La noticia llegó en pantallas y husos horarios distintos, pero con el mismo peso: la ciudad estaba en llamas. Mientras en Guadalajara las familias se encerraban por los bloqueos y los disparos, quienes viven lejos intentaban reconstruir el mapa del miedo con videos, audios y mensajes que viajaban más rápido que cualquier certeza. La distancia no ofrecía tranquilidad, sino una forma distinta de angustia: la de no poder estar.
Por Ana Paula Carbonell / @anapau_24601 (IG)
“¿No te pasa que preferirías estar sufriendo con tu familia que estar bien?”, me dice Antonio por el teléfono, y siento la angustia en su voz. De inmediato digo que sí, y me llena de culpa. A los dos nos tocó ver desde lejos mientras Guadalajara se envolvió en caos, sin nada que pudiéramos hacer al respecto.
“Mataron al Mencho”, le dijo el roomie de Antonio mientras terminaba de desayunar el domingo en la mañana para ir a trabajar. Él sabía quién era y lo que significaba que lo hubieran matado. Automáticamente verificó la noticia en su teléfono, sorprendido por la cantidad de videos de coches, autobuses, edificios incendiados. El mensaje de su padre al grupo familiar sucedió casi al instante, pidiéndoles a todos que se encierren, que no importara, que no salieran. Que había olas de violencia esparciéndose por toda la ciudad. Antonio lleva casi seis años viviendo en la Ciudad de México, pero toda su familia es de Guadalajara. No tuvo opción más que preguntarles cómo estaban mientras salía de su departamento para no llegar tarde al trabajo.
El bloqueo del 22 de febrero en Guadalajara lo presencié yo desde el futuro: la madrugada del 23, desde la seguridad de mi cuarto en Hong Kong. Ya me iba a dormir cuando vi en Instagram, foto tras foto de coches incendiados, de infografías contando en qué partes de la ciudad las carreteras se encuentran incendiadas. Calles que tomaba todos los días para ir a la escuela o al trabajo, establecimientos que podía reconocer de inmediato. Ahora me avergüenza que mi primer pensamiento fue que no era nada grave; no es la primera vez que hay un narcobloqueo en una carretera. No fue hasta que leí más a detalle sobre todo lo que ocurría que entendí que esto era mucho más serio, mucho más peligroso.
Se siente horrible ver todo desde una pantalla desde tan lejos. No saber si sentir alivio porque no estás ahí, la culpa que viene después. Mi hermano (que también vive en el extranjero) y yo nos comunicamos con nuestros papás, que nos aseguraron que estaban bien. Ese día iban a salir a Chapala a ver el lago con los pelícanos, y si no fuera por nuestros mensajes, hubieran salido a la calle. Me imaginé un sinfín de futuros alternativos en los que salieron de casa ese domingo, ninguno de ellos bueno.
Pude notar que intentaban alivianar la situación, que nos fuéramos a dormir, que no nos preocupáramos. Me dio tristeza que aun en esos momentos nos quisieron proteger de la violencia. Me imaginé la casa vacía, solo ellos dos, nuestros dos perros y mi gato. Que si algo pasaba mientras dormía, no me enteraría hasta el día siguiente. Me dormí a las 2 a.m., frenéticamente actualizando Instagram y Facebook, tratando de entender lo que sucedía. No lo podía creer. Me dormí pensando en automóviles en llamas, en mi ciudad completamente a la merced de la violencia.
Mientras yo dormía, Antonio pensó en sus familiares en su trayecto al trabajo. Su mamá con sus abuelos en Santa Margarita, su papá por San Agustín, su hermana pequeña sola en su casa, su otra hermana en casa de unas amigas. Todos dispersos, cada uno con una preocupación distinta en su mente. Un posible escenario catastrófico. Su tío compartió que el CJNG había anunciado que iba a haber narcobloqueos, que iban a agarrar a quien fuera que estuviera en la calle. Aunque todos avisaron que estaban encerrados, no lo calmó. Las imágenes violentas solo alimentaban su imaginación de la posibilidad de que las cosas pudieran escalar aún más.
“No podía dejar de pensar en el miedo que tenían todos, porque escucharon balaceras, veían el humo por las ventanas. Llegaron a todas partes; me daba miedo que entraran a las casas y comenzara algo todavía peor. Más que el miedo, me dolía no estar sufriendo con ellos, no vivir el miedo y conformarme con noticias, mensajes, imágenes. Creo que es una de las peores cosas cuando vive uno lejos de su familia.”
Da miedo pensar que uno vive a merced de esta gente. Que en cualquier momento, si lo deciden, pueden paralizar la ciudad. Antonio y yo vimos videos de López Mateos, que conocemos por estar atascado en cualquier momento del día, completamente vacío. La glorieta de la Minerva desierta. Me recordó al extraño sentimiento que se vivió durante la pandemia, el silencio, el abandono. El gobierno volvió a poner alerta roja, volvió a mandar a todos a sus casas. No por un virus, sino porque era físicamente imposible salir sin arriesgar vivir algún tipo de violencia. Qué bueno que no viven ustedes aquí, en serio. En estos momentos digo eso, me escribió mi mamá el lunes en la noche.
Uno de los tíos de Antonio trabaja en una de las torres del aeropuerto. Por horas no supieron de él, solo los videos y las noticias de la balacera que ocurrió el 22. No fue hasta la noche que avisó que estaba bien, que los habían encerrado para protegerlos, que iba a tener que pasar la noche ahí. Los videos del aeropuerto, con la gente corriendo tras el sonido de las balas, eran lo único que pasaba por su mente. La cantidad de imágenes manipuladas y videos falsos complicaba discernir qué tan grave estaba la cosa. Ni el domingo ni el lunes pudo concentrarse en su trabajo por la incertidumbre.
La mayoría de mis amigos en Hong Kong no habían escuchado de Guadalajara hasta que les conté que de ahí vengo. Y no quise contarles lo que estaba pasando, por miedo a que pensaran que eso era lo único que existía en México. Llevaba meses planeando ir en verano con mi roomie. Pensé que si le contaba ya no querría ir (no tenía idea de que se volvería noticia internacional, que todos me preguntarían de todos modos). Luego sentí rabia de que esa era mi única preocupación cuando todos en Guadalajara no tenían otra opción más que vivirlo. No había otra opción.
Estar lejos de Guadalajara ha sido difícil porque no puedo dejar de sentirme cercana a todos sus problemas. Semanas antes me indigné junto con todos los demás ante el (ahora muy mundano) debate sobre el tarifazo, el transporte público a 14 pesos, la famosa tarjeta con la cual Lemus prometió que todo tapatío podría comprar un café en Nueva York. Con Antonio, que aunque está físicamente más cerca sigue lejos, he visto desde fuera cómo estos problemas crecen. Cómo me entristece que la gente merezca algo mejor. Que quisiera que mis papás no sintieran tanto alivio de que ya no esté yo ahí.
La vida sigue a pesar de la violencia. De negocios incendiados y carreteras bloqueadas, sonidos de gritos y balas, a tener que volver a trabajar dos días después, como si nada. Volver a la banalidad de los problemas diarios después de que la ciudad estuviera completamente paralizada me parece increíble aunque no sea nada nuevo. Los mexicanos normalizamos la violencia a diario porque no nos queda de otra; no me había dado cuenta hasta que tuve que explicárselo a alguien que creció sin tener que hacerlo.


