El cansancio también es político

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho /@andybrauni,  coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica

Mayo se acerca con sus flores de papel, sus festivales escolares, sus mensajes agradecidos, sus desayunos apurados y esa costumbre ya instalada de celebrar a las madres como si bastara con nombrarnos para siquiera dimensionar lo que sostenemos.

Cada año me incomoda un poco esa escena.

No porque no haya amor en ella. Claro que lo hay. Hay niñeces recitando poemas, manos pequeñas entregando dibujos, gestos genuinos de ternura. Pero alrededor de todo eso persiste algo más difícil de mirar: la facilidad con que seguimos aceptando el agotamiento de las mujeres, especialmente de las madres, como si fuera parte inevitable del día a día.

Quizá por eso mayo me hace pensar menos en la celebracióny más en el cuerpo…

En el cuerpo que despierta antes que otros.
En el cuerpo que recuerda pendientes ajenos.
En el cuerpo que organiza, anticipa, contiene, administra, resuelve.
En el cuerpo que a veces sigue de pie mucho después de haberse vaciado…

Llega un momento en que el cansancio deja de parecer un estado pasajero y empieza a sentirse como una forma de vida. Se instala en la espalda, en la mandíbula, en la memoria, en el sueño. Se vuelve un ruido de fondo. A veces una aprende a hablar desde ahí, a amar desde ahí, a trabajar desde ahí, a contestar mensajes, preparar loncheras, acompañar tareas, hacer compras, pedir citas, sostener crisis, cuidar emociones, mediar silencios, planear cumpleaños, recordar medicinas y todavía parecer funcional.

Eso también dice algo de la sociedad en que vivimos.

Porque el cansancio de las mujeres no nace únicamente de todo lo que hacemos. Tampoco se explica solo por falta de organización, como tantas veces se insinúa desde discursos que individualizan y demeritan todo. Hay agotamientos que se producen socialmente. Fatigas que tienen historia. Desgastes que se acumulan sobre ciertos cuerpos con una insistencia que ya no puede leerse como casualidad.

Hay una parte de la vida cotidiana que sigue descansando, casi sin hacer ruido, sobre el cuerpo de las mujeres. Horarios, cuidados, rutinas, vínculos, celebraciones, tareas escolares, citas médicas, compras urgentes, cumpleaños recordados a tiempo, ropa limpia, comida lista, conversaciones incómodas, angustias, duelos familiares, estados de ánimo que alguien tiene que leer antes de que se desborden.

La realidad es que casi nunca aparece todo junto. Tal vez por eso cuesta tanto verlo. Pero está ahí: repartido en pequeños gestos, escondido en lo que parece mínimo, sostenido por una disponibilidad que se ha vuelto tan normal que muchas veces solo se logra percibir cuando falta, cuando ya no está.

Y esto no es solo una impresión, en México, las mujeres dedicamos en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados, mientras que los hombres, 18.2. La brecha sigue ahí incluso cuando también existe empleo remunerado. Y por eso a veces el cansancio no viene solo de todo lo que una hace, sino de la manera profundamente desigual en que sigue repartiéndose lo indispensable.

Cuando maternamos esto se vuelve todavía más evidente.

No hablo solo del trabajo físico, que ya de por sí es inmenso. Hablo de esa administración silenciosa de la vida que rara vez se nombra completa. La madre que sabe qué uniforme toca. La que recuerda la fecha límite. La que lleva el registro mental de lo que hace falta en la despensa. La que nota un cambio en el ánimo. La que sabe cuándo un berrinche no es berrinche. La que percibe un cambio en el aire y entiende algo antes de que nadie diga una palabra.

Entonces hay un cansancio que viene de hacer y otro, quizá más hondo, que viene de estar siempre disponible para percibir.

Ese segundo cansancio rara vez entra en las felicitaciones del 10 de mayo.

Nos celebran por amorosas, por entregadas, por fuertes, por incondicionales. Nos agradecen la paciencia, el sacrificio, la presencia constante. Lo que casi nunca se pregunta es por el precio de esa constancia. Qué parte del cuerpo se queda ahí. Qué parte del deseo. Qué parte del descanso. Qué parte de la vida propia se dosifica siempre para después, al margen, en los huecos que dejan los demás.

La cultura de la maternidad tiene una relación extraña con el cansancio. Lo reconoce apenas lo suficiente para romantizarlo. Una madre cansada suele ser leída como buena madre, como madre presente, como madre que da todo. Hay algo perverso en esa lógica: convierte el desgaste en prueba de amor y el sacrificio en medida de valor. Entonces la pregunta deja de ser por qué vivimos así de agotadas y se convierte en otra cosa: cuánto más estamos dispuestas a seguir sosteniendo antes de rompernos.

Por eso me importa nombrarlo como territorio político.

Porque cuando una mujer dice que está cansada, muchas veces no está hablando solo de sueño. Está hablando de una distribución desigual del tiempo, del cuidado, de la carga mental, del trabajo doméstico, del trabajo afectivo, de la disponibilidad emocional que se espera de ella incluso cuando nadie la ha pedido en voz alta. Está hablando de un sistema entero que sigue funcionando gracias a esa energía puesta casi siempre del mismo lado.

Y sin embargo, todavía se nos ofrece el autocuidado como si fuera respuesta suficiente.

Dormir más. Tomar agua. Hacer pausas. Respirar profundo. Ir a terapia. Encender una vela. Comprar una crema. Agendar un masaje. Todo eso puede ser valioso, claro, incluso necesario. Pero hay algo profundamente injusto en responder con soluciones individuales a cansancios que han sido producidos colectivamente.

También hay una trampa en ese lenguaje cuando se nos olvida que no todas las mujeres que maternamos y cuidamos tienen tiempo, dinero, red, descanso o un rincón propio para acceder a eso que hoy se nombra como autocuidado. A veces no hay quién cuide mientras una intenta parar. A veces no hay margen para dormir más, para salir sola, para comer caliente, para escuchar el propio cuerpo antes de volver a lo urgente.

Entonces la pregunta no es solo cómo descansamos mejor, sino por qué vivimos de maneras tan agotadoras. Y es que no estamos cansadas por falta de una rutina mejor, sino porque llevamos demasiado tiempo sosteniendo más de lo que nos corresponde, más de lo que podemos.

Y sí, la ternura no debería usarse para encubrir esa injusticia. Tampoco la admiración.

Nos dicen fuertes con una facilidad que a veces duele. Como si la fortaleza fuera una virtud abstracta y no la consecuencia de haber tenido que sobrevivir jornadas imposibles, dobles turnos, maternidades solitarias, duelos mal procesados, economías precarias, vínculos desiguales y una lista de pendientes que nunca termina. Hay elogios que no acompañan: solo vuelven admirable lo que debería ser inadmisible.

No quiero que el cansancio de las mujeres siga siendo leído como una falla íntima o como un destino natural. Me interesa pensarlo como huella. Como rastro visible de cómo se organiza la vida. Como prueba de quién cuida, quién carga, quién anticipa, quién renuncia, quién absorbe el impacto de todo lo que la familia, la escuela, el trabajo y el Estado no alcanzan o simplemente no quieren sostener.

A veces lo más político no entra con forma de consigna. A veces llega como una espalda contracturada. Como un llanto que aparece tarde, cuando por fin nadie mira ni escucha.Como una irritación que no era solo irritación, sino agotamiento añejo. Como esa sensación de haber pasado el día entero resolviendo la vida de otros y no encontrar, al final, ni un respiro para la propia.

Pienso en las madres que llegan a mayo con festivales paraasistir, encargos escolares, regalos simbólicos y sonrisas ensayadas para la foto. Pienso en las que reciben flores después de semanas enteras sin descanso real. En las que escuchan discursos sobre su amor incondicional mientras siguen cargando, casi solas, la logística emocional de la familia. Pienso en las que, incluso celebradas, siguen sin ser verdaderamente sostenidas.

Hay algo muy triste en eso.
Y también muy revelador.

Porque una cultura que agradece a las madres sin redistribuir el cuidado sigue pidiéndonos lo mismo, solo que envuelto en papel bonito.

Quizá ya es hora de desconfiar un poco de las celebraciones que no modifican nada. De los homenajes que no se traducen en tiempo, en descanso, en corresponsabilidad, en redes reales, en políticas públicas, en vidas menos extenuantes. Quizá ya es hora de dejar de admirar tanto la capacidad de las mujeres para sostenerlo todo y empezar a preguntarnos por qué ha sido necesario que aprendamos a hacerlo.

El cansancio también es político porque revela el lugar que seguimos ocupando en la maquinaria de lo cotidiano.

Revela quiénes son pensadas como respaldo permanente.
Quiénes amortiguan el caos.
Quiénes sostienen aun enfermas, aun tristes, aun exhaustas.
Quiénes siguen siendo llamadas cuando algo falta.
Quiénes viven con la sensación de no poder soltarse del todo.

Y también revela otra cosa: que este modo de vivir no tendría por qué parecernos normal.

Quisiera que mayo sirviera para algo más que para aplaudir madres cansadas.

Quisiera que nos obligara a mirar el costo de esa imagen tan celebrada. Que nos incomodara un poco la facilidad con que llamamos amor a ciertas formas de explotación femenina. Que nos ayudara a pensar en el descanso no como premio ni como lujo, sino como condición mínima de una vida digna. Que nos recordara que cuidar no debería equivaler a desaparecer dentro de las necesidades ajenas.

Tal vez una parte del problema está en que hemos aprendido a reconocer el cansancio solo cuando se vuelve extremo. Cuando ya hay enfermedad, colapso, enojo desbordado, llanto, aislamiento, hartazgo. Pero mucho antes de llegar ahí ya hay señales. Una fatiga persistente. Una mente que no deja de organizar. Un cuerpo que sigue respondiendo aunque por dentro esté pidiendo ayuda.

Escucharlo también es una forma de lectura política.

No para glorificar el agotamiento.
No para volverlo identidad.
Sino para preguntarnos qué condiciones materiales, culturales y afectivas lo producen.
Y qué tendría que cambiar para que las mujeres y especialmente las madres no vivamos constantemente al límite.

Porque no, no nacimos para estar así de cansadas.

Nos acostumbraron.

Que es distinto.

Nos acostumbraron a compensar, a resolver, a prever, a entregar tiempo propio como si no contara, a sostener vínculos como si no pesaran, a sentir culpa cuando necesitamos pausa, a llamar desorden a lo que a veces no es más que saturación, a seguir funcionando incluso cuando el cuerpo ya empezó a cobrar factura.

Escribo esto a las puertas del 10 de mayo, sí, pero también contra la facilidad con que la celebración pareciera borrar el costo. Lo escribo para empujar una pregunta incómoda: qué mundo seguimos reproduciendo cuando el cansancio de las mujeres se acepta como precio normal del amor, del cuidado y de la vida compartida.

Y lo escribo sobre todo para nosotras.

Para las que llegamos al final del día con la espalda llena de horas ajenas.
Para las que sostenemos más de lo que nombramos.
Para las que nos hemos sentido culpables por necesitar silencio, distancia, pausa.
Para las que amamos profundamente y aún así quisiéramos una vida menos extenuante.
Para las que estamos cansadas, no de amar, sino de todo lo que se monta encima del amor.

Nos urge imaginar otra realidad.

Una vida donde cuidar no implique desaparecer.
Una maternidad menos atada al sacrificio.
Una distribución más justa del tiempo, de la carga, de la presencia.
Un lenguaje menos enamorado de la fortaleza femenina.

Mientras eso ocurre, que no nos falten tribu, descanso, ternura y lucidez para nombrar lo que pesa. Pero, sobre todo, que no dejemos de insistir en esto: el cansancio de las mujeres no es una anécdota doméstica ni un problema de “actitud”. Es una señal. Una denuncia. Una forma en que el cuerpo avisa que la manera cómo sigue funcionando el mundo simplemente está equivocada.

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Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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