#8M2026
Por Andrea Belén Rendón / @andreabelenroc (IG)
De vez en cuando me provoca un singular asombro la velocidad con la que el tiempo corre. Cómo pasa desapercibido detrás de la gran cortina que devela las preocupaciones económicas diarias, cómo se esconde en la urgencia de pendientes de todos los días, cómo tiene la capacidad de ser invisible hasta que de repente es bastante evidente que pasó por aquí y ya es marzo otra vez. El 8M pasó otra vez y, como es usual desde hace algunos años, es emocionalmente complejo para mí.
Arranca el mes de marzo y las conversaciones comienzan a fluir en mis círculos cotidianos. “¿Qué haremos el 8M?”, “¿vas a ir a marchar?”, “¿tú eres de esas que salen a rayar?”, “¿el curso de perspectiva de género es obligatorio?”, “se conmemora, no se felicita”, más un largo etcétera. He asistido varios años a la marcha que se organiza en mi ciudad, he participado de talleres de carteles y conversatorios sobre las brechas de género en la academia, la fotografía y la política. Cada año fue distinto porque siempre me permití abrirme a la escucha y la discusión con las personas que me rodean, y eso siempre está en constante cambio. Con todo y las críticas que le tengo al feminismo como una teoría política heredada de la hegemonía blanca, colonial, racista y eurocentrista-estadounidense, reconozco y agradezco todo lo que me ha enseñado durante estos años sobre la protesta, la reflexión crítica y los cuidados.
Este año la consigna con la que la Red Yovoy8demarzo convocó a la marcha en Guadalajara fue Juntxs contra todo despojo, lo que me llevó hacia un lugar diferente, un tanto inexplorado para mí. Me hizo eco con un miedo que hace tiempo no sentía y he experimentado con frecuencia los últimos meses. Cansancio, hartazgo, desesperanza de habitar este mundo por tantas cosas que se desbordan, más allá de mi experiencia de género
La tarde del 22 de febrero salí de mi casa muy temprano para ir a desayunar y cumplir con algunos pendientes personales. Más o menos a las 9 de la mañana me comenzaron a llegar varios mensajes sobre los narcobloqueos que ocurrían en carreteras de Jalisco, además de comercios y vehículos quemados al interior del Área Metropolitana de Guadalajara. Caminábamos por los pasillos del tianguis cuando percibimos que varios locatarios conversaban sobre el mismo tema y consideraban la opción de cerrar y regresar a sus casas. De repente el aire se sentía pesado. Me entró una sensación de persecución. Como si un par de ojos nos acechara desde lejos con el único propósito de sembrarnos miedo, dejarnos inmóviles. Pude regresar a mi casa a resguardarme antes de que las vialidades quedaran bloqueadas por autoridades que mitigaron el incendio de un tráiler quemado a 5 minutos de mi casa. El resto del día transcurrió con lentitud, con un silencio agudo.
Mientras veía noticias en redes sociales sobre lo que ocurría en distintas partes de la ciudad, pensaba en cómo lo vivieron las demás personas. En lo complicado que fue para quienes se encontraban fuera de sus casas trabajando, para quienes utilizan el domingo como su único día de ocio y tuvieron que regresar a sus hogares, para quienes no tienen un lugar seguro para resguardarse. Además, el recordatorio de que este tipo de situaciones ocurren mientras decenas de personas, en su mayoría jóvenes de zonas de rurales, desaparecen a diario frente a la indiferencia ciudadana y el cinismo de los gobiernos. La violencia nos arrebata tanto, todos los días. Uno de los grandes brazos de la necromáquina.
Una semana después, la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel bombardeó la escuela primaria Shajareh Tayebeh para mujeres situada en la localidad iraní de Minab. Se estima que al menos 160 personas fueron asesinadas en el ataque, la mayoría de ellas niñas entre los 7 y los 12 años. La forma en que Trump y Netanyahu se valen de narrativas colonialistas, sionistas e intervencionistas para justificar los genocidios en Irán y la limpieza étnica en Palestina es determinante en fenómenos como la desinformación y la violencia simbólica en redes sociales.
Con estas noticias, más todas las que han sucedido el último año, ha sido imposible hablar únicamente sobre discriminación, violencia y opresión de género este 8M. Sobre todo porque cuando leo y escucho todas estas historias, la violencia que nos heredó este narcoestado y los crímenes contra la humanidad que ha cometido Israel, me es muy complicado quedarme sólo con aquello que nos condiciona el género.
Las mujeres en la periferia, en los municipios de El Salto y Tonalá, ¿pudieron llegar a sus casas cuando el transporte público se paralizó aquel 22 de febrero? ¿Qué clase de condiciones estructurales las afectan que quizá yo no alcanzo a ver? A las niñas en Irán, ¿les alcanza el feminismo como herramienta teórica y movimiento político para salir del régimen colonial y racial que las despoja de sus cuerpos? Las personas que son desaparecidas en todo el estado, ¿por qué hay una clara distinción en que se trata, en su mayoría, de personas precarizadas? Este año aprendí, escuché y dialogué desde el reconocimiento de que hay algo más, urgente, aquí y ahora, que me conmueve y me enoja, y que intersecta el género con más cosas. Se me ocurre que estar juntxs contra todo despojo va mucho más lejos de lo evidente.
Entonces, ¿qué me pasó por la mente este 8M?
Las manifestaciones en calle son una acción importante y valiosísima para la agenda de género. A estas alturas me resultan bastante conocidos y desgastados los argumentos que descalifican la marcha como una práctica “emocional” e “inútil” para las “mujeres de verdad” que “trabajan” en lugar de “perder el tiempo manifestándose”. Pero de cualquier forma, explico aquí que las marchas son una estrategia sumamente valiosa para, entre muchas cosas, reivindicar nuestro sentido de la seguridad, replantear acciones en conjunto, posicionar temas en la agenda política, colocar los temas que nos enojan, nos conmueven y nos lastiman al centro de la opinión pública. Tan solo reunirse con amigues o familia en el mes de marzo supone una conversación sobre los feminismos, las marchas o por qué es relevante reivindicar el sustantivo presidenta. Las movilizaciones en calle nos guían hacia estas conversaciones, necesarias e importantes.
Otra cosa que me parece necesaria es ampliar la lente. A casi 40 años de que Kimberlé Crenshaw trajera el concepto interseccionalidad a la teoría feminista negra, me parece que el imaginario colectivo todavía se configura en el orden del feminismo, en singular, y no de los feminismos, en plural. También, insisto en que hace falta entender la analogía que nos propone Crenshaw con la intersección de tránsito que, aunque en apariencia parece sencilla, es muy poderosa para explicar por qué cada vértice tiene un efecto distinto. El género y la precarización económica nos lleva hacia una dirección, pero el género, más la precarización económica, más la diversidad sexogenérica, nos llevan a otro lugar. Importantísimo para expandir la noción convencional de las luchas antipatriarcales y comprender que no todas se enuncian desde y para la historia del feminismo. Juntxs contra todo despojo resuena mucho más a medida que se expanden los puntos de vista. Recomiendo lecturas como Una carta a mujeres tercermundistas de Gloria Anzaldúa, El feminismo ya fue de Mikaelah Drullard, Fruto de Daniela Rea, Afrochingonas como una opción de pódcast, y Tapatías Discas y Coletiva Hilos en Instagram, para encontrarnos con otras formas de protestar, escribir, compartir, mirar.
Ahora, para entrenar el ojo a ver lo que no ve normalmente (ampliar la lente), pienso que es fundamental cuestionarnos las narrativas que se nos presentan. ¿Qué historias vemos, leemos y escuchamos? ¿Quién nos cuenta esas historias? ¿Quién decide qué vale la pena ser contado? Encontrar otro vocabulario para nombrar aquello que todavía no podemos verbalizar. En este sentido, recomiendo el contenido de Volcánicas, Malvestida, Contranarrativas, Comité de Solidaridad con Palestina GDL, Mis amigxs me acompañan e Intrasentido en Instagram. Su labor para informar, crear redes y proponer agenda con perspectiva diversa y, sobre todo, crítica, contribuye a la construcción de perspectivas que analicen mejor la complejidad de discriminaciones, violencias y opresiones que atraviesan a todas las mujeres. Para derrumbar y montar nuevos regímenes visuales que también sostienen narrativas recomiendo Mirada Tapatía (y buscar a todas las fotógrafas que forman parte del colectivo) y ZonaDocs en Instagram.
El 8 de marzo pasó y se fue. Aprender, escuchar y dialogar me regresa la sensación de que tenemos largo camino recorrido, pero también me quedo con la impresión de que falta mucho todavía, muchísimo. Mucho más acompañamiento, reflexión, apertura y discusión. La alternativa al cansancio, al miedo y al hartazgo, viene con la esperanza de que cada año es posible hacer más y llegar a lugares distintos. De que en verdad es posible seguir juntxs contra todo despojo.


