#HastaEncontrarles
“Cascaritas por la memoria” es una acción de protesta recreativa que comenzó el pasado 26 de abril en el Parque San Jacinto, ubicado en Guadalajara, Jalisco. La convocatoria la lanzó el colectivo ‘Luz de esperanza’ con el propósito de usar el futbol como un puente informativo para visibilizar la crisis de desaparición forzada en el estado y país.
Texto y fotos por Aletse Torres / @aletse1799
A las cientos de fichas de búsqueda que cada domingo pegan las familias que integran el Colectivo Luz de Esperanza, también se le sumaron varios balones de futbol. Ese día, 26 de abril, marcó el inicio de las llamadas “Cascaritas por la Memoria”, una acción de protesta con la que las familias buscadoras buscan aprovechar la fiebre mundialista que se vivirá en el estado con mayor número de personas desaparecidas en México. El objetivo es visibilizar a las miles de personas desaparecidas, más de 133 mil en todo el país, y más de 16 tan sólo en Jalisco.
Las familias buscadoras llegaron al Parque San Jacinto. Primero en pequeños grupos, cargando bolsas, carpetas, rollos de cinta, como si cada objeto tuviera ya una función aprendida en la rutina de buscar. Sin necesidad de indicaciones, se organizaron: dividieron las fichas, formaron bloques y se distribuyeron el parque.
Las miles de personas desaparecidas que hay en México suelen reducirse a reportes estadísticos, pero aquí en “la pega de fichas dominical”, todo ello se traduce en rostros e historias. En hojas impresas que pasan de mano en mano hasta quedar pegadas en cualquier superficie disponible.
Las familias avanzaron por el parque colocando fichas buscadoras en postes, esculturas, muros. Más de tres mil fichas, en unas cuantas horas. Cada una con un nombre, una fecha, una historia detenida.

La pega no es un acto simbólico aislado: para ellxs una forma de insistir en la presencia, de hacer visible a quienes no han regresado en un espacio que sigue funcionando como si nada hubiera pasado.
Colocar una ficha también tiene su técnica, las familias primero pasan una capa de sellador sobre la superficie, luego la hoja con el rostro, la palma de la mano presionando para fijarla bien, recorriendo las orillas, y encima otra capa para asegurar que no se despegue. Es un gesto que se repite una y otra vez, casi mecánico, pero nunca automático: en cada ficha hay una pausa breve, una mirada, como si en ese contacto también se afirmara que esa persona sigue ahí.


Mientras eso ocurría, el parque continuaba. Personas caminando, haciendo ejercicio, atravesando el lugar. Algunas se detenían a mirar, otras seguían de largo. La escena no interrumpe la vida cotidiana, pero la confronta.
Al terminar, las familias se reunieron. “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”, gritaron. La consigna cerró la pega, pero no la jornada.


Y rodó el balón con esperanza…
Minutos después, en una plancha de cemento, comenzó otra acción. Colocaron botes como porterías, marcaron una cancha improvisada y armaron equipos de cinco personas. Tres partidos. Voluntarios contra buscadores, niñas y niños, adultos. Las “cascaritas por la memoria” fue el nombre que le dio el colectivo.
El balón rodó mientras las fichas permanecían alrededor. Los rostros seguían ahí, mirando desde los postes, desde las bardas, desde las lozas. Algunas familias se sentaron a observar; otras participaron. No es un evento deportivo en sí, sino una forma de ocupar el espacio, de abrirlo.
El señor Héctor, padre de Héctor Daniel Flores Fernández, desaparecido el 18 de mayo de 2021 en Guadalajara, se mantiene cerca de la cancha mientras observa el movimiento. Va y viene entre quienes juegan y quienes miran.

Desde ahí explica por qué decidieron sumar las cascaritas a la jornada de pega.
“Queremos que la gente se una, que no solo seamos las familias. Que quien esté aquí, quien observe, pueda acercarse, participar. La idea es generar conciencia”, dice.
No lo plantea como una invitación abierta solamente, sino como una necesidad: que la búsqueda deje de ser un asunto aislado.
Para él, estas acciones también responden a un contexto más amplio.
“Hemos visto cómo se intenta negar lo que está pasando, como si no existiera esta crisis”, señala. Habla de discursos que minimizan las desapariciones, de la normalización.
“Pero el conocimiento es lo único que puede generar empatía. Si la gente no sabe, no se involucra”. En ese sentido, las cascaritas funcionan como un punto de entrada distinto: no desde el discurso directo, sino desde algo cotidiano, cercano.


Asimismo, explica que las condiciones actuales de búsqueda son cada vez más complicadas, señala que los procesos se han vuelto más largos y más burocráticos.
“Antes podíamos tener acceso a ciertos apoyos de forma más directa. Ahora todo pasa por más instancias, más solicitudes. La Comisión de Búsqueda tiene que pedir a la nacional, y luego baja otra vez. Todo eso retrasa”. Hace una pausa. “Y mientras, el tiempo sigue”.
Insiste en que no se trata de falta de herramientas, sino de voluntad, ya que acorde al padre las leyes están, los protocolos existen, pero si no hay condiciones para aplicarlos, no sirven.
“Con que las autoridades hicieran lo mínimo que marca la ley, la situación sería distinta. Habría presupuesto, habría personal, habría acompañamiento. No es inventar algo nuevo, es cumplir” menciona.

En medio de esa realidad, el contexto del Mundial de 2026 aparece de forma inevitable. Guadalajara será sede y la ciudad ya muestra cambios.
“Nosotros no estamos peleados con el fútbol”, aclara. “El deporte en sí es algo bonito, une, genera comunidad”. Pero el contraste es evidente. “Se están invirtiendo cientos de millones en espacios públicos, en imagen, en infraestructura. Y la Comisión de Búsqueda tiene un presupuesto mucho menor para todo un año. Hay una diferencia clara en las prioridades”.
Por eso, dice, decidieron usar ese mismo lenguaje. “Si el fútbol está en todos lados, entonces también puede ser un vehículo para hablar de esto”.
Las cascaritas no buscan competir con esa narrativa, sino insertarse en ella, para las familias es una forma de tomar estos espacios, de no perderlos, de en palabras de las familias “decir que aquí también estamos, esto también está pasando”.
Alrededor de la cancha, algunas personas se acercan con curiosidad, y leen las fichas, se quedan unos minutos. Otras solo observan desde lejos. No todos participan, pero la escena se queda: un partido en curso, rodeado de más de tres mil fichas con rostros de personas desaparecidas.
Las familias planean mantener la dinámica cada fin de semana y reforzarla durante el Mundial. Llevar las cascaritas a otros puntos de la ciudad, como el Centro Histórico o las inmediaciones de la Catedral, donde el flujo de personas es mayor. La intención es sostener la presencia, mover la búsqueda hacia donde está la gente.
Al final, cuando la jornada termina, el parque no se limpia ni se desmonta. Las fichas permanecen en los postes, en los muros, en las esculturas. Los rostros se quedan ahí, visibles.
La búsqueda tampoco se retira. Permanece.





