Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
La imagen me ha seguido desde entonces. El llano al que Juan Rulfo le prendió fuego y sus pueblos que me calentaron.
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Viniendo de San Gabriel, pasando por Tuxcacuesco, padre de Apulco, iba montado en un caballo de fierro que ahora cabalgan por las llanuras del Jalisco moreno.
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Fui a seguir los pasos del hombre que con dos novelas se volvió inmortal.
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Caminé la tierra sobre la que puso también sus huellas que aún siguen. Donde enterré las mías.
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Miré el llano en llamas y miles de caras que siguen vivas, humeantes.
Me tocó el aire envejecido.
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Había sol. Un sol que solo nace aquí de las entrañas de esta tierra de fuego. Que te mantiene despierto hasta que llega la noche.
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Un sol que todavía hoy me sigue respirando en la piel.
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Aquí, primero en San Gabriel, donde las tardes duermen después del almuerzo y las calles se quedan calladas.
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Me senté en la banca del parque a ver pasar los pasos de los que un día caminaron estas calles.
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A sentir las caricias del calor y a escuchar el aire por primera vez. A ver cómo dialogaba el silencio.
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Después, en Apulco, no encontré a Juan Rulfo porque vive en todas partes de Jalisco, México.
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En Apulco pude ver la mata de ciruelos de los que quizá Juan Rulfo cortó y comió más de uno. Estaban regados de cansancio esperando volver a la tierra o a la boca para saciar el hambre de los que siguen pasando por este lugar.
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Anduve por las venas de Apulco transitando, tratando de recolectar los recuerdos que se fueron quedando a su paso.
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Toqué la campana del Monasterio. Desperté el ruido que aquí es un extraño. Vi la cara de un franciscano con el que apenas intercambié saludos. Fue la tierra y el cielo en un encuentro.
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El parque del pueblo apenas tiene unas bancas de concreto que dejaron de ser blancas. Es una tristeza que solo se puede escuchar si uno se queda quieto y dejar que el aire nos cuente su historia.
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En los alrededores no había gente. Solo un vacío que ni ruido hacía.
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Me fui sabiendo que jamás volvería a pisar estas tierras que son más antiguas que mis ancestros.
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Me monté en el caballo de fierro de cuatro llantas grandes. Volví a San Gabriel. Con unas páginas que alguien de Apulco me dio para conocer la biografía del lugar.
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No cumplí mi promesa de regresarlas. Estoy en deuda. La conciencia no me ha dejado desde aquel día.
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Una maestra del pueblo me contó de aquel niño discreto que destellaba ya talento. No por lo que decía, sino por lo que ya sus ojos estaban escribiendo. Esas palabras que brotaron en la oscuridad de una oficina a miles de kilómetros de distancia.
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Vi llegar la noche muy temprano desde la ventana del hotel donde dos lunas me acompañaron. Los pasos del tiempo fueron lentos en mi estancia.
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Fue una noche en la que se juntó con el día para despedirme. Abrazarnos.
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Era el mismo cielo. Con las mismas estrellas. Viendo desde arriba cómo nacían los llanos ya con su lumbre, alumbrando los amaneceres de los que desde muy temprano se levantan para arar el campo o construir sueños.
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Aquí me quedé en San Gabriel, en la mañana en la que regresé a la ciudad a contar esta historia de hace 26 años.
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Nunca me fui de Apulco.


