Madres e hijas marchan el 8M: confiesan vivir con miedo tras violencia

#8M2026

Este 8 de marzo en el Marco del día internacional de la mujer miles de mujeres tomaron las calles de Guadalajara. Entre las asistentes caminaron madres, acompañadas de sus hijas e hijos, quienes no sólo acudieron a la movilización como observadoras, sino como parte de una generación que marcada por la violencia.

Madres e hijas comparten como viven la maternidad y la infancia en un país atravesado por la violencia. Tras los hechos violentos del 22 de febrero, niñas y adolescentes hablan del miedo a pérdida de la libertad y de la necesidad de qué los adultos reconozcan que también ellas viven las consecuencias de la violencia

Textos y fotos por Alondra Angel Rodriguez / @AlondraAngelRo

A poco más de dos semanas de los hechos violentos del 22 de febrero que incluyeron bloqueos ataques y la paralización de diversas actividades en el estado, madres y niñas relatan como estos episodios impactan en su vida cotidiana. Lo constante en sus sentipensares es el miedo, la pérdida de la libertad y la necesidad de construir redes para proteger a las infancias.

Para algunas madres asistir a la marcha no es únicamente un acto político, sino también una forma de involucrar a sus hijas e hijos en una conversación más amplia entre derechos, violencia y desigualdad en medio de un país donde las mujeres enfrentan de manera diaria múltiples formas de violencia. La maternidad es también, sin dudas, un espacio desde el cual resistir, educar y acompañar.

Aunque en la gran mayoría de las veces se asume que las infancias no comprenden del todo lo que ocurre alrededor los testimonios recopilados durante la marcha muestran como las infancias observan, escuchan y procesan la violencia que atraviesa sus entornos y desarrollan sus propias reflexiones sobre lo que significa crecer en un contexto así.

Foto: Alondra Angel

Adolescentes en particular expresaron su mirada sobre la inseguridad y las respuestas institucionales frente a ella. Su perspectiva está marcada tanto por el miedo como por la conciencia de que, en muchos casos, son ellas mismas quienes pueden convertirse en víctimas de distintas formas de violencia.

Katy, adolescente de 15 años que acudió a la marcha acompañada por su familia recuerda como los hechos violentos del 22 de febrero generaron temor, incluso en actividades cotidianas, como salir de casa o regresar a la escuela.

“Si me daba miedo salir, porque yo pensaba que me iban a subir a un carro o cosas así o que cuando volviera a la escuela la iban a incendiar”, mencionó.

Para ella estos episodios tienen efectos diferentes en la forma en la que las infancias viven en la ciudad, ya que actividades que antes formaban parte de su rutina como salir a la escuela, jugar o caminar comienzan a percibirse como riesgosas: “yo siento que la violencia ha hecho que los niños tengan miedo de salir. Antes salían a jugar y ahora les generan un miedo enorme ver gente que les pueda hacer daño”, agregó Katy. 

Además, Katy agregó que la violencia no es un fenómeno aislado, sino que es una realidad cotidiana que transforma la relaciones con el espacio. 

El vivir en una constante alerta y en un contexto de violencia, además de miedo se genera un sentimiento de frustración e impotencia frente a la falta de respuesta de parte de las autoridades.

Sheila, de 15 años, describe que la violencia no sólo altera su sensación de seguridad, sino también la confianza en que las instituciones encargadas de proteger a la población lo hagan.

Sheila también señaló que la violencia ha modificado su relación con el espacio público, ya que lugares que desde antes ya se sentía algo insegura en lugares que podrían considerarse cotidianos o seguros ahora los percibe como escenarios de potencial riesgo: “Si antes ya me daba miedo salir a varios lugares. Ahora más, siento que me han quitado mucho la libertad” comentó.

Algo bastante importante mencionado por Sheila es que uno de los aspectos que no se consideran ni por las autoridades, el Estado o las personas adultas en general, es el validar que las infancias también tienen sus propias experiencias y sentimientos frente a un hecho violento:

”Me gustaría que si lo validaran, porque muchas veces los adultos dicen que los niños no sufren uno sienten, pero son los que más sufren porque ven a sus papás como lo sufren y como todo esto impactan en la sociedad”, expresó.

La maternidad no ocurre desde lo abstracto, sino que está atravesado por las experiencias personales de violencia, la desigualdad de género y las preocupaciones constantes sobre el futuro de sus hijas e hijos. Por lo que criar en México implica estar en constante angustia y temor por la seguridad de las niñas, como parte de la experiencia cotidiana. 

Lo anterior puede ejemplificarse en Jessica Torres, madre que acudió a la marcha con sus hijos. Explica que su propia historia marcó profundamente la forma en que vive la maternidad, al sobrevivir una experiencia de abuso la llevó a replantear la manera en que educa a sus hijos, poniendo especial énfasis en el respeto, la igualdad y el diálogo.

“Desde el momento en que supe que estaba embarazada para mí fue un terror y más cuando me dijeron que mi niña era mujer fue más miedo por como vivimos porque pues de mí abusaron”, expresa Jessica.

Foto: Alondra Angel

Es por ello que Jessica busca criar a sus hijos desde una perspectiva distinta, donde el consentimiento y la autonomía corporal sean principios centrales desde la infancia: busca enseñarles que sus cuerpos les pertenecen y que tienen derecho a establecer límites, incluso a personas cercanas.

“Trato de crearla de una forma en la que ella sepa que su cuerpo es de ella, nadie puede tocarlo. Inclusive cuando estamos con familiares, si alguien la quiere obligar a darle un beso, ella tiene todo el derecho a decir que no”, comentó.

Además, Jessica intenta que su hijo crezca con una visión distinta sobre las relaciones entre hombres y mujeres, ya que al venir de una familia bastante machista en su crianza busca desmontar las ideas tradicionales sobre los roles de género que aún persisten en muchos hogares. 

“Lo estoy criando de una forma en la que se le enseñe a respetar a las mujeres, que ayude también en las labores de la casa y que sepa que las mujeres no son sirvientas, sino compañeras”, agregó.

Para las madres, uno de los aspectos más dolorosos de vivir en un contexto de violencia, es observar el despojo de las libertades que ellas mismas experimentaron durante su infancia o adolescencia, porque estas no están disponibles para sus hijas. Aspectos como el uso del transporte público, o moverse libremente por la ciudad limitan la autonomía de las adolescentes.

Enid, madre de dos hijas comentó sentirse triste por la diferencia entre su juventud y la experiencia actual de su hija adolescente. Desde su perspectiva, esta transformación en las dinámicas cotidianas como la violencia ha reducido los márgenes de la libertad para las infancias

“La libertad sobre todo a la en la adolescencia pues con mi hija de prepa, pues mi etapa de prepa fue muy diferente. Yo voy por ella, la recojo y yo en la prepa iba y venía sola y pues ella ni de chiste va a andar sola”, comentó.

Algo similar mencionó Jazmín Estrella, madre de dos hijos, quien explicó que los hechos violentos recientes no sólo generaron preocupación entre las familias, sino que también alteran la vida cotidiana de las infancias de forma muy concretas para muchas infancias y adolescentes, ya que los episodios de violencia no se experimentaron únicamente como noticias o acontecimientos lejanos, sino como situaciones que han interrumpido sus rutinas básicas, como la suspensión de clases, restricciones para salir de casa o esa sensación constante de que los espacios públicos se pueden volver peligrosos en cualquier momento.

Desde su perspectiva, el problema no está limitado sólo a los hechos violentos por sí mismos, sino a las condiciones estructurales que permiten que estos episodios vuelvan y afecten la vida cotidiana de las personas. 

Es por ello que mencionó que es necesario romper con la normalización de la violencia, una tarea urgente que implica no sólo exigir respuestas de parte del Estado, sino también cuestionar las mentalidades y prácticas sociales que sostienen la violencia.

Foto: Alondra Angel

Bajo ese contexto explicó que maternar en México implica asumir una responsabilidad compleja: acompañar a las infancias para que comprendan la violencia que existe a su alrededor sin que eso signifique crecer paralizadas por el miedo. En su caso, una de las herramientas más importantes han sido fomentar el diálogo abierto con su hija y rescató como espacios como la marcha terminan de condensar toda la información que ella le ha compartido, de manera que pueda ver que es toda una red de mujeres que forman un lugar seguro para que ella sepa alzar la voz:

“Quiero que venga a ver que todas las mujeres que estamos aquí somos un lugar seguro, que ella nunca se sienta sola para que cuando, aunque yo no quiera, eventualmente empiece a vivir violencias, que lamentablemente vivimos todas las mujeres sepa que hay redes de apoyo bien amplias, somos un chingo de mujeres en todas las ciudades del mundo que estamos dispuestas a dejarnos la piel para cuidarla a ella y a todas las demás niñas”, expresó.

Comparte

Alondra Angel
Alondra Angel
Soy estudiante de Comunicación Pública. Me gusta el color blanco, escuchar música y tomar café. Me encanta estar con mi familia. Creo que el periodismo es una manera de hacer algo frente a las problemáticas de hoy y las que tendrán un impacto en el futuro.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer