#DespuésDel22F
Para los jóvenes sinaloenses que migran a Jalisco buscando huir de la narcoguerra, la frontera entre refugio y zona de conflicto se ha vuelto difusa. A través del testimonio de Lucía y Sofía, se revela cómo la normalización de la violencia en ciudades como Culiacán y Mazatlán dialoga con una Guadalajara que se resiste a perder su idea de normalidad, mientras el crimen organizado reconfigura lo que significa sentirse seguro.
Por Nubia Villaseñor / @nubiavillasenor
“Otra vez no”. Eso fue lo que Lucía pensó cuando su celular se llenó de mensajes de alerta. La diferencia es que ahora no estaba en Culiacán, sino en Guadalajara.
Se había mudado en busca de nuevas oportunidades. En el fondo, existía la esperanza de dejar atrás la violencia de los culiacanazos. Hoy sabe que no importa el territorio ni si se trata de un cártel distinto: la violencia no tiene fronteras.
Lucía tiene 20 años y estudia Gestión Cultural. Es originaria de Culiacán y en 2023 se mudó a Guadalajara para estudiar en la universidad.
La diferencia, insiste, es que ya no estaba en Sinaloa: estaba en Guadalajara, con su hermano. Y esta vez no estaba en la calle, estaba en su casa.
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“Ese día estaba con mis compañeros de la secundaria en un Wolf, que es un lugar de pizza para niños; nos habían llevado ahí de una clase de química para ver la reacción química de la pizza. A las 12 de la tarde Protección Civil canceló las clases. Mis tíos fueron por mí y mis hermanos a la escuela porque mi mamá estaba trabajando. El punto de reunión iba a ser la casa de mi abuela. En medio del camino vemos cómo se están tirando balazos entre unas camionetas; no vimos ningún herido, pero vimos eso. Entonces mi tío cambia de ruta y se pasa por el estadio de los Dorados, el equipo de fútbol de allá”, narra Lucía.
El primer Culiacanazo que recuerda ocurrió el 17 de octubre de 2019, tras la captura de Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán. El Cártel de Sinaloa bloqueó la ciudad con tal intensidad que el Gobierno Federal decidió liberarlo, en un episodio que evidenció niveles de impunidad. Durante esos hechos se registraron 8 muertos y 19 heridos, según datos oficiales.
El Estadio de los Dorados, ubicado en el boulevar Rotarismo, era la única ruta disponible para llegar a casa. Para evitar los bloqueos, su tío decidió atravesar el estacionamiento de un City Club cercano.
“Al pasar por ahí, elementos de la Guardia Nacional nos gritaron que nos regresáramos; mi tía no entendía y empezó a tener un ataque de pánico. Mi tío se dio la vuelta y escuchamos otros balazos. En el coche veníamos mi hermano menor, de 9 años; mi hermano mayor, de 17; mi primo, de 18; y yo, con 14. Mi tío y mi primo le decían a mi tía que se calmara de manera agresiva y eso me enojaba mucho, porque yo entendía lo que sentía. Yo estaba calmada, pero tenía mucho miedo”.
Su tío siguió manejando. En una esquina, nuevamente, balaceras.
“Se sintió como que nos iban a dar a nosotros. Mi tío hizo una maniobra y no sé cómo, pero esquivó algo —o al menos así se sintió de lo cerca que se escuchaba—. Volteamos y vimos a un policía tirado”.
Unos minutos después, al llegar a casa de su abuela, Lucía narra que sus hermanos, sus primos y ella estaban tirados en el piso de la sala, cuando su tío les dice: “Eso es lo que quieren, que tengan miedo”.
Los días siguientes, Sinaloa estaba en silencio: “Se sentía que algo había pasado, teníamos miedo”, explica Lucía.
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Casi tres años después, el 22 de febrero fue la primera vez que Lucía sintió que esa violencia la alcanzaba de nuevo: “Cuando me mudé no tenía muy en mente la violencia. Fue casualidad que, al venirme, se empezará a visibilizar más en Culiacán. En el fondo, sí creo que me dio alivio no estar allá”.
Ese día, lo primero que hizo fue llamar a su mamá, quien participaba en una marcha por el asesinato de Ricardo Mizael, ocurrido días antes en Culiacán.
“Se sentía raro llamarle y decirle que yo estaba bien mientras ella marchaba por otro hijo asesinado por la violencia del crimen organizado”.
Cuando logró comunicarse, su mamá solo le dijo: “Muy bien, cuídense”.
Aunque Lucía tenía miedo, pensaba que lo ocurrido en Culiacán no podía repetirse en Guadalajara.
“Es imposible que pase lo que pasó en Culiacán; tristemente, Guadalajara es más importante a nivel nacional que mi ciudad. Tiene mucho más peso político, económico y cultural”.
Pero su relación con la violencia es más compleja.
“Culiacán no solo es el narco, no solo es la cultura buchona, no solo es la violencia. Hay muchas cosas más, mucha gente resistiendo. Quiero ser conocida por el lugar del que vengo, pero luego trato de no hablar tanto de la violencia porque soy más que eso, aunque a la vez siento que al no hablar la normalizo”.
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Sofía se mudó de Mazatlán a Guadalajara para estudiar en la universidad. También vivió los narcobloqueos lejos de su familia
Ambas comparten un origen marcado por la violencia, pero el 22 de febrero evidenció una diferencia en cómo se vive en cada territorio.
“Me queda claro que Guadalajara y Mazatlán no son iguales. En Mazatlán los narcobloqueos y la violencia ya son costumbre, mientras que aquí se luchó mucho para que no se pensara en eso como lo normal”, comparte Sofía.
En Guadalajara, explica, la preocupación fue regresar a la normalidad: trabajar, estudiar, sostener la economía.
“Es una preocupación merecida, pero en Mazatlán no existe esa idea de normalizarse: es seguir trabajando mientras también siguen matando. Aquí sí hubo esa pausa… El domingo todo paró, el lunes era incertidumbre, el martes prevención y el miércoles ya casi no se hablaba de eso.
Después del 22 de febrero, ambas comenzaron a habitar la ciudad de otra manera.
“Ahora salgo en la noche y estoy volteando a cada rato con cualquier ruido, algo que no hacía aquí en Guadalajara”, dice Lucía.
La violencia también reconfiguró su relación con Culiacán.
“Cuando estoy allá, trato de no salir después de las 7 pm. Los planes son de día, en casa. Incluso cuando vamos con mi abuela, a las 8 ya nos pide que nos vayamos”.
“Ahorita ya me acostumbré un poco, pero cuando vuelvo, llegó a un Culiacán que no es mío, que yo no conocía”.
En los días posteriores, Lucía se convirtió en una especie de referencia para sus conocidos en Guadalajara. Le pedían explicaciones, orientación. Eso la abrumó.
Sabía que el abandono institucional que se vive en Culiacán no necesariamente sería igual ahí. Aun así, las preguntas persistían.
En medio de ese proceso, escribió un texto en Substack titulado “Otra ciudad que ya no es mía”.
“Se ha desatado el infierno en Guadalajara, ciudad a la que llegué para escapar de otro infierno conocido (…) Aquí no siento el mismo tipo de inseguridad que en Culiacán, no me dan miedo las balas”, le solté a mi hermano. “Lo que sí siento es huecos donde debería haber unión, calles olvidadas y un silencio persistente”.
Lucía y Sofía se alejaron de una narcoguerra que marcó su vida. Pero esa violencia no reconoce límites territoriales.
“La sensación de ser la única entre mis allegados de esta ciudad que ha vivido de cerca los estragos de una narcoguerra me hacía sentir siempre un poco lejos (…) Me apropié de esta ciudad como quien se apropia de lo que no es suyo (…) Me queda claro ahora que vivía en una fantasía (…) han llegado a quitarme mi ciudad, que nunca lo fue, pero así la sentía”, fueron las palabras con las que Lucía hizo catársis en su blog.
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“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.


