Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
Qué hubiese sido de Miriam, su esposo y sus dos hijos, sin la existencia de Pueblo Quieto, entre los rieles del tren, en la colonia Jardines del Bosque, hace diez años que no pudieron seguir en busca de un sueño americano.
¿Quién de nosotros les hubiera abierto las puertas de su casa para que no pasaran penurias en una ciudad extraña que sigue rechazándolos?
De Miriam y su familia, provenientes de Guatemala, sé por el reportero Pablo Toledo del periódico Occidental que recién publicó un reportaje sobre Pueblo Quieto procurando abarcar la versión de todos sus protagonistas y dejar que el lector saque sus propias conclusiones.
Antes de que protestaran cerrando la avenida Mariano Otero, ¿cuántos realmente sabíamos que Pueblo Quieto se fundó hace más de tres décadas por migrantes nuestros que abandonaron sus lugares de origen para buscar una vida mejor que aún no tienen?
¿Cuántos sabíamos que en Pueblo Quieto sobreviven alrededor de 250 familias extendidas a lo largo y ancho de un kilómetro y medio entre los rieles de un tren?
No dudo que quienes han oído hablar de Pueblo Quieto y sus habitantes, y los que ahora saben de su existencia, lo relacionen con una zona delictiva. Alzan el dedo para señalar el lugar y a quienes lo pueblan.
¿Cuántas veces pasamos por el lugar y optamos por mirar al otro lado donde abundan las residencias y la comodidad que no tuvieron ni tienen las familias que por necesidad tuvieron que quedarse en un lugar que no era su hogar para fundar Pueblo Quieto?
Si hoy Pueblo Quieto es conocido por más personas aquí en Guadalajara y el resto del país es porque sus habitantes salieron a protestar cerrando Mariano Otero porque se oponen a ser desalojados de sus casas de ladrillos y láminas que han construido para protegerse de las lluvias y el frío de invierno.
Si le preguntáramos a cada uno de los habitantes si quisiera vivir para siempre en Pueblo Quieto la mayoría respondería que no. Porque, -como usted y yo-, el deseo es tener un lugar propio y digno donde crezcan nuestros hijos o podamos disfrutar de lo básico.
Sistemáticamente negados por los gobiernos durante tres décadas, lo mismo priístas que panistas o emecistas, los habitantes de Pueblo Quieto ahora tienen rostros. Ahora los vemos aunque sea para señalarlos de todos los males que aquejan a la ciudad. Hasta en las familias más pudientes hay hijos que terminan en la cárcel por algún delito. ¿Quién que esté libre de pecado puede tirar la piedra?
En Pueblo Quieto no podemos negar que también viven hombres y mujeres que respetan las leyes y al prójimo. Los que no lo han hecho es porque nunca conocieron más que las calles y la carencia de las necesidades mínimas que deben ser satisfechas, sin que se justifique ni uno solo de lo que presuntamente han hecho en contra de sus semejantes en los alrededores de la zona que habitan.
Las familias de Pueblo Quieto-porque lo son las que todavía viven-, no han tenido nada desde que abandonaron sus lugares de origen o dejaron de vivir en las calles para quedarse aquí.
Es natural que las familias de Pueblo Quieto tengan miedo e incertidumbre de adónde serán reubicadas cuando empiecen las obras del nuevo Tren México-Guadalajara que construirá a partir de marzo el Ejército.
¿Quién de nosotros ha experimentado esa sensación de no tener nada y que te quiten lo que pensaste que podía ser tuyo? De vivir en una ciudad que solo ahora los ve para señalarlos y condenarnos a todos.
Nadie que encuentra un terreno que le es útil para vivir con los hijos está pensando en hacerle mal al prójimo que tiene de vecino. No somos malos por naturaleza. Nadie quiere ser pobre en el estricto sentido material.
Las familias que fundaron y las que todavía quedan en Pueblo Quieto también desean una vida sin apuros, sin preocupaciones, sin tener que pasarse la vida resolviendo dilemas morales y solo ser como aquellos que llegan a casa a descansar después de un día de trabajo o de la escuela.
De entre sus habitantes seguramente ya hay una generación de nacidos en Guadalajara que muy probablemente sueñan con salir de este lugar mientras observan la prosperidad en su alrededor, y de tener una vida distinta. ¿Por qué los condenamos desde ahora sin darles una oportunidad, una esperanza?
Creamos, seamos optimistas, que el gobernador Pablo Lemus cumplirá su palabra de proveerles un lugar verdaderamente digno, trabajo y el apoyo necesario para incluirlos en una ciudad que los rechaza, que insiste en invisilizarlos.
Nosotros ayudamos mucho si dejamos de estigmatizarlos, de dejar de verlos como una amenaza, como si no fuesen humanos. Veámoslos bien. Son como nosotros. Cualquiera de nosotros pudo vivir en Pueblo Quieto o haber nacido en cualquier parte antes de migrar y quedarnos en el camino del sueño americano que nunca será. Hay que darles una esperanza de la que se aferren para que las familias de Pueblo Quiero vivan y logren una vida digna.


