Bloque Rojo: una acción artística sobre violencia, memoria e impunidad

“Bloque rojo” es un video performance que busca visibilizar la fragilidad de la memoria frente a las desapariciones, los crímenes de odio y las violencias hacia la comunidad LGBTIQ+ en México. A través del desplazamiento de un bloque de hielo teñido de rojo por el centro de Guadalajara, David Hernández, artista independiente convierte el derretimiento en una metáfora de las historias que se borran social e institucionalmente cuando no son registradas, nombradas o reconocidas. 

Por Aletse Torres Flores / @aletse1799

Un bloque de hielo rojo avanza por el centro de Guadalajara. No es un objeto inmóvil ni una escultura destinada a permanecer: pesa, se arrastra, se desgasta contra el suelo y, conforme avanza, comienza a desaparecer. A su paso deja una huella líquida, roja, breve, casi incómoda, como si la ciudad hubiera sido obligada a mirar por unos minutos aquello que tantas veces aprende a esquivar.

Esa imagen sostiene Bloque Rojo (2026), un performance de David Hernández, artista multidisciplinar, quien retoma la acción El Hielo (1997), de Francis Alÿs, para recontextualizarla desde una preocupación propia: la memoria frágil de las violencias, los crímenes de odio, las desapariciones y las vidas de personas LGBTIQ+ que quedan fuera de los registros oficiales, de la conversación pública y, muchas veces, del reconocimiento institucional.

La obra fue presentada en Covers, una exposición que invitó a artistas a reinterpretar piezas existentes desde sus propios lenguajes. A David le interesó volver a El Hielo porque veía en esa acción una posibilidad abierta: trabajar con un material temporal, vulnerable, condenado a transformarse. 

Pero, en su versión, el hielo no solo se derrite. El hielo está teñido de rojo. El hielo remite a una sangre que no se nombra del todo. El hielo se convierte en cuerpo, en archivo, en rastro.La diferencia no es solo visual, para el artista al desplazar el bloque hasta desaparecer se transforma en preguntas para el Esto 

“¿Qué pasa con las historias cuando nadie las registra?, ¿Qué ocurre con las vidas que no entran en las cifras oficiales?, y ¿Cómo se recuerda a quienes han sido borradxs no solo por la violencia, sino también por la indiferencia, la negligencia o la falta de lenguaje institucional para nombrarles?”

Antes de esto, David realizó una investigación propia sobre desapariciones, crímenes de odio y violencias hacia personas de la comunidad LGBTIQ+. Su intención no era ilustrar una tragedia ni convertir el dolor en una imagen cerrada, sino producir un espacio sensible desde donde mirar aquello que se desvanece. En su lectura, el hielo funciona como una memoria frágil: existe, ocupa un lugar, pesa, pero inevitablemente se borra si nadie hace algo por conservarla.

Y es que para él en México, la desaparición no ocurre únicamente cuando un cuerpo falta. También se extiende cuando una historia deja de ser nombrada, cuando una vida no aparece en los registros, cuando las cifras no alcanzan a sostener la dimensión de la violencia o cuando ciertas identidades quedan fuera de los marcos con los que el Estado clasifica, reconoce y archiva. 

“Esa ausencia de registros sobre violencias hacia personas LGBTIQ+, hacia las personas desaparecidas, hacia las víctimas, no es un vacío menor: es parte del problema”.

Por eso, Bloque Rojo no habla solamente de la desaparición como ausencia física, sino del borramiento como una práctica social e institucional. Hay cuerpos que desaparecen de la ciudad, pero también de los medios, de los expedientes, de las memorias oficiales y de las conversaciones públicas. 

Frente a eso, la pieza activa una pregunta que atraviesa todo el recorrido: quién merece ser recordadx y quién queda fuera del archivo.

El centro de Guadalajara no aparece como un escenario neutro. David eligió llevar la acción al espacio público porque le interesaba sacar la pieza de las galerías y situar donde la violencia atraviesa la vida cotidiana. 

Empujar el bloque rojo por la ciudad era también obligar a que esa memoria apareciera, aunque fuera por unos minutos, frente a personas que caminaban, miraban de reojo, preguntaban o seguían de largo.

La calle introduce algo que la sala de exhibición no siempre permite: fricción. El hielo se enfrenta al pavimento, al calor, a la mirada de desconocidxs, a la vigilancia, al tránsito y a la indiferencia. Su desgaste no depende únicamente del tiempo, sino del contacto con una ciudad que lo consume. En ese gesto, la desaparición deja de ser una idea abstracta y se vuelve una experiencia visible: algo que ocurre frente a los ojos de quienes pasan.

David quería que parte del recorrido pasara frente a la Fiscalía del Estado de Jalisco, pero no se lo permitieron. Ese momento, que podría parecer anecdótico, pero para él termina ampliando la lectura de la pieza. 

El gestor cultural, puntualizó que si un bloque de hielo rojo puede ser leído como una amenaza, entonces no es el objeto en sí lo que incomoda, sino la memoria que activa. Lo que perturba no es el hielo, sino la posibilidad de que ese rastro señale una responsabilidad que las instituciones prefieren no mirar.

La negativa también revela cómo el espacio público es administrado. No todo puede aparecer frente a los edificios de poder, no todas las formas de duelo son permitidas, no todas las memorias pueden circular sin ser contenidas. 

…“ese límite confirmó algo que la propia pieza ya estaba diciendo que incluso las acciones artísticas más frágiles pueden tensionar una narrativa oficial”.

El performance incorporó carteles de personas desaparecidas, ese gesto conecta la obra con la crisis de desaparición forzada en el país y en Jalisco, esto con el objetivo de sustituir la voz de las familias, ni pretende ocupar el lugar de quienes han sostenido durante años la búsqueda, la denuncia y la memoria. 

Más bien, abre una pregunta sobre cómo el arte puede acercarse a estas violencias sin apropiarse de ellas; cómo puede acompañar una conversación pública sin convertir el dolor ajeno en una imagen vacía o meramente estética.

Bajo este contexto, David la piensa como una forma de registrar aquello que se desvanece, pero también como un modo de confrontar la normalización de la violencia. No se nombra a sí mismo con ligereza como artista activista, porque entiende la responsabilidad que esa palabra implica. Sin embargo, su práctica sí parte de una preocupación política: dar lugar a aquello que no siempre encuentra espacio para ser escuchado.

El rojo cumple ahí una función central. No embellece el hielo: lo vuelve inquietante. Por un momento, la violencia se vuelve visible en un espacio donde tantas veces se vuelve paisaje. La huella no permanece, pero mientras existe obliga a mirar. Y quizá esa brevedad es parte de su potencia: mostrar que la memoria también puede desaparecer si no hay quien la sostenga. Para David, la memoria no funciona como monumento. No es una estructura fija, sólida, estable. Es algo que puede perderse, deformarse, evaporarse, diluirse.

La pieza dialoga con una pregunta que atraviesa otras zonas de su trabajo: cómo transformar la violencia en una forma de presencia. En Delirio, su exposición individual de 2023, trabajó con insultos homofóbicos escritos sobre objetos cotidianos para señalar cómo esas palabras han marcado la vida de muchas personas LGBTIQ+. 

La propuesta partía de una experiencia personal y colectiva: mostrar que la homofobia no aparece solamente en episodios extremos, sino también en los lenguajes diarios que hieren, vacían y acompañan a los cuerpos desde edades tempranas.

“En esa exposición, los objetos cotidianos se convierten en superficies de memoria, al escribir sobre ellos insultos que suelen circular como agresiones normalizadas, cómo la violencia verbal se adhiere a la vida diaria”

También en Oasis, exposición colectiva que curó y gestionó en 2024, aparece otra dimensión de esa búsqueda. La muestra reunió el trabajo de seis personas LGBTIQ+ para hablar de salud mental, representación y espacios seguros. Desde entonces, el artista ha intentado abrir una conversación sobre las emociones que muchas veces quedan aisladas por el tabú, el miedo o la falta de espacios donde las experiencias de la comunidad puedan nombrarse sin censura.

Sus obras no buscan cerrar las preguntas, sino abrirlas, comentó el artista. 

“¿Dónde empieza el hogar cuando el cuerpo ha sido señalado?, ¿Dónde se refugia una persona cuando el mundo la niega?, ¿Qué formas puede tomar la memoria cuando las instituciones no alcanzan, o no quieren, sostenerla?”

Al final del performance el bloque desaparece. No queda su forma original ni el peso completo del objeto que David empujó por la ciudad. Queda el registro: un cubo donde el video se proyecta desde un celular, reforzando la tensión entre conservar y dejar desaparecer. La obra se exhibe como archivo de algo que ya no existe, como intento de preservar una acción construida precisamente desde la pérdida.

Quizá por eso la obra no termina cuando el hielo se derrite. Su verdadero cierre ocurre después, en la incomodidad que deja. En la pregunta sobre las vidas que no fueron registradas, sobre las violencias que no fueron nombradas, sobre las memorias que dependen de alguien que las empuje antes de que desaparezcan. David Hernández no convierte el hielo en monumento; lo convierte en advertencia.

Porque en una ciudad donde tantas ausencias han sido normalizadas, dejar una huella roja, aunque sea breve, también es una forma de resistencia. Una manera, para David, de decir que la memoria puede ser frágil, pero no por eso debe ser abandonada. 

“…hay historias que pesan incluso cuando se borran. Y que, mientras alguien insista en moverlas por el espacio público, todavía pueden interrumpir el silencio” sentenció. 

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Aletse Torres
Aletse Torres
Vivo de café, amo los gatos, no creo en las etiquetas. Desde niña quise ser periodista por Spiderman, me invento unas fotos, cubro cualquier tema con pasión, respeto y verdad.

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