El domingo 22 de febrero, durante un viaje con amigos a Comala, Jalisco, Jorge encontró su vida frenada en seco cuando los “narcobloqueos” en Chiquilistlán lo dejaron 3 días varado. Éste es su recuento de cómo lograron salir del poblado.
Por Andrés de la Peña / @andres_dlap (X)
Jorge Verdugo es mecánico de bicicletas. Por la mañana atiende con amabilidad y entusiasmo a los clientes de su taller “Bike Busters” en avenida Hidalgo.
El domingo 22 de febrero, día en el que se ejecutó el operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho” en Tapalpa, Jorge y sus amigos se encontraban a menos de 20 kilómetros, visitando las cascadas de Comala, Jalisco.
Sin haber escuchado o visto nada fuera de lo común, a las nueve de la mañana el pequeño grupo llegaba a Chiquilistlán: “Entonces, en cuanto nos conectamos a la red celular, nos empezaron a llegar las noticias de los bloqueos y todo lo demás, pero solamente noticias de Guadalajara”. En ese momento no sabían de nada más que de algunos bloqueos en la metrópolis. En los días posteriores no tendrían señal celular, pues las antenas alrededor de Chiquilistlán serían saboteadas a partir del domingo a las dos de la tarde.
Las noticias no les informaron sobre el operativo en Tapalpa, y el grupo decidió, inocentemente, parar a desayunar en Chiquilistlán para hacer tiempo en lo que todo se calmaba. A medio desayuno, la información finalmente los alcanzó
Nos entregaron nuestras comidas y en eso llega una persona del pueblo, le dice a la señorita del restaurante que se fuera a resguardar, que vio gente armada a la afueras del pueblo.
A partir de ahí, Jorge vio como todo el pueblo fue cerrándose: “vimos como iban cortina tras cortina, puerta por puerta, cerrándose”. Al llegar a Chiquilistlán habían visto una congregación de gente frente al templo, minutos después de la alerta no había nadie más en la calle.
Decidieron ir a un hotel a resguardarse: “hasta cerraron el hotel. Si hubiéramos llegado veinte minutos después lo hubiéramos encontrado cerrado”.
En retrospectiva, Jorge compartió varias reflexiones, la primera fue la impactante realización de que en todo el periplo de los próximos días para volver a Guadalajara no verían a una sola fuerza de seguridad o militar del Estado más que a algunos policías municipales de Chiquilistlán.
Sobre esto Jorge comenta que, encima, unos días después leería sobre la investigación de la “narconómina” que publicó El Universal, donde se revelan documentos encontrados en Tapalpa que presuntamente rastrean sobornos a policías municipales de los municipios alrededor de Tapalpa, incluyendo 86 mil pesos mensuales para la policía de Chiquilistlán.
Allá no llega el Estado. Allá no llegan ni el gobierno estatal ni el federal (…) nunca hubo una autoridad más allá de los tres policías municipales que estaban allí en el pueblo, que pasaran a revisar. Nunca vimos Guardia Nacional, ni Fiscalía, ni estatales o federales.
El lunes, Jorge y sus amigos hicieron todo lo posible por regresar a casa, pero no lo lograron. Supusieron que la mejor ruta sería hacia Tapalpa, ya que el poblado probablemente estaría asegurado, pero se toparon con un camión humeante bloqueando el paso.
Cuando regresaron a Chiquilistlán y tomaron camino hacia Cocula, la única otra salida, los policías municipales les avisaron que ese lunes se había dado un enfrentamiento en la carretera y que alguien había cavado una zanja. Las fotos no mintieron: parecía como si se hubiera utilizado una retroexcavadora para abrir un peligroso agujero.

Las únicas otras salidas de Chiquilistlán son caminos de terracería que no pueden ser utilizados por un automóvil. Tuvieron que quedarse otro día más.
El lunes nos abrieron a las 3 de la tarde el restaurante y una tienda. Todos los platos seguían ahí (…) el pueblito estaba tranquilo: no hubo balaceras ni negocios quemados. Uno de los principales miedos que nos dio es que había un banco del bienestar, y que el domingo vimos que quemaron más de 200 bancos del bienestar en todos lados.
El martes lograron salir, pero de manera fortuita. Varias personas del poblado les avisaron que acababan de rellenar la zanja en la carretera a Cocula. Se armó un convoy y salieron para allá, donde encontraron el boquete a medio llenar:
íbamos todos como entre ochenta y cien kilómetros por hora, saliendo como si nos persiguiera el diablo. Salté la zanja como pude en el Chevy. Sentí como si pasara una eternidad: el auto voló completamente y azotó contra el pavimento. Ese fue el primer bloqueo que pasamos…
Esa zanja, a las ocho de la mañana, estaba abierta según las fotos que recibieron. Cuando pasaron estaba a medio llenar. A las seis de la tarde recibieron otra foto que mostraba que alguien volvió a cavar el hoyo para mantener el bloqueo. No fue sino hasta el jueves que la carretera volvió a operar, y Jorge se da cuenta de que podrían haberse quedado casi seis días si no hubiera sido por su escape en esa ventana.
Pasamos veintiún bloqueos, de los cuales 2 eran zanjas y los demás eran carros quemados (…) iban acomodados en diferentes entronques y curvas (…) el último lo vimos a la altura de Periférico y López Mateos.
Ya en la ciudad, Jorge sintió “el golpe” de lo que pasó:
Luego ya me sentí como abrumado y… hasta me enojé, como con las autoridades. Porque no había una ley funcional. Estaban los municipales pero (…) obviamente no iban a salir a pelear con las resorteras que tienen, a balazos, contra el crimen organizado.
Más bien, Jorge sentía que la autoridad que los vigilaba era el crimen organizado, no el Estado Mexicano.
Estoy seguro de que todo el tiempo estábamos siendo vigilados por el “big brother del narco”. Quizás simplemente nos dieron chance . Quizá estuvimos simplemente a merced de la decisión de “pues deshazte de ellos”.
Sobre todo, a Jorge le molestó darse cuenta que las autoridades e incluso algunos noticieros hablaban, desde el domingo por la tarde, de que todo estaba bien y en paz en el país mientras él aún se encontraba varado y con miedo. “Eso fue solo un pueblo, mi experiencia personal”, dice Jorge, pensando en cómo se habrá vivido la crisis en otros poblados aún más remotos o inconexos.
Lo que me mantiene todavía enojado es que no es algo que vayamos a resolver mandando a los militares a darse de balazos en la sierra (…) es un problema de raíz que lleva décadas gestándose, y no hay un plan de parte de los diferentes gobiernos.



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