Ante la desgracia… ¿el cine tiene alguna respuesta?

El Ojo y la Nube

Por Adrián González-Camargo

Era peor que llovizna o lluvia: era granizo afilado. Así se sentía, de forma abstracta pero también figurativa, la granizada de imágenes y notificaciones del domingo 22 de febrero. A algunas personas les pegó en el cuerpo. Unas cuantas no sobrevivieron. ¿A qué puede asirse uno? -nos preguntábamos. 

Si nos pensamos como parte de un sistema social, a un grupo de comunidad. Familia, vecinos, colegas.  Pero nadie de ellos podía proveer certeza o protección: solo palabras de apoyo, empatía. Como parte de un sistema político, como ciudadano de un estado, nos asiríamos a los órdenes de gobierno, a los aparatos “cuidadores”. Pero ninguno estaba tan presente. Y los mismos ciudadanos compartían las mismas imágenes. Era Sísifo, desafortunadamente. Sustracción y retención de vehículos particulares, en algunos momentos incluso heridas de bala. Algunos murieron. Fuego, mucho fuego. Las imágenes se repetían. Una familia viajando en una camioneta sobre periférico poniente. Una niña y una señora bajan. El que conduce es obligado a estacionar su camioneta de forma perpendicular y luego abandonarla. Por fortuna su familia y él ilesos. Pero en otro lado, un grupo de mujeres es vigilada por una camioneta que no las deja de seguir hasta que llegan a su destino. En las frecuencias de radio, policías municipales empiezan a perseguir a elementos de la fiscalía, quienes a su vez persiguen individuos que acaban de incendiar un vehículo. Caos es una palabra que nadie puede definir pero que todos acabamos sintiendo.

En un grupo de whatsapp que tiene como propósito informar sobre el estado del tráfico, y que ahora avisa sobre los trágicos eventos en vivo, alguien comenta a manera de meme: ¿No es tan divertido cuando te toca vivir el corrido, verdad? Esto entre imágenes, una y otra vez, de hombres armados en las calles, autos incendiados, negocios, locales. Ahora tampoco es tan divertida esa famosa frase del Guasón, que dice que solo quiere ver el mundo arder.

Ante este embate de realidad, en donde nosotros como seres humanos y sociales, no podemos apelar a ninguna fuerza o estructura superior para nuestra salvaguarda… ¿a qué nos asimos? Sin explicación racional inmediata, pensé en una película. Desafortunadamente no era mexicana. Pensé en Los intocables, dirigida por Brian de Palma. 

La historia sucede en Chicago, en 1930. Es la época de la prohibición de alcohol en Estados Unidos. Un hombre de origen italiano, nacido en Nueva York, se ha convertido en el mafioso más importante, poderoso y sanguinario: Alfonso Gabriel Capone, alias Al Capone. Un agente, llamado Eliot Ness, dirige una operación que al final logra terminar con el capo italiano. 

Lo que importa realmente no es la película, sino el sistema detrás, el que lo sostiene. Un aparato-industria que ha mandado el mismo mensaje desde hace 100 años. Y si bien existen algunos filmes o momentos de autocrítica, el aparato ideológico de Hollywood hace que resumamos como espectadores, el estado gringo siempre es más poderoso y siempre es vencedor.

¿Cómo funciona, entonces, el aparato mexicano que crea los relatos cinematográficos? Si revisamos los relatos propios, es decir, los que hablan de nosotros para nosotros (ojo: que no son series, sino películas), los relatos cinematográficos que ponen a la sociedad en una exhibición de contradicciones, desesperanzas, violencias, alegrías y tristezas, encontramos que las películas que se han acercado frontalmente a hablar del narcotráfico en sus guiones, no suelen tener un Eliot Ness. ¿Sería Harfuch un candidato para protagonista de un filme, dentro de algunos años? 

Pienso en un puñado de filmes mexicanos que abordan el tema de la violencia derivada del narcotráfico y hay muy poca o nula esperanza en sus historias. Pienso en Noche de Fuego (Tatiana Huezo), Miss Bala, (Gerardo Naranjo), Cómprame un revólver (Julio Hernández-Cordón) Sin señas particulares (Fernanda Valadez), El norte sobre el vacío (Alejandra Márquez). A reserva de un ejercicio con mayor profundidad, insisto en que muy poco filmes buscan dejar esperanza; acaso filmes como Sujo (Valadez y Romero), en donde la esperanza recae en la educación y, en particular, en la literatura. En Ya no estoy aquí, la violencia no cesa, pero el protagonista ha logrado alejarse de ella, por tanto, la estructura sigue siendo violenta. 

Estos ejemplos de relatos que buscan, simbólicamente, proveer de una expiación o de una sanación a la gran herida abierta (y que son definitivamente necesarios), no nos ofrecen un ejercicio de imaginación donde podamos concebir el fin del miedo y del terror.  Si ante esto nace la pregunta: ¿deberían ofrecer, aún en la imaginación, una solución -utópica o no- del problema? También cabría preguntarse, ¿por qué no? Será qué, cuando un ente, persona, comunidad o sociedad ha aprendido a no defenderse y mantenerse sometida, ni siquiera puede imaginar que hay una solución. 

Por tanto, parece no haber y que no habrá en mucho tiempo, un relato cinematográfico mexicano, utópico o no, en el que al menos de forma imaginativa, podamos soñar en desmantelar a ese gran monstruo que nos asedia diariamente desde hace décadas. ¿Será qué, como dirían los psicólogos, nos encontramos en un estado de indefensión aprendida?

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El ojo y la nube
El ojo y la nube
Adrián González Camargo es cineasta, escritor y académico. Estudió el Doctorado en Arte y Cultura por la UMSNH y una maestría en guionismo con la beca Fulbright-García Robles en CSUN. Se ha dedicado a la gestión cultural, producción radiofónica y al análisis de textos artísticos. Es profesor de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey, Campus Guadalajara.

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