¡Bolita, por favor!

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Foto: Leslie Zepeda

Desde que tengo memoria, siempre me ha gustado el fútbol. Verlo por televisión, escucharlo por la radio; aunque hace muchos años que no me paro en un estadio, me fascina estar en la grada. Pero lo que más disfruto, claro está, es jugarlo: siempre que tengo al alcance de los pies una pelota o un balón o una piedra, me resulta imposible resistir las ganas de patear a cualquier parte, y si hay una portería enfrente, tanto mejor.

Mi madre siempre ha sido una mujer obsesionada con la limpieza. Lo heredó de su madre. Esa obsesión aplicaba igual para los espacios que para las personas, específicamente sobre mis hermanos y yo. Las veces que he comenzado procesos de terapia, los terapeutas arquean las cejas cuando digo que de niño no me dejaron gatear porque a mamá le daba ansiedad que me arrastrara por el piso y ensuciara mis manos y la ropa. Gateé por primera vez pasados los 30 años. Recomiendo. 

Esta confesión infantil se relaciona con mi primera experiencia en una cancha de fútbol. El primer equipo del que formé parte se llamaba Cosmos y aunque vivíamos en la colonia Atlas, los juegos eran en el oratorio de San Luis Gonzaga, en Santa Tere. Mi papá todavía se dobla de risa cuando se acuerda y cuenta su recuerdo de aquellos días: aunque la cancha era de tierra, yo era el único niño que al terminar el partido salía de ahí con el uniforme limpio y perfectamente peinado: no me sabía ensuciar. Afortunadamente, esa época duró poco.

Durante muchos años jugamos en el entonces Atlas Paradero. La liga infantil jugaba en la cancha 5, al fondo del club. Para llegar ahí había que rodear todas las canchas —de la 1 a la 4— porque la vía corta, que pasaba por la zona de la alberca y el foso de clavados, estaba reservada para los socios del club. Y nosotros no éramos socios del club. Cada sábado bordeábamos la cancha 1, la única que tenía césped, y veíamos la placa que daba cuenta del primer —y por muchos, muchos años, el único— campeonato del Atlas en 1951. Veíamos la cancha empastada y suspirábamos: todos queríamos jugar ahí, porque todas las demás eran de tierra. Años después, cuando por fin pisamos el pasto de aquella cancha, descubrimos que era una trampa mortal: tenía tantos hoyos que era un peligro para los tobillos. De lejos el pasto siempre es una alfombra. 

Pero me estoy adelantando.

Decía que íbamos por el camino largo hasta llegar a las canchas de básquet, que estaban antes de la cancha 5, y ahí calentábamos. Luego, mi padre, que era el entrenador, ponía sobre el piso las credenciales de los jugadores que habrían de iniciar el partido. Formación clásica: el 4-3-3 que lo acompañó toda su vida como entrenador. Ahí, en la cancha 5, metí mi primer gol: una descolgada por toda la banda después de un tiro de esquina. Ese día mi papá invitó los refrescos. Después de jugar, cada quince días salíamos disparados a casa para bañarnos e irnos al estadio Jalisco a ver al Atlas: niños gratis con playera o bandera rojinegra. Creo que mi papá todavía no nos perdona por no haber seguido su tradición de hinchar por el Atlas. Pero uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser.

En el colegio de la colonia sólo podíamos jugar fútbol en la clase de educación física. En el recreo estaba prohibido, pero todo se resolvía con un bote de Frutsi relleno de servilletas. En casa, el tejabán del lavadero formaba la portería perfecta. Ahí jugábamos toda la tarde. «¡Bolita, por favor!», gritábamos cuando la pelota se nos iba al patio de la vecina, que nos odiaba por eso. El grito se repetía cuando el balón se nos iba lejos en las cáscaras callejeras. 

Jugué en todas las posiciones de la cancha: defensa lateral, central, medio, extremo, centro delantero. Un día, jugando de portero, salí a cortar un ataque y me cayó encima el delantero: dejé la mitad de la cara en la tierra de la cancha del Anáhuac Revolución. Ya no era el niño que salía peinado y con el uniforme limpio. Aunque soy diestro, me acostumbré a jugar por izquierda por estrategia: zurdos había pocos, así que me aseguraba jugar como titular, ya fuera defensor, medio o atacante. Cuando tenía 16 años el entrenador me dijo que podía llevarme a probar suerte en las básicas de Atlas Colomos. Yo entonces tenía otros intereses y dije que no. Además, mi papá siempre fue escéptico: decía que para debutar en Primera División se necesitaba mucha suerte, y supongo que no vio en mí ni las habilidades ni la suerte.

El tiempo pasó y el fútbol cambió. Aparecieron las canchas de fútbol rápido, de 7 vs 7, de 4 vs 4. He pasado por todas, y todas las he disfrutado. La edad, que no perdona, me fue cambiando de posición: desde hace muchos años terminé en la portería y Jorge Campos es mi patrono. Hoy que estoy más cerca del medio siglo, sigo disfrutando la oportunidad de meterme a una cancha a jugar.

Ese es el fútbol que me gusta. El que se juega —cada vez menos— en el concreto, en alfombras maltrechas, en canchas empastadas que esconden hoyos y bolas de tierra. El de las retas, el de las lechuguillas, el de los refrescos en bolsa. Ese fútbol y no aquel, el de los equipos millonarios, el de los contratos de exclusividad para las transmisiones, el de los boletos impagables; el que es una fiesta a la que dicen que todos estamos invitados pero a la que no podemos entrar, porque en realidad es para muy pocos. 

El fútbol del Mundial que empieza la próxima semana cada vez me entusiasma menos, lo que no quiere decir que no vaya a ver los partidos y me vaya a encabronar con el fracaso de la Selección Mexicana. Al menos hay que agradecer que desde hace muchos años ni siquiera dan para la ilusión. 

El fútbol del Mundial que empieza la próxima semana es el fútbol de la pelota secuestrada. Ese fútbol se lo robó una corporación trasnacional mercenaria y sin escrúpulos que sólo entiende el lenguaje del dinero. Pero afortunadamente el otro fútbol, el que nos gusta a muchos, el que no entiende de marcas, patrocinadores, sigue vigente en barrios, colonias y calles. Ahí seguimos gritando: «¡Bolita, por favor!», para que nos lo regresen.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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