Dime cómo son los parques, y te diré a quién está expulsando su ciudad

#VocesDelAhuehuete

En memoria de Rossana Reguillo
mentora de este espacio,
que dedicó su vida a entender el poder para desmontarlo, cuestionarlo y desnaturalizarlo,
con la esperanza de que las luciérnagas que luchan por la vida
sigan alumbrando nuestro camino.

Por Tonantzin Moya / @huitlacohi (X) / @tonantzin_moya (IG)

Conflictos de poder sobre el tercer espacio de Guadalajara

Los espacios públicos deberían diseñarse desde las necesidades de toda la población. Su ubicación, sus vías de acceso, el mobiliario, las plantas escogidas, e incluso -o más aún- los reglamentos sobre su uso: todo debería facilitar que la vida cotidiana se desenvuelva ahí. Que prospere. Que se encuentre para crecer. Pues forma parte de lo que los urbanismos feministas llaman “infraestructuras de la vida”, que son las infraestructuras que permiten sostener la vida cotidiana de las personas.

Por eso, hicimos un recorrido por los parques, Parque Rojo, Parque Mirador, Parque San Rafael, Parque Resistencia Huentitán, Parque Ávila Camacho, para observar y preguntarnos si los parques ofrecen la infraestructura necesaria para que la vida transcurra en ellos. Como espacios en tensión, nos encontramos con mucha vida, naturaleza, lucha, encuentro, y a la vez arquitectura hostil, vigilancia, control, y en algunos casos ordenamientos que sofocan las prácticas que la comunidad organiza de manera natural.

Escenarios donde se juega, o se disputa, fundamentalmente, qué tipo de encuentro es posible, quiénes pueden quedarse, quiénes deben irse, y bajo qué condiciones se negocia la vida en común. Al recoger las experiencias de quienes habitan y quienes defienden estos espacios nos invadieron preguntas incómodas: 

¿Por qué se tiene que disputar el espacio público? ¿Qué está pasando en los parques que obliga a defender sus ecosistemas junto con el derecho a permanecer, a vincularse, a recordar en el espacio y a existir en lo común?

La brecha que gesta los conflictos

En teoría, un parque es a la vez un espacio público y un tercer espacio. Eso implica que su función es facilitar que todas las personas puedan acceder a ese lugar en condiciones dignas, y disfrutar de ellos, habitarlos. Encuentro, tensiones, reconocimiento del otro y organización colectiva. Pero, el deber ser de estos espacios supone un reto administrativo y de gobernanza porque implica reconocer y atender distintas necesidades de movilidad, cuidado, encuentro y permanencia. Y, aún más difícil, diseñarlos y administrarlos con la apertura necesaria para que la diversidad de la vida florezca ahí.

Además, también deberían ser un ejemplo de encuentro y cuidado de la vida natural. Al formar parte de un ecosistema urbano, constituyen pulmones para la ciudad con funciones hídricas, de preservación y de regulación ambiental específicas. Por eso pesa tanto que esta dimensión de la vida no humana sea tan desdeñada administrativamente, y sean árboles, plantas, aves e insectos quienes se encuentran en el último peldaño de la jerarquía del ordenamiento,  en total indefensión, a merced de intereses “más grandes”. Los árboles gigantes del parque mirador, los mantos freáticos interrumpidos en parque San Rafael, los loros que habitan en sus árboles, la introducción de especies ajenas al ecosistema donde se plantan, y una pésima administración del muérdago y de la “reforestación.” Hechos que se repiten en cada parque de la ciudad.

Así, entre el deber ser, lo que la gente y nuestro ecosistema necesita, y lo que los habitantes de la ciudad construyen en los parques, hay una brecha. La planeación del espacio no está situada en el territorio. Y ahí, emergen los conflictos.

Las funciones de los parques

Es necesario entonces, puntualizar en qué consiste la afectación  que provoca una mala gestión de los parques. En este capítulo logramos identificar distintas vocaciones de los parques: ser infraestructuras de cuidado para la sociedad, ser pedagogías y contra-pedagogías para sus habitantes, y, sobre todo, propiciar un lugar para que se encuentren los pares y los impares, es decir, donde la diferencia se reconozca y negocie sin necesidad de llegar a la violencia. 

Ahí no puedes elegir con quién te cruzas. El tianguero, el skater, la adulta mayor que baila, el joven con una consigna política, familias que acuden a un torneo de Beyblade, la persona que vende tamales para sostener el día. Todos ellos, sin pedir permiso, cohabitan. Y en esa cohabitación forzada ocurre algo que el poder no puede controlar del todo: la política.

La política, en sentido estricto, es mucho más que administrar necesidades y recursos. Es construir juntos, pese al desacuerdo. Nuestro invitado Joaquín Arteaga —mediador cultural, maestro y gran lector de Rancière— nos recordó en el programa que el parque no es solo para que te encuentres con tus iguales a pasar un buen rato. Es también un lugar para encontrarte con los “otros”, toparte con el desacuerdo, y verte en la necesidad de reconocerlo, de negociar, y de construir reglas sobre la marcha. Por eso tiene una función vital cuando se desea construir la paz, pues a través del encuentro espontáneo, resuelve problemas antes de recurrir a la violencia.

Trabajo colectivo en Parque San Rafael. Fuente: Archivo Propio

Y también, hay otro momento en este hacer político, cuando quienes no tienen parte —quienes no cuentan o están al final de las jerarquías impuestas por el orden establecido— irrumpen e interrumpen ese orden organizándose y creando. Es otra forma de desacuerdo de los segregados socialmente que cuestionan sus derechos negados sistemáticamente construyendo un espacio de disenso donde los ejercen sin pedir permiso. Donde pintan sus murales, donde se organizan en una Mercadita separatista, donde salen a las 3 de la mañana a evitar la tala de sus gigantes o a liberar a los loros que encierran con redes. El parque permite que el desacuerdo se transforme en su potencia constructiva y redistributiva. No porque sea un lugar armónico —Dios libre—, sino precisamente porque es un lugar de fricción. De roces que duelen y que también enseñan.

Las enseñanzas de las tiangueras de la Mercadita del Parque Rojo son mucho más que la simple organización. Los skaters y las personas mayores compartían el mismo piso, a veces chocando, a veces riendo, a veces bailando. Los muralistas pedían permiso —o no—, y eso generaba conversaciones incómodas pero necesarias.

Eso también es hacer política: la capacidad de encontrarse con quien no se parece a uno y, desde ahí, construir algo común.

Lo que el poder que reordena o reapropia —con sus remodelaciones, sus reglamentos, su arquitectura hostil, sus discursos de “orden” y “limpieza”— en realidad expulsa cuerpos incómodos. Rompe peligrosamente el Vínculo, en mayúscula, pues abarca el encuentro entre iguales, entre diversos, entre especies. Y sin vínculo, desarticula y despolitiza el arraigo. Impide que ese encuentro, desordenado, ruidoso, vuelva a ocurrir. 

Ejercido así, se parece más al poder entendido por Foucault que al poder que normalmente entendemos desde la lógica capitalista partidista, pues mientras reprime, produce. Disciplina. Forma. Y el parque es uno de sus dispositivos más eficaces para enseñar, calladamente, quién manda y quién obedece. Cuál es la jerarquía social en esta ciudad. Y quiénes deben salir en la foto y quiénes han de seguir errantes buscando espacios que les permitan ser, aunque sea momentáneamente.

Las violencias del orden: controlar el vínculo

¿Cómo se ejerce ese disciplinamiento? Es la pregunta más incómoda que nos hicimos durante los programas. Pues encontramos que hay un repertorio de mecanismos, basados en violencias, en los parques de Guadalajara.

No son errores. No son negligencias. Son mecanismos:

Hay una violencia ecológica que trata a los árboles como mobiliario, a las aves como plaga, al agua como un estorbo. Se tala, se poda en exceso, se interrumpe el ciclo natural para privilegiar lo visual sobre lo vital. El agua se desvía para posibilitar nuevos condominios, aunque seque mantos acuíferos que van a cada zona de la ciudad. Los seres no humanos también son expulsados.

Hay una violencia discursiva que nombra para justificar. “Recuperar” un espacio que ya estaba habitado. “Regularizar” lo que ya funcionaba. “Limpiar” para lo que en realidad es borramiento. Una y otra vez vimos que el lenguaje que aparentemente describe, ejecuta mientras legitima ante la mirada pública. Criminaliza y crea culpables para que se vuelva una necesidad, y siempre queden ocultas tras las palabras las verdaderas omisiones y los verdaderos objetivos.

Hay una violencia simbólica que borra la memoria. Los murales, las cédulas de búsqueda de personas desaparecidas, las marcas de apropiación colectiva sobre el espacio público. Todo eso desaparece bajo una capa de pintura o bajo un reglamento que prohíbe “expresiones no autorizadas”. El derecho a recordar en el espacio es también un derecho político completamente amenazado en esta administración.

Hay una violencia de expulsión que opera con operativos, pero también con diseño hostil: bancas que no permiten recostarse, pérgolas que se retiran, enchufes que se tapan. No se elimina todo. Se elimina lo que incomoda: la organización, la comunidad, las formas de encuentro que no encajan.

Y hay una violencia por abandono: dejar morir el espacio para luego, con la coartada del deterioro, intervenirlo a favor de intereses inmobiliarios o comerciales.

Todas estas violencias apuntan a lo mismo: desarticular el arraigo. Romper los lazos entre las personas y su entorno para hacer posible otra forma de habitar: más controlada, más rentable, más silenciosa. Controlar el vínculo es una forma de poder. Y romperlo, una forma de violencia que tenemos que nombrar para dejar de normalizarla.

El parque como escenario pedagogizante

Pero el parque no es solo víctima de esa violencia. También es, paradójicamente, su escenario de ensayo. Porque los parques enseñan.

Enseñan a no tirar basura, a cuidar los árboles, a respetar turnos. Pero también enseñan otra cosa, más sutil y más profunda: qué intereses valen más (el orden sobre la vida, la estética sobre el uso, la inversión sobre el cuidado); qué cuerpos importan (quién puede quedarse y quién debe irse); cómo se trata la diferencia (si se integra, se tolera o se expulsa).

Como lo sugería Foucault, el poder más fuerte no es el que prohíbe, sino el que forma. Y el espacio es uno de sus dispositivos más eficaces. Lo que hoy se naturaliza en un parque —la expulsión, la limpieza, la jerarquización— mañana se acepta en la ciudad entera. Los parques son microescenarios donde la ciudad ensaya lo que después institucionaliza a gran escala.

Sin embargo —y aquí está la otra mitad de la historia—, en esos mismos parques emerge una contrapedagogía del habitar. La que se aprende en el encuentro forzado, en el cuidado, en la memoria que no se deja borrar e insiste en permanecer.

La Mercadita del Parque Rojo no solo fue un mercado informal: fue una escuela de mediación, de negociación, de construcción de reglas comunes entre grupos muy diversos. En el Mirador, la defensa del territorio ha construido un saber situado sobre la Barranca y sus habitantes. En San Rafael, el conflicto por el agua obligó a los vecinos a entender algo que nunca les habían explicado: cómo los mantos freáticos sostienen la vida de toda la zona metropolitana.

Esa es la política del desacuerdo en su versión más fértil: no la imposición de un orden, sino la irrupción de quienes no cuentan, obligando a todos los demás a reconfigurar el mapa de lo visible, lo decible y lo posible. Y en ese proceso, lo que ocurre no es solo resistencia al poder. Es creación de lo común.

La memoria como práctica y el arte como permanencia

Los parques sí son escenarios de control. Son también archivos vivos. Lugares donde las personas inscriben memoria, vínculo y experiencia compartida. Aunque se borren los murales, aunque se talen los árboles, aunque se expulsen los cuerpos, permanece la memoria.

La memoria no es pasiva: es una práctica. Y en los parques de Guadalajara, esa práctica toma formas diversas.

Hay una memoria encarnada que habita en los cuerpos que regresan, que insisten, que se sientan aunque las bancas ya no estén. Hay una memoria colectiva que se construye en la organización vecinal, en las redes de cuidado, en las narrativas compartidas sobre lo que el parque fue. Hay una memoria inscrita que se marca en murales, en objetos, en configuraciones que aunque se borren, dejan rastro y suelen volver. Hay una memoria enunciada que nombra el despojo, la expulsión, la violencia, y con ese nombramiento disputa el sentido. Y hay una memoria proyectiva que imagina otro futuro posible para el espacio.

Estas memorias se entrelazan, se sostienen, se activan frente al intento de despojo. Por eso cada intervención urbana que reorganiza el espacio reorganiza también la memoria. Y al hacerlo, activa una respuesta. Una disputa por lo que puede ser recordado, por lo que puede permanecer, por lo que merece existir en lo común.

Murales en Parque Rojo. Fuente: Brote.doc

Frente a la lógica que organiza desde la eficiencia, el control y la rentabilidad, emerge otra forma de organización: la creación colectiva. No como adorno. No como política cultural institucional. Sino como práctica viva.

El arte, en estos espacios, no busca embellecer la ciudad. Busca abrirla. Es la excusa para encontrarnos. Para hacer comunidad. Para sostener lo que el orden intenta disolver.

Por eso, en el Parque Rojo, los murales, la música, el baile, la venta, el encuentro son formas de decir “aquí estamos”. En San Rafael, la organización vecinal cuida el agua como si fuera propia —porque lo es. En Huentitán, la defensa del territorio es un acto de memoria encarnada.

Frente a la narrativa del arte como expresión de la belleza ordenada, contenida, institucional, la práctica del arte política habita en el conflicto, el vínculo, en la posibilidad de integrar voces diversas para repensar lo común. El arte es a la vez una forma de expresar lo silenciado -incluyendo los conflictos que no se ven-, y es otra forma de permanecer.

Narrando las historias de los parques, encontramos que tienen en común una disputa fundamental: la disputa por quién puede habitar la ciudad y bajo qué condiciones.

Dime cómo trata una ciudad sus parques y te diré qué cuerpos quiere borrar, qué memorias quiere olvidar, y qué formas de vida le son prescindibles.

Pero también, si miramos bien, los parques enseñan “las otras” cosas. Enseñan que incluso en los intentos de control, la vida encuentra formas de insistir. De reunirse. De crear. De resistir. Y de recordarnos que la ciudad no puede evitar desbordarse, está en su naturaleza, pero cuando se habita en común —con todas las incomodidades, las fricciones y las negociaciones que eso implica— todavía puede ser otra.

**
“Voces del Ahuehuete” es un programa en la radio comunitaria de Guadalajara “La Coyotera”, 102.3 FM., el cual se trasmite todos los lunes a las 12:00 horas. Aquí conversamos de memoria, resistencia, cuidado y comunidad. Escuchamos a quienes defienden el agua, el bosque, el barrio, la dignidad. Narramos las luchas que no siempre ocupan los titulares, pero que transforman el mundo desde abajo. Creemos que la memoria es una forma de justicia. Que nombrar es acompañar. Que imaginar es político. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs que apuestan por una comunicación que haga visible lo que se construye con esperanza situada, organización comunitaria e imaginación política.

***
Podemos seguir la conversación en las próximas emisiones porque las pláticas donde podemos escucharnos y reconocernos siempre valen la pena.

Instagram:
instagram.com/vocesdelahuehuete/?hl=es

Youtube:
https://www.youtube.com/@VocesdelAhuehuete

Comparte

ZonaDocs
ZonaDocs
Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer