La primavera petrolera

Secreto a voces

Por Rafael Alfaro Izarraraz

Dice Rachel Carson que la vida natural que coexiste y mantiene viva la relación entre lo vivo y lo inorgánico hizo que brotara a través de milenios un tipo de vida que se podía percibir en el canto de los pájaros, el fluir del agua de los ríos, los animales que se reproducían de manera libre, otros a través de la atención de mujeres y hombres, el canto de la primavera se percibía en la alegría de vivir de los pueblos, la producción de bienes. No quiere decir que no hubiese problemas. Utiliza una metáfora para describir un fenómeno mundial. El punto es que de un momento a otro el “cantar” de la primavera se convirtió en silencio ante los residuos de las bombas nucleares y productos químicos. 

De otra manera eso mismo se anuncia en Los límites del crecimiento, obra de un equipo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachussets, encabezado por Dennis Meados. El punto de partida trata a la tierra como un bien finito al que no se le puede extraer de manera indefinida sus recursos mineros, petroleros, entre otros, porque llegará el momento en que todo terminará por llegar a su fin. Es decir, la tierra para seguir creciendo como lo demanda el capitalismo tiene sus límites por lo que se le debe imponer o establecer una línea hasta dónde puede llegar en la explotación de los recursos naturales. De lo contrario es el fin.

Las élites se alarmaron. Era necesario atenuar las críticas al capitalismo y encontrar a los “verdaderos” culpables. Para ello se utiliza a la ONU que empieza a organizar foros mundiales sobre el medio ambiente y la población mundial que sería el chivo expiatorio al final de cuentas. En 1987 se le encarga la ex ministra noruega Gro Harlem Brundtland encabezar la comisión de la ONU encargada de analizar la situación ambiental. El resultado fue que quienes eran responsables del deterioro ambiental no era el capitalismo sino los habitantes de los países pobres. Estudios posteriores cuestionaron los resultados del estudio y explicaron que quien más consume recursos naturales eran los países ricos con menos población. 

Pero las cosas no quedaron ahí. La ONU siguió impulsando la idea de sepultar al radicalismo ambiental que había tenido la osadía de cuestionar al capitalismo. A través de la ONU se estableció, bajo presiones de las naciones ricas la idea de que, atendiendo la crítica al deterioro ambiental, se crearía una narrativa que tuvo como epicentro el concepto de “sustentabilidad”. Es decir, todas las naciones se encargarían de asumir la responsabilidad de cuidar los recursos naturales con el fin de que las generaciones futuras pudieran gozar de ellos y, de esta manera, evitar el consumo excesivo de la sociedad de la posguerra.

Se diseñaron estrategias y metas para cumplir con los compromisos de la sustentabilidad como los Objetivos del Milenio. De risa. Bajo la hegemonía de EU el mundo se comprometía (previo guiño) a cumplir las metas en una década o década y media o dos y así sucesivamente. Cada vez que se cumple una fecha se posponen los resultados y se abre una nueva meta que ahora es al 2030. Es solamente el pretexto a través del cual las grandes empresas multinacionales lograron empoderarse política y económicamente con el fin de arrebatarle a la ecología original y radical el discurso quitándole el filo radical dirigido contra el capital.

Con el discurso ambientalista y el apoyo de la ONU las empresas multinacionales se posicionaron como empresas con responsabilidad social y ambiental. Detrás fueron respaldadas por una fracción del capital financiero mundial. Fue brutal, abarcó la ciencia, la educación, la producción, el control de los medios de comunicación por supuesto y las revistas científicas. Avanzaron en el desarrollo de tecnologías alternativas sobre todo después de los años ochenta, empoderaron a partidos ecologistas en el mundo que servirían a los intereses del capital. El capital invirtió y controló la educación, la ciencia y el ingeniero ambiental.

Hoy tenemos que las principales instituciones científicas más relevantes en el mundo son las universidades estadounidenses e inglesas. Es ahí donde se produce la ciencia ambiental y los científicos que le sirven acríticamente. Son los que controlan la ciencia ambiental, cómo se concibe, su metodología y hacia dónde se dirige. Las revistas especializadas están a su servicio porque a través de ellas se controla la narrativa ambiental. Es en estas instituciones educativas del primer mundo en donde el capital financierista logró un triunfo espectacular, cultural hasta cierto punto pues no todo fue un ascenso continuo.

En última instancia triunfó la idea de que el pensamiento ecológico puede coexistir con el capital. Es decir, cohabitan en un mismo lugar ambientalismo y sionismo financiero y tecnológico. No olvidemos el papel que jugó en este terreno el pentágono y el gobierno estadounidense al crear el Silicon Valley. Todas las empresas que nacieron del apoyo del pentágono y con el respaldo gubernamental de EU y que impulsaron la revolución tecnológica digital siempre tienen algo que ver con la guerra pues el ADN gringo que le inyectaron nace de las navegaciones espaciales aplicadas a la guerra como ocurre con Ucrania y ahora en Irán. 

Por lo que el ambientalismo que dominó el mundo es un ambientalismo de la guerra que tiene su lugar en el escenario ya apuntado. Tiene bases ideológicas y políticas en el Partido Demócrata de EU así como en Europa, particularmente en Alemania. Las fuerzas estadounidenses porque decidieron derrotar al ambientalismo radical y manejarlo de tal manera que pudiera coexistir con el capital ante un hecho que es real y que ya anunciaban las corrientes ecologistas: la finitud del mundo. Y, por otro lado, en el caso de Europa, en la medida en que no tienen petróleo y eran dependientes de Rusia, pues las tecnologías ecológicas los liberaban de la siempre presente y creada “amenaza” rusa.

Ahora bien, no todo fue miel sobre hojuelas. Una fracción del capital fue poco a poco siendo desplazado e, igualmente, culpabilizado del desastre ambiental, real: la industria petrolera y los capitales texanos, dicho sea de paso. El siglo XXI estaba pensado por los demócratas como el siglo en el cual materializarían su proyecto “ambiental” que sería coronado con un rol político apoyado por los europeos que se jugaban la vida: nace la “revolución de colores”. Es decir, estrategia “ambiental” apoyada en la vida real por las revoluciones de colores muy a modo pues sustituían antiguo discurso marxista de la revolución obrera por la del ciudadano de la posmodernidad.

Había otro factor: la existencia del Estado israelí. Como se sabe fue creado durante la posguerra para proteger los intereses de EU en le Golfo Pérsico. No se trató de cualquier Estado sino de uno que era respaldado por la banca mundial en donde el capital de origen judío es predominante y en una región en donde está el asiento de la producción petrolera por excelencia soporte del capitalismo financiero y del dólar estadounidense. El capital financiero de origen judío respaldó el proyecto demócrata y europeo. De hecho, los grandes aliados del estado israelí son los demócratas.

Los magnates de la industria petrolera mundial y estadounidense no iban a quedarse cruzados de brazos ante la andanada de reproches que recibió del ambientalismo imperial. Entonces aparece Trump como personaje a modo para encabezar a las fuerzas petroleras a punto de ser aplastadas por el ambientalismo del poder. Recordemos. La sociedad estadounidense fue lastimada por su propia burguesía que decidió llevarse la producción hacia China, en donde pagaban salarios 90 por ciento más bajos que en EU. La revolución de colores como que estaba lejos de sus aspiraciones populares que habían conseguido durante la posguerra con la industria alimentada por petróleo. 

Dicen algunos analistas que durante décadas los sionistas (yo agrego a los magnates petroleros y las monarquías del Golfo Pérsico, entre otros) estuvieron esperando que llegara un tonto a la Casa Blanca al que pudieran comprometer como ocurrió con el caso Epstein y que les hiciera caso en sus estrategias de recuperar el poder en el mundo. Trump no es únicamente el presidente más “pro israelí” que haya existido sino el que encabeza el regreso de una fracción de los magnates petroleros estadounidenses y de las monarquías del Golfo Pérsico que quieren mantener la reproducción del capital anclado en el petróleo. 

¿Qué papel juega Irán? Es el descarrilador de los juegos del poder de las élites imperiales.

 

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