prendidas los sicarios entrarían a las casas y aunque no había nada que lo confirmara preferíamos prevenir. Los tiroteos y rumores de levantamientos también era algo que escuchamos frecuentemente a lo largo de la tarde.
Por ese domingo, la incertidumbre se volvió mi sombra. A donde fuera que mirara, ella estaba ahí. Las preguntas no dejaban de rondar en mi cabeza y mi ansiedad no me dejaba pensar en otra cosa. Sentía agotamiento e intenté dormir, pero por un largo rato no lo logré.
Al ver mi nerviosismo, mamá me abrazó y acarició mi cabello.
– Mamá, no quiero volver a escuchar nada de lo que escuché hoy. – susurré.
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DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 9:00 P.M.
ADRIANA
En la noche, la tienda en la esquina de mi casa levantó la cortina y ayudó a que los vecinos surtiéramos nuestras alacenas ante la incertidumbre de si podríamos comprar comida durante los próximos días. Claramente, lo primero en terminarse fueron el huevo y el pan.
La fila era interminable y mientras esperaba, volví a encender mi teléfono para ver qué estaba sucediendo. Todo el día había sido una mezcla de ansiedad por verlo pero aún más ansiedad por no saber qué sucedía minuto a minuto.
Mis tíos habían decidido que no volverían a sus casas esa noche, por lo que dormimos apretados en mi sala, aunque sería afortunada de decir que pude conciliar el sueño. No dormí más de una hora seguida a causa de las pesadillas que me provocaba toda la situación.
“Jamás quiero volver a ver lo que presencié hoy” pensé antes de cerrar los ojos en algún punto de la madrugada.
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DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 10:00 P.M.
NATALIA
Sentí como si hubiera vivido una semana en una tarde, no porque hayan sucedido muchas cosas, sino por la lentitud con la que pasaron las horas.
Alguna vez vi en internet una frase que decía que no vale la pena preocuparse si no hay nada que puedas hacer al respecto y siempre traté de creer en ella pero, ¿cómo podría aferrarme a ese pensamiento en un momento así? No poder hacer nada era lo que más me preocupaba en ese momento.
Traté de distraerme pero siempre volvía a los mismos escenarios: mi hermano solo en la casa y probablemente asustado. Tiroteos a lo largo de mi ciudad. Falta de medicinas aquí para mis abuelos. Incluso comencé a preocuparme por qué haríamos en caso de que también nos quedáramos sin comida para los próximos días.
Mañana intentaremos regresar a Guadalajara y no sé bien que vaya a pasar. Lo único que sé es que jamás quiero volver a sentir lo que sentí hoy.
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Es impactante cómo se puede capturar la violencia desde la perspectiva de quienes la viven día a día, como en el caso de estas tres mujeres. Sus relatos no solo reflejan el dolor y la pérdida, sino también la resiliencia ante situaciones tan adversas. Me gustaría saber si en el artículo se mencionan iniciativas que busquen apoyar a las víctimas de esta violencia, ya que es crucial visibilizar sus historias y buscar soluciones efectivas.