Cada caja de jitomate que sale de Yurécuaro rumbo a Estados Unidos lleva detrás una historia de movilidad, incertidumbre y trabajo temporal. En este municipio agrícola de Michoacán, la producción tecnificada depende de cuadrillas de jornaleros migrantes que recorren distintos estados siguiendo los ciclos de cosecha. Sin contratos fijos, con bajos salarios y acceso limitado a servicios de salud, miles de trabajadores sostienen una industria que difícilmente podría operar sin ellos.
Por: María Elena Monroy Baeza * / @mariemonroyb (IG)
Al amanecer, antes de que el sol logre disipar la bruma que se asienta sobre el Bajío michoacano, el sonido de los frenos de motor de los camiones anuncia el inicio de la jornada en Yurécuaro. De las cajas de madera y metal comienzan a bajar hombres, mujeres, ancianos y algunos adolescentes. Traen consigo lo mínimo: una mochila pequeña con comida, una gorra para defenderse del sol abrasador y, en muchos casos, la marca reciente de una vacuna en el brazo. Vienen de Guerrero, de las montañas de Oaxaca o de las costas de Colima, y se dirigen directamente a los surcos de jitomate, donde el color rojo del fruto contrasta con el polvo grisáceo de los campos tecnificados.
Proceso de acolchado de la tierra y encintado para el goteo. Marca el inicio de un nuevo ciclo agrícola, transformando el paisaje de La Manga antes de recibir a las cuadrillas de jornaleros.
En este municipio, uno de los pilares agrícolas de Michoacán, la economía opera bajo una paradoja: su capacidad productiva ha crecido con tal velocidad y tecnificación (enfocada en la exportación a Estados Unidos y Canadá) que ha rebasado por completo la oferta laboral local. Hoy, cada tonelada de hortalizas que sale rumbo al norte lleva consigo el esfuerzo de una fuerza de trabajo externa y altamente móvil que ha transformado lo temporal en una forma de vida permanente y fraccionada.

El sistema de cuadrillas
A las cinco de la mañana, el punto de reunión es el “Puente Amarillo”, ubicado en la zona urbana de Yurécuaro sobre las vías del tren, entre las calles Ferrocarril Poniente y Reforma. Además de ser un punto de referencia geográfico, es el escenario de un mercado de trabajo humano. Aquí no hay departamentos de recursos humanos ni contratos impresos en papel bond. La figura central es el “cuadrillero”, un intermediario que organiza grupos de entre 20 y 80 personas según la urgencia de la cosecha o el estado del mercado.
Cristina Celsio Pablo es una de esas voces que conocen bien la ruta. Suma 15 años recorriendo este itinerario migratorio que la lleva por diversos estados del país siguiendo los ciclos de la tierra.
“Nosotros nos vamos con el que nos invite” explica con la sencillez de quien ha hecho de la incertidumbre su rutina. “No hay contratos fijos. Si alguien necesita gente, trabajamos. Si no, nos movemos o regresamos”.
Para las empresas agrícolas, este modelo de subcontratación informal es la clave de su agilidad. Lucía Medel, encargada de contrataciones en la Agrícola Barajas, detalla que el ciclo del jitomate es largo y caprichoso: ocho meses de cosecha que pueden alargarse o cortarse según el precio internacional.
“La temporada alta es de agosto a octubre. Es cuando la planta está en su apogeo y el empaque no se da abasto”, comenta Lucía.
En esos meses, la demanda de mano de obra se dispara y el pueblo se llena. Pero cuando llega febrero y marzo, la temporada “baja” obliga a la limpieza de invernaderos y a la reducción drástica de personal:
“Mucha gente no se espera y se va a buscar trabajo a otro lado. Cuando volvemos a ocupar, recurrimos de nuevo a los cuadrilleros para que nos traigan gente de fuera”.
Este sistema, aunque eficiente para la agroindustria, camina sobre el filo de la legalidad. A pesar de que el Artículo 279 de la Ley Federal del Trabajo estipula que los trabajadores estacionales del campo tienen derecho a la seguridad social y prestaciones, la realidad en el surco cuenta otra historia. Con un ingreso promedio que oscila entre los 200 y 250 pesos diarios, los jornaleros deben cubrir transporte, alimentación y las rentas de viviendas compartidas para familias enteras.

La supervivencia en Yurécuaro exige estirar no solo el dinero, sino también el tiempo. Surge así el concepto de “tardear”: extender la jornada de trabajo hasta que la luz natural se agota por completo, buscando recolectar unos cuantos botes más de hortaliza para aumentar el pago diario.
Al terminar la jornada, el refugio no es mucho más cómodo que el campo. En colonias como la “Mora” o “Colosio”, la arquitectura de la migración se hace evidente. Habitaciones pequeñas donde pueden llegar a convivir hasta 20 personas para dividir el costo de la renta. “Si aquí estuviera grande, viviríamos varios”, comenta Cristina, quien relata cómo en Nayarit o Vallarta, otros puntos de su ruta anual, la dinámica es idéntica. Para estas familias, Yurécuaro es más que una parada de paso: es su hogar, aunque intermitente. “Cuando nos vamos a Nayarit a los tomates, dejamos pagada la renta aquí para no perder el lugar cuando volvamos”, confiesa, revelando que su sentido de pertenencia está distribuido en pedazos a lo largo del mapa mexicano.
Esta “residencia fraccionada” crea una desconexión con los servicios del Estado. Cuando la enfermedad llega, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es una entidad lejana o inexistente. “Nosotros vamos a las consultas de las farmacias, ahí con los doctores que están en los consultorios de las farmacias”, explica Cristina. La falta de registros laborales formales se traduce en una falta de registros médicos, una laguna que en 2025 se convirtió en una crisis de salud pública.
El brote de 2025
El 29 de agosto de 2025, la estabilidad sanitaria de Yurécuaro se fracturó. Un médico pasante en el centro de salud detectó una erupción cutánea sospechosa en una niña proveniente de Guerrero. Era sarampión, una enfermedad que no se presentaba en la zona desde hacía más de dos décadas.
El brote escaló rápidamente hasta alcanzar los 165 casos confirmados. La mayoría, según los registros oficiales, se concentró en la población de jornaleros migrantes. María Concepción López Elías, jefa de enfermeras del Centro de Salud, recuerda la angustia de aquellos meses.
“El gran reto no fue solo detectar la enfermedad, sino el seguimiento. Localizabas a una persona con síntomas y, para la siguiente visita, ya se había movido de domicilio, de cuadrilla o incluso de estado”, relata.
La intervención sanitaria chocó de frente con barreras estructurales. Muchas familias jornaleras pertenecen a pueblos originarios y hablan exclusivamente sus lenguas nativas, lo que, sumado a una desconfianza histórica hacia las instituciones, dificultó las brigadas iniciales. La autoridad sanitaria tuvo que ser creativa: desplazaron los servicios de vacunación a los puntos de concentración de los trabajadores en horarios nocturnos, adaptándose al ritmo de vida del jornalero que sale antes del sol y regresa con la luna.
El “Norte Chiquito” y la interdependencia económica
Para los habitantes locales de Yurécuaro, la llegada de los jornaleros es una bendición y un desafío. Doña Chela, quien lleva 23 años vendiendo pollo en la zona, ha visto cómo el municipio se ha ganado el apodo del “Norte Chiquito”.
“A veces vienen y reniegan porque ya no hay tanto trabajo como antes, porque todo sube menos lo que les pagan en el campo”, comenta mientras atiende a sus clientes, muchos de los cuales ya reconoce de años.
Esta interconexión es total, porque si el precio del jitomate cae en el mercado internacional, el productor local se endeuda con el banco, el cuadrillero contrata a menos gente, y las ventas de Doña Chela caen. “Si el jornalero deja de venir, Yurécuaro se va para abajo”, sentencia la comerciante. Es una simbiosis precaria donde el eslabón más débil, el trabajador, es el que sostiene todo el peso de la cadena.

Ante la magnitud del brote de sarampión (que registró más de 100 casos entre julio y noviembre de 2025) y la consecuente presión económica, la respuesta institucional tuvo que ser masiva. El presidente municipal, Moisés Navarro Arellano, informó en declaraciones para la agencia Noventa Grados que la situación logró controlarse, pero enfatizó que el episodio dejó lecciones urgentes.
Bajo su gestión se implementó una estrategia de vacunación que alcanzó la cifra histórica de 35 mil dosis aplicadas casa por casa y en los campos de trabajo. En sus declaraciones oficiales, recogidas por la periodista Amanda Bautista, el alcalde señaló que, si bien el origen del brote se vinculó a la movilidad de personas con esquemas de vacunación incompletos provenientes de zonas rurales marginadas de estados como Guerrero y Chihuahua, la solución no es la estigmatización ni el cierre de fronteras municipales.
Puntualizó que la agricultura tecnificada es el corazón de Yurécuaro, pero que esa prosperidad debe ir acompañada de una política de salud preventiva que reconozca a la población flotante como parte integral de la comunidad. El reto, según la postura institucional, es transitar de una atención de crisis a un sistema de registro y prevención permanente que involucre a los productores, quienes son los principales beneficiarios de esta mano de obra.
El ciclo interminable
Mientras el sol cae sobre los campos de Yurécuaro, las cuadrillas vuelven a subir a los camiones. El cansancio es evidente en los rostros empolvados, pero también hay una alegría silenciosa, ya que en unas semanas, muchos de ellos seguirán su camino hacia Nayarit o hacia Aguascalientes, y cambiarán de aires.
Cristina, que ha visto pasar 15 temporadas, recuerda con una sonrisa los días de descanso en las playas de Nayarit, donde el agua es más tranquila que en Vallarta. Para ella, el mar es el breve respiro antes de volver al surco. Su vida, como la de miles, es un ciclo de movimiento necesario.
Cada fruto perfecto que cruza la frontera es un testimonio de los hechos que se hacen posible sin que las máquinas no puedan: el cuidado humano de la tierra. Detrás de las cifras millonarias de exportación está el trabajador migrante, el que parece diminuto frente a la inmensidad del campo y la industria agrícola, pero que es una de las principales fuerzas que mueven la producción. Yurécuaro depende de esa movilidad que no para, sean temporadas altas o bajas, y de una clase trabajadora que, pese a las leyes a medias, cumple puntualmente hasta el momento en que se marchan, recordándonos que en este engranaje de la gran máquina que es la agrícola, nadie es más imprescindible que quien pone las manos en la tierra y sus frutos.

***
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo del Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara.


