Diversidad: otras formas de mirar
Por Dalila Ayala Castillo*
El día en que supe que estaba embarazada fue el día más feliz de mi vida. Fue un día lleno de alegría, emotividad e ilusiones.
Contrastaba mucho con los días anteriores a la aplicación de la prueba, ya que estos se caracterizaron por incertidumbre que se traducía en puro silencio.
Yo sabía que había algo raro en mi reciente aversión al olor y sabor del café. Pero no lograba pensar más allá de eso.
Cuando supe que Daniel estaba dentro de mí me llené de tanto amor hacía él que inmediatamente pensé en tenerlo. Sin embargo, pronto recordé las palabras que un médico me dijo en esas consultas aleatorias a mis 17 años: tú no te puedes embarazar eh.
Me llené de miedo de poder dañar a Daniel con mi cuerpo. Me daba terror, lastimarlo que sufriera ahí dentro.
Ese miedo se incrementó cuando una persona cercana a mí me aseguró que por nuestro nivel económico no éramos capaces de criar niños felices, lo paradójico fue que ella misma ya era madre. El miedo llegó a un nivel más alto cuando mi pareja logró articular algunas palabras, aunque solo pudo expresar “tengo miedo de tu cuerpo”.
En ese momento las sentí sensatas y hasta cierto punto lo entendí, ¡Claro, yo también tenía miedo de mi cuerpo! De no poder gestarlo mucho menos criarlo y lograr que fuera un niño feliz. Aunque por supuesto lo menos que quería era escuchar ese tipo de comentarios. Deseaba escuchar que me apoyaba y que todo saldría bien. Pero eso no sucedió.
Quisiera que este relato fuera un caso aislado. Sé que existen mujeres con discapacidad maternando en este momento, que cuentan con redes de apoyo más firmes y amorosas. Pero también sé que históricamente la maternidad se ha negado o ha sido vigilada en muchos países alrededor del mundo y en distintos puntos de la historia.
El paternalismo médico y el prejuicio social se han fundamentado en un imaginario capacitista, en el que se cree que las personas con discapacidad no pueden realizar actividades de valor o de responsabilidad como las personas consideradas normales.
A las mujeres con algún tipo de discapacidad se nos ha exigido que seamos cien por ciento autónomas, autosuficientes e independientes si queremos ser madres, cuando las mujeres sin discapacidad tampoco lo son y no tienen porque serlo.
Incluso como resultado de esta infantilización de las mujeres con discapacidad y del paternalismo médico, durante el siglo XX se aplicaron esterilizaciones forzadas a mujeres con discapacidad dentro de proyectos políticos eugenésicos.
Desde un consejo, un regaño o una “recomendación” sin una correcta evaluación médica y un debido consentimiento informado, en el que se le explique a la paciente los resultados de la evaluación médica, vulneran el derecho a la maternidad de las mujeres con discapacidad establecido en la Convención sobre los Derechos de las personas con discapacidad (art. 23) y en la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (art. 16).
En el mes en el que se conmemora el día internacional de la mujer quise compartir este relato, no con el fin de culpar a alguien, sino con el compromiso de que reflexionemos sobre nuestros prejuicios aprendidos sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos y sobre los cuerpos y capacidades de los otros. Nadie es completamente autónomo. Somos seres que vivimos en colectividad, que formamos redes de apoyo entre nosotros, que tenemos derecho a cuidarnos, a cuidar a otros y a ser cuidados.
Con el propósito de que mi caso y el de otras mujeres que han pasado por situaciones similares nos enseñe que los miedos y creencias que tenemos sobre las capacidades del cuerpo de otro nunca debe estar por encima de sus derechos humanos, en este caso de su derecho a formar una familia y a decidir libremente sobre su deseo de tener hijos.
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Mujer con discapacidad motriz. Estudiante del Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara, Maestra en Estudios Filosóficos.


