“Camino a casa”: un retrato de la vida detrás del escenario en Teatro Ciego

Camino a casa, documental dirigido por Arturo Mendicuti y producido por Caribou Visual Studio, sigue a cuatro actores con discapacidad visual de Teatro Ciego durante una gira por México. La película retrata su vida dentro y fuera del escenario, así como los desafíos que enfrentan para desarrollar su trabajo artístico.

Por Vanessa Briseño / @nevervb 

Durante casi una década, el director Arturo Mendicuti acompañó a cuatro integrantes de la compañía Teatro Ciego en un viaje que comenzó como un mero registro documental y terminó por transformarse en una profunda experiencia de amistad, aprendizaje y descubrimiento mutuo. El fruto de este esfuerzo prolongado es “Camino a casa”, un documental que sigue de cerca a los actores Chucho, Marco, Cristian y Erika a lo largo de una gira por distintos puntos del país, mientras se preparan para el estreno de una nueva puesta en escena.

La narrativa de la película se despliega entre los paisajes urbanos y rurales de la Ciudad de México, Veracruz y Real de Catorce, escenarios donde el equipo de filmación siguió los pasos de los protagonistas. Los cuatro intérpretes tienen discapacidad visual y forman parte de un proyecto escénico que, durante años, se ha dedicado a explorar nuevas formas de representación artística a partir de la experiencia de habitar el mundo sin el sentido de la vista.

Arturo explicó que el propósito central de la obra es visibilizar cómo el arte y la condición de vida de sus protagonistas se entrelazan en la cotidianidad. Lejos de limitarse a los escenarios y las luces de los teatros, la cinta se sumerge en las relaciones personales, los retos cotidianos y la manera en que cada uno de ellos moldea su identidad individual a través de la actuación.

El origen de este proyecto se remonta a hace poco más de una decada 2015, cuando el realizador participó en el Reto Docs, una conocida convocatoria impulsada por el festival DocsMX que desafía a los cineastas a producir un cortometraje documental en un lapso de apenas cien horas. Fue precisamente en ese contexto de creación acelerada donde tuvo su primer acercamiento con la compañía.

Aquella experiencia inicial dejó una huella profunda en el creador. Arturo rememoró que quedó cautivado por la singular aproximación al arte que poseía el grupo; la intensidad invertida en la construcción de sus personajes y el rigor mostrado en cada montaje encendieron en él el deseo de profundizar en sus historias de vida de forma más pausada.

Un año después de la realización de aquel cortometraje, el director de la compañía teatral se puso en contacto con él para proponerle un nuevo reto: filmar un documental conmemorativo por los quince años de fundado de Teatro Ciego. Sin embargo, lo que originalmente se planeó como un trabajo a corto plazo acabó extendiéndose por una década completa.

“Lo que ni yo sabía ni ellos sabían es que no nos iba a tomar un año, sino que nos iba a tomar diez años”, relató sobre el inesperado y largo proceso de maduración de la cinta.

Al encender la cámara para las primeras secuencias, el director se topó con dos desafíos inéditos en su carrera. Por una parte, se enfrentaba a la dirección de su primer largometraje de no ficción; por la otra, era la primera ocasión en que convivía de forma tan estrecha con personas con discapacidad visual.

Aquel primer acercamiento estuvo fuertemente marcado por la cautela y el cuidado. El realizador admitió que desconocía muchas de las dinámicas cotidianas de la comunidad con cegera, lo que inicialmente le generaba temor a cometer equivocaciones o a resultar ofensivo o impertinente en determinadas interacciones.

No obstante, las barreras de la timidez y la distancia se diluyeron con el paso del tiempo. Los días de filmación devinieron en una convivencia habitual que sumó viajes compartidos, extenuantes jornadas de ensayo y temporadas enteras de trabajo conjunto. Un punto de inflexión crucial ocurrió durante una gira en 2019, cuando Arturo tuvo que asumir tareas de asistencia técnica dentro de la compañía debido a la falta de personal. 

Este suceso transformó radicalmente la perspectiva del cineasta hacia sus sujetos de estudio. La labor ya no consistía meramente en capturar los movimientos de los creadores escénicos durante sus presentaciones públicas, sino en llegar a comprender quiénes eran realmente una vez que descendían del escenario.

“Me di cuenta que ya ni estaba grabando”, recordó de forma introspectiva sobre el momento en que los lazos afectivos superaron la barrera técnica de la cámara.

A partir de ese instante, la producción tomó un rumbo narrativo completamente fresco. El lente se volcó a retratar las actividades cotidianas de los miembros de Teatro Ciego, explorando sus lazos de amistad, sus vínculos amorosos, sus desvelos personales y todas aquellas vivencias ajenas a los reflectores.

Esta dimensión humana, detalló el director, facilitó el descubrimiento de cómo la práctica teatral atraviesa de manera transversal la existencia de los intérpretes. Sus problemáticas y anhelos nutren de forma directa la labor interpretativa, en tanto que el arte actúa como un soporte conceptual para afrontar el entorno diario.

La ruta hacia el corte final no estuvo exenta de tropiezos económicos. Arturo reconoció que la procuración de fondos económicos significó uno de los principales obstáculos para concluir el rodaje, un panorama que suele ser la constante dentro del circuito del cine independiente mexicano.

A los contratiempos financieros se sumaron retos de carácter conceptual. La compañía se caracteriza por desarrollar propuestas experimentales que rompen con las estructuras dramáticas tradicionales, por lo que traducir esa complejidad estética a un código cinematográfico accesible demandó varios años de edición.

Un pilar inquebrantable de la producción fue evitar a toda costa una mirada asistencialista, melodramática o basada en los clichés comunes que rodean a la discapacidad. De hecho, los propios miembros de la agrupación plantearon una condición estricta antes de encender las luces de grabación: “No queremos hacer un documental teletónico”, le advirtieron tajantemente al director desde las primeras charlas de planeación.

Aquella advertencia delineó el espíritu ético y estético de toda la filmación. Arturo se esmeró en edificar un relato que retratara a los protagonistas en toda su complejidad, retratando sus virtudes, pero también sus contradicciones, desatinos y el particular sentido del humor que comparten.

En el trayecto, el cineasta comprendió que la ceguera es una circunstancia en la vida de los actores, mas no define la totalidad de su ser. Asimismo, constató que la comedia es una herramienta vital en el grupo, la cual suele brotar de forma espontánea a partir de las anécdotas más complejas o dolorosas.

Por otra parte, la película destaca por un componente innovador: las audiodescripciones fueron concebidas como un elemento orgánico de la narrativa cinematográfica. A diferencia de los proyectos comerciales que ofrecen esta herramienta en un canal de audio secundario, la obra las incluye para todo el público.

Esta propuesta surgió a raíz de una inquietud de los mismos creadores escénicos. Si bien el director confesó que en el primer corte de edición no lograba calibrar el valor artístico de este recurso, posteriormente reabrió el taller de edición junto con el grupo para perfeccionarlo.

Los actores se involucraron activamente en la redacción y locución de estos textos descriptivos. El producto final se distancia considerablemente del formato institucional que suele limitarse a narrar los movimientos físicos o la decoración de las locaciones.

En este filme, la audiodescripción opera como una subcapa discursiva. Por momentos, se percibe como la manifestación de pensamientos en voz alta o reflexiones que arropan la secuencia, enriqueciendo la experiencia estética tanto para los espectadores normovisuales como para quienes tienen discapacidad visual.

Mendicuti estima que esta exploración formal posee el potencial de trazar nuevos horizontes en la industria cinematográfica actual. Desde su óptica, los mecanismos de accesibilidad no tienen por qué ser rígidos; pueden mutar en recursos creativos para expandir las formas de contar historias en la pantalla grande.

Más allá de los aciertos técnicos, el documental busca abrir un debate necesario sobre las condiciones reales que enfrentan los artistas con discapacidad visual para levantar y sostener proyectos profesionales dentro del ámbito cultural en México.

El realizador hizo hincapié en que esta población suele toparse con un entramado de barreras que van desde la carencia de infraestructura urbana adecuada hasta el abandono o la incomprensión de sus propios núcleos familiares, de ahí la valía de proyectar historias de éxito y autogestión.

No obstante, la cinta cuida de no caer en la idealización de los personajes. El largometraje plasma de forma transparente tanto los aplausos y triunfos como los pasajes amargos, los pleitos internos y las frustraciones que salpican cualquier proceso de creación colectiva.

Para el director, el mensaje medular de Camino a casa reside en recordar que la falta de visión no demerita las competencias ni la dignidad de un individuo, sugiriendo una mirada más horizontal donde el arte, el compañerismo y el andar diario son los verdaderos hilos conductores.

Luego de una década de gestación, el documental se alista para encontrarse con sus audiencias mediante un circuito de exhibición en diversos recintos culturales del país a finales del 2026. Los pormenores sobre las fechas de estreno y las sedes se difundirán próximamente a través de la cuenta oficial @caribou_visual en Instagram.

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Vanessa Briseno
Vanessa Briseno
Melómana por excelencia y apasionada de la lectura. Creo firmemente que el periodismo es una gran herramienta que te permite contar historias reales desde la verdad.

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