No parece

Oxímoron 

Por Andy Hernández Camacho / @andybrauni coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica

Abril suele devolver el autismo al centro de ciertas conversaciones públicas, aunque no siempre de las maneras más cuidadosas. Vuelve con sus colores, sus campañas, sus buenas intenciones y también con esa facilidad tan nuestra para hablar de la diferencia sin detenernos demasiado a escuchar lo que implica habitarla.

“Mi cabeza está cansada de pensar tanto”.

Eso me dijo mi hijo después de una crisis intensa, y sentí que esa frase abría de golpe una puerta que muchos prefieren seguir dejando cerrada.

Porque hay un cansancio que no se ve. Uno que no aparece en los reportes escolares ni en las recomendaciones rápidas. Uno que no cabe en los consejos bienintencionados de quienes siguen creyendo que todo se resuelve con disciplina, rutina o carácter. Hay un desgaste silencioso en intentar comprender un mundo que pocas veces se ajusta y casi siempre exige que sea una niñez neurodiversa la que aprenda a caber.

Acompañar a un niño autista y con TDAH me ha obligado a mirar de frente ese cansancio. El de procesar demasiado. El de intentar encontrar sentido en reglas absurdas. El de sostener un día que a veces pide quietud y a veces movimiento, estabilidad y novedad, orden y desborde, todo casi al mismo tiempo.

Hay mañanas en que acompañarlo implica anticipar desde temprano cualquier cambio en la rutina, leer el humor del cuerpo, calcular estímulos, explicar de antemano lo que puede moverse de lugar. El autismo le pide cierta estabilidad para no sentirse arrojado al caos; el TDAH, en cambio, parece pedirle al día otra cosa: movimiento, variación, novedad. A veces concentrarse también le exige moverse. Y no siempre hay espacio para eso. La escuela, por ejemplo, sigue esperando que el cuerpo quieto sea la prueba más confiable de la atención.

También ahí se asoma una de las violencias más normalizadas: la de medir a las niñeces desde moldes estrechos y llamar problema a todo lo que no entra sin fricción.

La OMS estima que, a escala mundial, alrededor de 1 de cada 127 personas es autista. Nombrarlo importa no para volver la vieja cifra, sino para recordar algo urgente: no estamos hablando de rarezas ni de excepciones, sino de millones de personas cuyas formas de percibir, procesar y habitar el mundo siguen encontrándose con demasiada incomprensión.

En México, aproximadamente 1.6 millones de menores de entre 6 y 16 años viven con TDAH, pero solo una pequeña parte recibe diagnóstico y menos todavía tratamiento. La cifra importa no para volverlo estadística vacía, sino para recordar algo urgente: no estamos hablando de excepciones extrañas, sino de vidas reales que siguen siendo miradas desde el desconocimiento, la sospecha o el juicio.

Y tampoco se trata de un cruce raro entre diagnósticos. La coexistencia entre autismo y TDAH es frecuente. La propia OMS reconoce al TDAH entre las condiciones que suelen acompañar al autismo, y datos recientes de CDC estiman que aproximadamente 1 de cada 7 niñas y niños con TDAH también presenta autismo. Nombrarlo importa porque a veces se sigue hablando de este cruce como si fuera excepción, cuando para muchas familias forma parte de la vida cotidiana.

Pero una entiende de verdad lo que eso significa no solo en las cifras, sino en la vida diaria: en el tiempo extra que exige cada transición, en el desgaste de traducir lo que para otros parece obvio, en la cantidad de sentido que a veces hay que construir para sostener un solo día.

Ponerle límites casi nunca pasa por un simple “porque sí”. Si una regla no le hace sentido, difícilmente la incorpora solo porque una autoridad la enuncie o porque la costumbre la vuelva incuestionable. Eso me ha obligado a explicar mucho más de lo que imaginé, a detenerme frente a acuerdos, prohibiciones y lógicas que otros repiten como si fueran naturales.

Y a veces lo más difícil no es encontrar la manera de explicárselas a él, sino admitir que muchas tampoco me hacen sentido a mí.

Ahí, en esa incomodidad, la crianza se vuelve espejo. Y lo que aparece ya no es solo una discusión doméstica, sino una sospecha más grande: cuánto de lo que llamamos convivencia no es otra cosa que obediencia disfrazada de sentido común.

Él tampoco tiene demasiados filtros al hablar, y eso, por supuesto, produce escenas incómodas. Pero con el tiempo he pensado que esa incomodidad dice más sobre nosotros como sociedad que sobre él. Hay una parte importante de la vida social que depende de suavizar, esconder, posponer, fingir que no vimos, que no pensamos, que no nos molestó.

Mi hijo no siempre colabora con esa ficción.

Y entonces lo que aparece no es solo un niño que dice lo que piensa, sino un entorno que se desordena frente a alguien que no aprendió (o no puede, o no tendría por qué) esconder la verdad para que otros se sientan cómodos.

Ir a lugares públicos, o simplemente nuevos, también puede convertirse en una especie de cálculo permanente: leer ruidos, luces, tiempos de espera, rostros, cambios inesperados, estímulos que para otros pasan desapercibidos. Hay días en que no importa cuánto anticipemos; algo se desacomoda, algo satura, algo rebasa, y entonces toca salir de ahí. No porque él “no aguante”, como tantas veces se sugiere con esa ignorancia que suele disfrazarse de sentido común, sino porque regularse en un entorno que casi nunca piensa en la neurodiversidad también agota.

El problema no siempre es la niñez que se desborda; muchas veces es el mundo que sigue creyéndose neutral mientras segrega todo lo que no se ajusta a su ritmo.

En medio de todo eso, mi hijo también me sorprende de formas que no caben fácil en los moldes con los que solemos medir a la niñez. Puede pasar una comida entera hablándonos de cómo se separaron Corea del Norte y Corea del Sur, de los hoyos negros en el espacio o de las auroras boreales, para después preguntarnos qué entendimos de todo lo que nos acaba de contar. Me asombra su memoria para fechas, nombres y datos, pero todavía más su manera de comprender cosas que a mí siguen pareciéndome complejas más allá de cualquier saber escolar.

Por eso, cuando alguien le pregunta qué quiere ser de grande y él responde que “feliz”, yo no escucho una ocurrencia tierna. Escucho una forma de poner en evidencia la estrechez de un mundo que sigue obsesionado con que las niñeces aprendan a ser funcionales, productivas, exitosas, adaptables, discretas, correctas… antes que plenas.

También está esa otra frase que tantas familias conocen bien, aunque cambien las palabras: “pero no parece”.

Como si el autismo tuviera una sola cara. Como si el llamado espectro autista fuera una escala simple entre poco y mucho, visible e invisible, grave y leve. Pero hablar de espectro no tendría que servir para jerarquizar personas, sino para recordar que existen maneras muy distintas de sentir, comunicar, procesar y habitar el mundo, con necesidades de ajuste que también cambian según la persona y el contexto.

A veces, precisamente porque mi hijo “no parece” lo suficiente a los ojos de otros, la empatía se vuelve más escasa y la exigencia más feroz. Se espera de él que soporte, que disimule, que aguante, que se adapte. Como si parecer más cercano a la norma cancelara el cansancio, la saturación o la necesidad de un mundo más amable.

Pero no parece.

No parece porque seguimos mirando desde ideas demasiado pequeñas sobre cómo el autismo “debería” verse. No parece porque seguimos confundiendo diferencia con falla, necesidad con capricho, desborde con mala educación. No parece porque todavía hay quien cree que, si una niñez habla, mira, ríe, aprende o memoriza ciertas cosas, entonces su experiencia deja de necesitar comprensión y ajuste.

Y, sin embargo, ahí está.

Está en el agotamiento de pensar tanto.
En el cuerpo que se satura.
En la dificultad de habitar reglas que no explican su propio sentido.
En el esfuerzo inmenso de existir en un mundo que pide adaptación constante y ofrece, a cambio, muy poca ternura.

Yo no quiero que mi hijo aprenda a caber a cualquier precio. No quiero seguir llamando madurez a la obediencia, ni inclusión a la exigencia de parecer menos él mismo para no incomodar a los demás.

Quiero un mundo más dispuesto a ajustarse.
Más capaz de escuchar.
Menos enamorado de sus propias reglas.

Uno en el que no tenga que agotarse tanto para existir.
Uno en el que la diferencia no sea corregida antes de ser comprendida.
Uno en el que ser feliz no parezca una aspiración menor, sino una medida mucho más honesta de la dignidad.

Escribo esto en abril, sí, pero también contra la facilidad con que ciertas conversaciones públicas se quedan en la consigna, el color o la buena intención. Lo escribo pensando en quienes maternamos niñeces neurodiversas y cargamos, además del amor, el trabajo silencioso de anticipar, explicar, justificar, sostener. En quienes hemos tenido que aprender un lenguaje nuevo para nombrar lo que otros reducen a berrinche, mala educación o exageración.

Y lo escribo, sobre todo, para estas pequeñas rebeldías.

Para las niñeces que se mueven cuando el mundo exige quietud.
Que preguntan cuando el mundo exige obediencia.
Que dicen lo que piensan cuando el mundo exige filtros.
Que se cansan de pensar tanto y aun así siguen buscando un lugar.

No deberían tener que agotarse tanto para encontrarlo.

Necesitamos construir un mundo más suave.
Más amable con sus ritmos.
Más capaz de comprender su diferencia.
Y también de cambiar para recibirla.

Mientras lo construimos, que no les falten abrazo, traducción amorosa, ternura, tribu.
Que no les falte una mano que ayude a sostener lo que pesa.
Que no les falte alguien que, cuando todo alrededor parezca demasiado, les recuerde con paciencia y con amor que no hay nada roto en sus formas de estar en el mundo por no caber en moldes ajenos.

Esta columna es para las niñeces que a veces terminan el día con la cabeza cansada de pensar tanto. Para quienes siguen buscando un lugar en un mundo que todavía les queda corto. Y para las madres y familias que las acompañamos como podemos: cansadas también, sí, pero llenas de amor, de preguntas y de ganas de hacer este mundo un poco más empático para ellas todos los días. La diferencia no tendría que ser algo que haya que justificar, sino una forma más de estar aquí, de habitar el mundo y sobre todo ser recibida con más ternura.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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