La vida sobre ruedas

Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
Alguna vez los hemos visto tratando de subir escaleras en los edificios, banquetas o lugares donde no hay rampas . Algunos van solos y otros empujados por algún familiar, amigo o un desconocido.
Algunos nacieron caminando, sintiendo el latido de la tierra y otros solo escuchando su sonido desde que tienen uso de razón y se dieron cuenta que no podrían andar en dos pies.
La mayoría vive primero con sus familias procurando vidas normales. Los pocos sobreviven en las calles.
Pero la mayoría están censados. Acceden a los apoyos institucionalizados y no falta el gobierno municipal que regala una silla de ruedas o cualquier otro apoyo social. En algún momento divisamos a uno o a dos en la escuela.
En los tiempos de elecciones, el político presume a su lado la silla de ruedas que le ha donado o si le está entregando una despensa o una beca escolar.
En los eventos públicos e incluso privados, son los que más son fotografiados con el que acaba de celebrar el día del Discapacitado o algo que se les haya ocurrido.
Después, cierto, no sabemos qué pasa con ellos. A dónde van. Con quién y cómo viven. Quién los atiende y vela por su salud y bienestar.
Rara vez coincidimos con alguien trabajando en una tienda de autoservicio o en otro negocio en cumplimiento a la ley laboral que les pone dos piernas.
Ahora volvemos a saber de todos ellos a través de las noticias que son como las ventanas de sus casas que se abren muy poco o la claridad que llega cuando salen de vez en cuando a pasear al parque, a una plaza comercial o una fiesta familiar.
Dentro de las casas que no visitamos, las estancias que ni sabemos que existen, o que son las que dependen de los DIF de los gobiernos estatal o federal, viven en total 260 mil personas mexicanas.
La cifra que nos desagrega el Comité de los Derechos de las Personas con Discapacidades de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) es de carne y hueso de quienes apenas están iniciando una vida o de los que suman más años: 140 mil son niños y 120 mil adultos que viven aislados en estancias o encerrados en sus casas.
Un grupo de investigadores indagó durante una década el desarrollo de las personas que viven sentadas en una silla de ruedas y encontró casos de quienes permanecieron hasta 35 años en centros diseñados para estancias breves a los que fueron llevados por su familia o algún pariente.
El Comité de los Derechos de las Personas con Discapacidades de la ONU habla de una violación sistemática a los derechos de quienes no pueden valerse totalmente por sí mismas, mucho más si son pequeños o ancianos.
La cifra es una especie de conciencia colectiva que ha puesto a circular la nota que consignó hace unos días el periódico La Jornada para poner nombre a quienes han hecho de la silla de ruedas su sostén. Las dos piernas metálicas que ruedan todo el día en círculos o de un cuarto a otro, o a la sala.
Ahora que volvamos a verlos tenemos que pensarlos así: mirando por las ventanas, solos, en su casa o en una estancia. Sin una mano familiar o una extraña que empuje la silla de ruedas para salir al parque quizá solo a recibir los besos del aire, o a oír los latidos de la tierra que sigue viva.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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