La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcovoiejo
Foto: Karen García / @karen_gdlt
Hace algunas semanas escribí aquí sobre la “remodelación”del parque De la Revolución, mejor conocido por todo el mundo como el parque Rojo. Entrecomillo remodelación porque, ya se ha dicho, más bien se trató de una spotización, es decir, una chaineada superficial con el objetivo de convertir el espacio en un bonito spot de Instagram, con un edulcorado mural de mosaico y una fuente que ya está haciendo agua… literalmente. Aunque previsibles, debo de reconocer que no dejaron de sorprenderme algunos comentarios que recibió el texto, todos ellos con un tufo clasirracista al que no vale la pena darle vuelo. Que se los folle un pez, dice el dicho.
Ahora bien, en esa colaboración mencioné un texto que escribí hace muchos años y del que no había registro. Caprichosa y obsesiva que es, mi mente lo tuvo presente durante varios días: no podía recordar donde había dejado el archivo original y quería leerlo de nuevo. Hasta que un día, por mera serendipia, lo encontré. Es un intento de crónica que escribí hace quince años. Aunque es el mismo parque, ya es distinto, porque distintas somos todas las personas. Pero, si se fija uno bien, en realidad no ha cambiado mucho. Me voy a tomar la libertad —con la complicidad de quienes gestionan este querido espacio— de reproducir aquí el texto aquel y que cada quien decida qué tanto hemos, o no, cambiado.
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Un parque, tres postales
Por alguna desconocida razón, casi todos los parques de casi todas las ciudades tienen, al menos, una estatua. No importa el material. No importan las proporciones. Es más: en muchos casos ni siquiera importa lo que haya hecho el personaje. De lo que se trata, parece, es de colocar estatuas. Y ya.
El parque De la Revolución —también llamado el Rojo gracias al color del piso o a su vocación rebelde, no se sabe— no escapa a la costumbre: divididas por la avenida Juárez, una efigie de Carranza mira casi de frente a la de Madero. En otro punto hay todo un conjunto que recuerda a los precursores del movimiento obrero en México: Ricardo Flores Magón, Manuel M. Diéguez y Esteban Vaca Calderón. La lucha social hecha bronce.
Pero el parque es mucho más que sus esculturas. En él hay vida: Carranza es mudo testigo de la pericia de lo skatos, que se deslizan y retan a la gravedad trepados en sus tablas. Madero es, por su parte, fiel espectador de las acrobacias de los bailarines de capoeira. Los obreristas vigilan el caos vial de la avenida del Federalismo. Las esculturas miran, con ojo de bronce, la vida que los rodea y que se puede ejemplificar con tres postales.
1. La vida en naranja
Una chica camina por la acera. Va en dirección al centro de la ciudad. Sonríe. A todos y a nadie. A todos porque siempre, sin importar la hora, hay cientos de personas que, como ella, caminan por el parque. A nadie porque su sonrisa no es correspondida, y ni falta que le hace: camina feliz, marcando cada paso con sus botas color beige. A mediodía, con el Sol en el cenit, la chica tiene brillo propio: se protege con una sombrilla naranja de papel, que apenas compite en delgadez con su portadora.
Nadie voltea a verla y ella hace lo mismo. Sonríe y ya. Su cara, naranja por el efecto de la sombrilla —efecto que se extiende por la parte alta de la blusa—, irradia una felicidad que sólo es vista por dos testigos: el Madero de bronce y el joven que, desde una banca en la otra ala del parque, sigue cada uno de los pasos que marcan las botas.
Ajena a todo, la chica llega a la esquina de Federalismo y cruza la calle. Sus pasos se despiden del parque. El Sol dice adiós a la sombrilla naranja.
2. Globos y paletas
Sentado en una banca de concreto, el joven sigue los pasos de la chica. Primero lo atrae la sombrilla naranja, luego las botas y, finalmente, la sonrisa. Mira su reloj y se pregunta si ella va puntual a su cita. Ni si quiera sabe si tiene una, pero lo imagina: seguro se encontrará con su novio —o amante— en un parque. Luego besaran sus bocas. “Sí, seguro por eso sonríe”, piensa y ve su reloj.
Lleva quince minutos sentado, esperando. Los globos que están a su lado derecho —y que dicen Happy Birthday y I love you— se agitan con el viento; los chocolates se derriten por efecto del calor; las manecillas suman minutos y su chica no aparece. La pregunta de siempre: ¿Cuánto tiempo se debe esperar a alguien? No hay una respuesta, pero dieciocho minutos le empiezan a parecer demasiados.
La chica naranja desapareció. Los globos siguen agitándose y los chocolates, derritiéndose. Ya hasta compró una paleta de corazón para cooperar con el joven que, en lugar de robar, prefiere vender postales y dulces para financiar sus estudios. La espera suma ya casi treinta minutos. “El amor llegará”, lee en lo que supone es la palma de la mano de caramelo rosa. Lo malo es que la paleta no dice a qué hora. Resignado, el joven se pone a contar, con paciencia, el número de autos rojos que cruzan delante de él.
3. Bésame, bésame mucho
25 autos después, entre la variedad de gente que pasa por el parque el joven sigue buscando, sin resultado, a su chica. No tiene ojos para nadie. Por eso no ve a las dos jovencitas que pasan delante de él. Tampoco se da cuenta de que Una sostiene, con su mano derecha y discretamente, el dedo índice de la mano izquierda de Otra.
Caminan con aire despistado. Una —mechas de pelo teñidas de morado—, tiene un aire andrógino que apenas se ve roto por unos incipientes pechos. Otra es, en cambio, más femenina, por decirlo de algún modo. Se detienen cuando llegan a la mitad del parque, delante de la escultura dedicada a Carranza. Se detienen porque las ganas son ya incontenibles: la mano de Una comienza a recorrer la espalda de Otra, que se deja hacer. La mano aplica fuerza y lo que fue una caricia se convierte en un abrazo. Las distancias se acortan y las miradas anticipan lo que viene: el beso. Mudo testigo de bronce, Carranza no puede arquear las cejas tanto como quisiera.
El beso es largo. Una aplica sus labios en los de Otra, que responde cerrando los ojos y con una caricia en la espalda. Una burbuja invisible las protege de las miradas de conductores y transeúntes. Nadie las ve, nadie cuchichea, nadie se escandaliza. Son una pareja más, como aquella que derrocha pasión sobre una banca o esa otra que, en el pasto y a la sombra de un árbol, se propina caricias que harían sonrojar a más de un pudoroso.
Una y Otra caminan por el parque. Se acarician, se abrazan, juguetean, vuelven a besarse. Recorren el parque hasta que encuentran una banca sola. Ahí se entrepiernan. Otra susurra en la oreja de Una, que responde sobando piernas y mejillas. Acarician sus espaldas. Se vuelven a besar.
De pronto, ocurre: un intruso perfora la burbuja. Con su mirada interrumpe, a distancia, el viaje que Otra realizaba en la boca de Una, que no se da cuenta de nada. Otra, en cambio, enfrenta al polizón: lo mira de frente y, retadora, esboza una sonrisa con la parte de sus labios que deja libre Una. El intruso retrocede, se aleja, se va.
Una y Otra vuelven a resguardarse en la burbuja. Se acarician, se susurran, se besan. Se besan mucho. El parque las deja ser, las envuelve. Los testigos de bronce envidian, desde su altura, el contacto de las chicas. La gente, en cambio, las ignora. Hay cosas más importantes. Como, por ejemplo, la siesta del indigente que, despatarrado en una de las bancas, duerme el sueño de los justos.


