Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
Nuestras calles se están quedando vacías.
Nuestros niños y adolescentes están cada vez más en casa con el móvil o frente al televisor que ahora es la pantalla usada solo para el juego o ver las maratónicas series en alguna plataforma que le apuesta a que no volvamos a levantarnos del sillón o la cama.
Nuestros niños están dejando de volver a casa con los zapatos sucios, los pantalones rotos, sin raspaduras. Sin nuevos amigos. Sin socializar. Sin prepararse para vivir.
Nos vamos derrotando frente al móvil y le cedemos la paternidad y la infancia de nuestros hijos. Ahora el que da las indicaciones y educa es el móvil.
Si en las calles nuestros hijos se habilitaban para defenderse del mundo, en casa se van quedando solos, a merced de una pantalla. Sin armas que usar. Vaciados de humanidad. Se van quedando sin palabras, sin saber qué hacer cuando los reta la realidad del día a día camino a casa o a la escuela que lucha desesperada contra el móvil que se va imponiendo en todas partes de este planeta que arde.
No es cuestión de una nostalgia porque nosotros, de otros tiempos, crecimos en las calles, con los amigos y los enemigos. Ahí sucedió seguramente nuestra primera pelea que nos entrenó para golpes más duros de la vida.
Ahí, en estás calles tristes, también jugamos de muchas cosas: desde meter las canicas a las pozas, tirar el trompo, jugar fútbol o béisbol. O hacer las travesuras que todo niño o adolescente hacía para fraternizar también con los amigos y volver a casa con la lección de que hay que respetar al vecino, o a no ver al chico con el que tuvimos diferencias como un enemigo y entender que todos somos seres humanos y potencialmente hermanos que merecemos buen trato y dignidad, sin importar la condición social o económica. Las calles también nos educaron y a veces mucho mejor que las escuelas. Educaron a miles de generaciones como la nuestra, y de pronto parece que renunciamos a la continuidad ante el embate de la tecnología que nos disputa, insisto, la paternidad, la educación y la vida de los hijos.
¿Cómo serán nuestros hijos y los hijos de ellos si no vuelven a las calles, si rompen con el ciclo que había mantenido el equilibrio? Si dejamos que el móvil sustituya todas las emociones y las competencias que nos fueron formando también en las calles a las que religiosamente acudíamos todas las tardes o noches para jugar o solo para estar con los amigos.
Algunos gobiernos, qué bueno, ya notaron que nuestros niños no son los mismos desde que los padres permitieron que el móvil o la pantalla del televisor se metiera en la intimidad de nuestros hogares y nos fueran sustituyendo gradualmente al punto de que el hijo o la hija ya no atienda ni el llamado para sentarse a comer ni para hacer la tarea. Y que, en los casos extremos, agreda a quien le quite el celular, o se tire desde el balcón.
La preocupación y la acción comenzó en Australia, siguió en China, Suecia, pasó por Francia, España, Brasil, y ahora ha llegado también a México donde se analiza controlar el uso del móvil y de las redes sociales en las escuelas para que nuestros niños no terminen siendo autómatas, huraños, y, qué paradoja, esclavos de una máquina que nos está deshumanizando.
No podemos permitir que los grandes magnates de la tecnología nos despojen de nuestros hijos y de la educación que nosotros debemos darles, dentro y fuera de casa. No podemos legar a los hijos o nietos una ciudad con calles vacías. Sin voces. Sin futuro o sin esperanza.
El esfuerzo tiene que ser de todos. Comenzar en casa y seguir en la escuela. Alentar a las niñas y niños a la libertad, al desafío y a los riesgos diarios que es la vida.
Pensamos que dejándoles en casa jugando frente al televisor o permitiendo que pasen horas en móvil estarán a salvo de las amenazas que nunca terminarán de irse porque es parte del riesgo de vivir. Estamos equivocados: no bromeo si les digo que nuestros niños y niñas estarán más seguros en las calles de nuestra colonia, distraídos, ejercitándose con algún juego o fortaleciendo los lazos comunales para no ser, como está ocurriendo, unos desconocidos en el lugar que nacieron.
Esas calles que se van quedando vacías también son liberadoras. Que vuelvan los pasos, las risas, los gritos, los juegos, las travesuras, sería una manera de devolverles lo que nosotros, apologistas muchos de la tecnología, les queremos negar a nuestros niñas y niños cada vez que le compramos un móvil o que, siendo adolescentes, no lo educamos para usarlo y que no sea lo contrario.
Tenemos que vencer al móvil que nos va ganando. Lograr que nuestros niños vuelvan a casa con los pantalones rotos y los zapatos sucios. Que vuelvan más humanos.


