Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
El profesor mira para todos lados. Mueve su pierna. Abre su mochila. Saca el borrador. Los pocos gises. El folder de la lista.
Los mira de reojo mientras los llama por su nombre. Puede ser cualquiera de los que están en este salón o en otro. A cualquier hora o día.
Hay la sensación de que tarde o temprano ocurrirá. Que alguien de este salón o de cualquier otro entrará por el pasillo o se pondrá de pie con los ojos en otro lado mirándonos.
La realidad ahora no solo camina en dos patas, sino que tiene colmillos.
Los maestros, los otros, lo hablan en sus reuniones, en sus grupos de redes sociales. Bromean para no enseñar la seriedad.
Lo normal es llegar enojado porque los hijos no nos hacen caso; la esposa o el esposo gasta más de los ingresos, o porque peleamos por la falta de besos.
Lo normal es llegar preocupado porque la quincena está dejando de completar la despensa, no alcanza para ir al cine ni a comer a un restaurante con los hijos.
Lo normal es protestar desde la calle o la comodidad de la silla para que nos den más plazas o aumenten el salario que sigue rezagado frente a lo que ganan otros, y no nosotros que devolvemos la razón a los humanos.
Lo normal es escuchar a los directivos o líderes sindicales que pondrán el pecho otra vez para que nuestras carencias sean menos. Aplaudirlos para no escuchar que nos estamos mintiendo de nuevo.
Ir a las reuniones sindicales para sentir que no hemos renunciado a la lucha progresista.
Lo normal es que pensemos que algún día verán las noches de trabajo, sábados y domingos, incluidos, y se verá reflejado en el salario y no solo en discursos el Día que nos celebran, ese 15 de mayo.
Esperar la celebración que nos confirme que nada ha cambiado. Ni siquiera la fiesta que nos hacen.
Lo normal es esperar la prima vacacional que ya tenemos gastada o que por fin completa para ir en familia a ese lugar que solo veíamos en folletos.
Sentarnos el domingo a ver un partido de fútbol o una serie con la familia.
Lo normal es tomar las dos semanas de vacaciones para descansar de todos y de uno mismo, y volver con la misma energía, aunque sea más lenta su paso.
Ahora los pasillos se hacen tan cansados. Los salones tan distantes.
Lo normal es sonreír, apretar manos, planear la vida. Quedar con los pares para tomar algo y platicar sobre proyectos que repetimos, quejarnos de la falta de jabón o papel en lo sanitarios, o de la cafetera que ya no presupuestan los directivos. Hablar de los alumnos, de sus futuros.
Lo normal es esperar los 25 años de docencia y los 65 de edad para disfrutar de la jubilación que nos hemos ganado. Vernos caminando con un bastón. No con el bastón sobre el piso de la escuela.
Ahora nos miramos las espaldas cuando podemos. Podría ser mi amigo o el compañero que apenas cruza palabra, pero que no me gustaría ver callado.
Los gritos que domaban el aire de los pasillos, los salones, son hoy dedos heridos que pueden señalarnos en una mañana que no sabemos. Podríamos ser la suerte jugando a la ruleta rusa de madrugada.
Lo normal es que siempre sepamos lo que sucede en los salones. Que nuestras palabras fueran los brazos que faltan en casa.
Nos sentimos como cazador sin fusil en medio de una selva negra.
¿Qué podemos hacer cuando las casas están cerradas? ¿Cuándo ya los padres no nos comparten sus llaves y no falta el que venga a pedir que no les exijamos a sus hijos lo que siempre se les ha exigido?
Los caminos se van bifurcando. La casa parece caminar al vacío y la escuela se vacía.
Lo normal es que el miedo fuera siempre un extraño en los salones.
Que el maestro tomara un gis blanco y, de espalda, esperara paciente a que lean lo que escribió sin tener que voltear. Una fórmula matemática o un poema de Sabines. Pedirle que lo lean en voz alta.
Lo normal al llegar a la escuela era salir a la misma hora. Tomar el taxi, el camión o el auto propio y llegar a casa donde nos espera la familia, o nuestras mascotas.
Lo normal es salir de pie. Saludando a los alumnos. Sonriendo. Pensando en la clase de mañana. No en una bolsa negra. No dejando una estela de llanto.
Sin epígrafe en el pizarrón.


