La cronista Esther Armenta habla de la escritura como una forma de habitar el mundo. La autora de Tierra de nadie imparte talleres como: Contemplación sostenida y Jardín de palabras, espacios donde escribir se convierte tanto en herramienta narrativa como en ejercicio de introspección.
Su trabajo, atravesado por el periodismo narrativo y la exploración, busca preservar historias, registrar la memoria y encontrar, en medio de la incertidumbre, nuevas maneras de mirar la realidad.
Por: Farah Medina / @_dtfarahm_
Entre el calor, la lluvia que amenaza la conexión y un café, la cronista, Esther Armenta (@estherar_menta) habla de escritura , “Soy periodista independiente y me dedico a lo que creo que hacen les artistas hoy en día, que es hacer malabares”, dice sobre ella misma tras intentar responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es Esther Armenta?.
Pero definirlo no resulta fácil, ella misma se describe como “una persona fragmentada”, alguien que todavía se encuentra en un proceso de construcción personal y profesional después de años de desplazarse entre ciudades, géneros narrativos y las diferentes formas que hay para entender y hacer el periodismo.
Esther, es una cronista reconocida en Jalisco, actualmente reside en Ciudad Guzmán, desde donde imparte talleres como “Contemplación sostenida”, y “Jardín de palabras” y continúa escribiendo. Es autora del libro El Valle o Tierra de nadie y se define también así misma, con una frase muy particular: “Ni escritora, ni periodista, cronista”.
“En este momento, aunque estudié periodismo, ya no me identifico únicamente como periodista”. relata, esta conclusión, sin embargo, no llegó hasta después de años de movimiento entre la escritura literaria y la formación periodística que recibió en Ciudad Guzmán.
Aquí, durante su formación, le repetían constantemente que sus textos eran “muy poéticos para hacer periodismo”. Se le pedía eliminar detalles, reducir descripciones, esto le hizo creer durante un largo tiempo que era la única forma de hacer periodismo y que lo “poético” no tenía cabida.
Cuando el periodismo narrativo llegó a ella, se dio cuenta que, “todo el lenguaje que me dijeron que descartara en realidad tiene un espacio donde es bienvenido”, tras leer a autoras como Leila Guerriero es que llega a esta conclusión y la crónica se vuelve parte de ella. Aquí, entendió que no necesitaba elegir entre literatura y periodismo. Que podía habitar ambos territorios al mismo tiempo.
Pero, mucho antes de estudiar periodismo, de ser cronista, Esther ya escribía.
A los nueve años tenía diarios personales y redactaba cartas dirigidas a su madre después de discusiones familiares. Nunca las entregaba, pero quedaban ahí como un testigo , “lo que no me salía con la voz, me salía con las palabras”. También escribía canciones que terminaba destruyendo.
Había en ella la necesidad de narrar y explicar el mundo, aunque todavía no tenía confianza suficiente para mostrarlo, lo practicaba.
La infancia transcurrió entre desplazamientos constantes. Creció en Atemajac de Brizuela, Jalisco pero también en los viajes familiares hacia ranchos, pueblos y comunidades donde trabajaban o vivían amistades de sus padres, ambos docentes. Más tarde llegaron las visitas familiares a Estados Unidos.
Toda esa experiencia del movimiento terminó moldeando su manera de mirar, “yo me identifico así, yo soy como un árbol”, dice Esther, habla de sí misma como alguien con raíces, pero también con ramas extendidas hacia otros lugares, entre su país, su estado y otras latitudes: Autlán, Guadalajara, Buenos Aires, Uruguay. Cada espacio, dice, modificó y alimentó su escritura, así como cambió la forma en que observa la realidad, “persigo el asombro del mundo”.
Después de terminar la licenciatura, Esther continuó acercándose a la crónica mientras intentaba encontrar una manera propia de narrar. Eventualmente llegó a la maestría en periodismo narrativo de la Universidad Nacional de San Martín en Argentina. Ahí comenzó, según sus palabras, “la deconstrucción de Esther periodista”.
“Tuve que renunciar a la idea de ser periodista y fue sumamente doloroso”, precisa.
La renuncia no implicó abandonar el periodismo, sino tomar distancia del ritmo de producción inmediata que caracteriza a gran parte de las redacciones. Esther reconoce y admira el periodismo diario, pero también admite que su cuerpo y su mente necesitaban otro tiempo, “mi cuerpo y mi mente funcionan a otro ritmo, que es vivir”.
En esa búsqueda apareció la crónica como una posibilidad más cercana a la observación lenta, al escuchar y al silencio. Un género que le permitió unir la sensibilidad literaria con la responsabilidad ética del periodismo, y es que para ella, “ser cronista es asumir la responsabilidad y la visión del mundo de estos dos mundos”.
Implica también una sensibilidad especial para “registrar lo cotidiano con la maravilla que lo cotidiano tiene”, evitando normalizar la realidad que nos rodea. Esther asegura que esto hace parte de ella, pues es alguien que tiene la agudeza de obsesionarse con cosas simples para investigarlas a fondo y compartirlas con el mundo.
La transición estuvo acompañada de incertidumbre económica, dudas personales y la sensación constante de estar renunciando a una identidad profesional que había sostenido durante años.
Sin embargo, en medio de ese proceso, hubo algo que permaneció: la escritura, ella describe como algo que permanecerá todo el tiempo y se presenta como un acompañamiento, “por más incertidumbre que yo tenga, la escritura no me va a abandonar”.
En “El Valle, Tierra de nadie”, libro construido a partir de crónicas situadas en Autlán y la Sierra de Amula, Esther comenzó a explorar otra de las líneas que atraviesan su trabajo: la memoria.
“Una forma de preservar esto es escribiendo”, dice al hablar de las historias que lo conforman, con personajes, espacios y prácticas profundamente arraigadas en la vida cotidiana del valle de Autlán. Entre ellas aparece el mural del pintor Atanasio Monroy, cuya conservación se encuentra amenazada por el deterioro y la falta de mantenimiento especializado.
La crónica sobre Monroy tardó casi dos años en escribirse, Esther necesitaba tiempo para entrevistar personas, regresar a las historias y comprender quién había sido realmente el pintor más allá de las fechas conmemorativas.
“La crónica es a fuego lento, con tiempo, con paciencia, con dedicación”, dice.
Ya que las crónicas presentes en su libro comenzaron como parte de su trabajo como reportera en un medio de Autlán, en donde existió la libertad para hacer de eventos o cosas específicas una crónica en lugar de la nota.
Pero con estas crónicas, más que registrar hechos inmediatos, le interesaba construir evidencia escrita de historias que sobrevivían únicamente en la oralidad, algo que le causó asombro es: “¿cómo si está tan narrado en la oralidad, no hay nada escrito?”.
De esta forma y a través de su escritura que Esther buscó preservar, la memoria colectiva, pero también la individual y la corporal, pues en el proceso, también descubrió que mientras escribía sobre el calor, las comunidades y el paisaje del valle, entendió que esos territorios activaban memorias corporales relacionadas con su propia infancia, donde la escritura según dice, “es una forma de autoconocimiento también”.
Junto a la escritura, Esther comenzó a coordinar talleres de crónica y exploración sensorial.
La idea nació mientras estudiaba en Argentina y pensaba en regresar a Ciudad Guzmán para compartir herramientas de periodismo narrativo con estudiantes y personas interesadas en escribir, ella dice que tenía la necesidad de aconsejarlos, quería decirles, “escriban de lo que quieran desde la mirada que quieran, asuman su responsabilidad”.
Ofrecer el espacio y darles la opción de poder escribir, y con el tiempo, esos espacios evolucionaron hacia proyectos como Contemplación sostenida y Jardín de palabras.
El primero está enfocado en la crónica y el periodismo narrativo, ahí busca trabajar con herramientas más cercanas a la observación, la investigación y la construcción. Esther lo define como su espacio más vinculado a la especialización periodística.
En cambio, Contemplación sostenida funciona desde la exploración sensorial y emocional. Más allá de enseñar estructuras narrativas, es un espacio de libertad para que las personas escriban, “el pacto que hay con las personas que asisten en el caso de contemplación sostenida es la libertad”, dice. Sin embargo, señala que aquí ha aprendido cosas sobre las personas y lo que representa escribir.
Pues relata para muchas escribir se traduce en miedo, “cuando decidimos escribir confrontamos un temor”, cuenta, es este sentimiento, el que da a Contemplación Sostenida la capacidad de no imponer fórmulas rígidas o métodos cerrados, ya que prefiere crear espacios donde la gente pueda experimentar, “No hay un método, no hay una forma particular, hay libertad y hay propuesta”.
Lo que más le interesa no es formar escritoras o escritores perfectos, sino abrir preguntas, ya que repite la escritura es una forma de autoconocimiento.
Actualmente, Esther atraviesa un momento de transición. Acaba de terminar dos libros: uno derivado de su trabajo final de posgrado y otro de crónicas sobre Argentina. Ahora intenta descubrir qué historias quiere contar después.
A pesar de esto, sigue escribiendo, porque insiste con la idea de que las personas que escriban, deben creer “el misterio de la vida”.
Por el momento, las calles la obsesionan. Le interesan las estampitas religiosas pegadas en postes, las placas con nombres de calles, la basura abandonada y los rastros que deja la gente al pasar. Pero aunque aún no sabe que quiere contar después y promete una actualización en cuanto la tenga, lo que sí tiene claro es que ya no tiene prisa, “Por primera vez no tengo prisa de contar lo que quiera narrar”.
Según explica, entendió que la escritura funciona como una manera de habitar la incertidumbre, “habitar una vida atravesada por la escritura es la aceptación de la incertidumbre y la incomodidad”.


